Hay un puñado de arbustos de hoja caduca que abren sus flores cuando el jardín está parado, entre diciembre y marzo, y que además huelen. Los cuatro que más se repiten en los jardines de invierno europeos son el hamamelis o avellano mágico, la Edgeworthia chrysantha, el calicanto de invierno (Chimonanthus praecox) y el Viburnum x bodnantense. Todos florecen sobre la madera desnuda, sin una sola hoja que compita con la flor, y todos proceden de los bosques templados de China, el Himalaya y Japón.
La pega, en España, es que no todos valen en todas partes. El hamamelis y la Edgeworthia piden suelo sin cal, humedad de aire y veranos que no achicharren, condiciones que se dan en la cornisa cantábrica, Galicia y la media montaña, no en la costa mediterránea. El calicanto y el viburno son mucho más acomodaticios y aguantan suelos calizos y veranos secos si el riego acompaña. Antes de comprar conviene saber en cuál de los dos grupos cae tu jardín.
Las flores del hamamelis o avellano mágico (izquierda) se abren entre diciembre y marzo sobre las ramas desnudas. Uno de los perfumes de invierno más deliciosos emanan de las flores traslúcidas del Chimonanthus praecox (derecha). Fotos: Henna K, Ozzzk
Dónde se planta un arbusto que huele en invierno
Un arbusto de flor perfumada en julio se disfruta desde cualquier punto del jardín, porque en julio se está fuera. En enero no. Nadie recorre el fondo de la parcela en un día de niebla, así que un hamamelis plantado allí florece para nadie. Estos arbustos se colocan a menos de tres metros de un recorrido diario: la puerta de casa, el camino al garaje, el tramo entre el portón y la entrada, la ventana que se abre al ventilar por la mañana.
El segundo criterio es el fondo. Las flores del hamamelis son hilos amarillos o rojizos de dos o tres centímetros y las del calicanto son traslúcidas, casi de cera. Contra un cielo gris de invierno desaparecen. Contra un seto oscuro de tejo, laurel, aligustre o boj, o contra un muro de ladrillo o de piedra, se leen a diez metros. Es el truco más barato que existe para que un arbusto de invierno rinda: plantarlo delante de algo oscuro y macizo.
El tercero es el abrigo. El frío no es el problema, porque todos aguantan heladas fuertes; el problema es el viento, que seca los pétalos abiertos y acorta la floración de tres semanas a cinco días. Un rincón resguardado del norte y del noroeste multiplica el rendimiento de la planta sin que cueste nada.
Hamamelis: el avellano mágico
Bajo el nombre de hamamelis se venden sobre todo Hamamelis mollis, de flor amarilla y perfume potente, y los híbridos Hamamelis x intermedia, que amplían la gama a los naranjas cobrizos y los rojos. Los cultivares más extendidos son ‘Pallida’ y ‘Arnold Promise’ en amarillos, ‘Jelena’ en naranja y ‘Diane’ en rojo. Como norma general los amarillos huelen más que los rojos: al ganar color se ha perdido perfume por el camino.
Las flores son pequeñas, con cuatro pétalos acintados y retorcidos, y se abren pegadas a la rama en pleno invierno. Aguantan las heladas porque los pétalos se enrollan sobre sí mismos cuando baja la temperatura y se despliegan otra vez al subir. En otoño el follaje vira a amarillo intenso, y en algunos cultivares a naranja y rojo, así que el arbusto da dos momentos al año.
Crece despacio, unos diez o quince centímetros al año en condiciones normales. Un ejemplar de vivero de metro y medio tarda años en pasar de los tres metros. Esa lentitud tiene una ventaja: no hay que podarlo. Basta retirar la madera muerta y poco más.
El suelo manda: sustrato suelto, fresco, con materia orgánica y sin cal. En terrenos calizos, que son la norma en gran parte del este y del sur peninsular, el hamamelis amarillea por clorosis férrica y no hay abono que lo arregle a largo plazo. Ahí la única opción razonable es un contenedor grande con sustrato ácido y riego con agua de lluvia, y aun así hará falta vigilar la sequedad del aire. Un acolchado de corteza de pino o de hojarasca sobre la base de la planta mantiene la humedad y le viene bien.
Casi todos los hamamelis del comercio están injertados sobre Hamamelis virginiana. Si ves brotes que salen del suelo o de debajo del punto de injerto, con hojas distintas, son del patrón: se cortan a ras en cuanto aparecen, porque si se dejan acaban ahogando la variedad.
Edgeworthia chrysantha
Es de la familia de las dafnes (Thymelaeaceae) y se nota en la flor: semipompones de unos cinco centímetros formados por decenas de florecillas tubulares blancas por fuera y amarillas por dentro, que se abren a finales del invierno sobre las ramas peladas. El cultivar ‘Red Dragon’ las tiene de un naranja rojizo. El perfume es dulce y se percibe a varios metros en un día templado.
El interés de la planta empieza antes de la flor. Los botones se forman a finales de verano y pasan el otoño colgando de las ramas como pompones plateados y aterciopelados, así que el arbusto es decorativo durante meses aunque no haya abierto nada. En verano las hojas, largas y oblongas, le dan un aire casi tropical. En Japón se llama mitsumata y su corteza se ha usado tradicionalmente para fabricar papel de alta calidad.
Quiere semisombra o sombra ligera, resguardo del sol de tarde y suelo profundo, rico en humus, fresco pero drenado. Sufre con el exceso de cal y con los veranos secos y calurosos, que es exactamente lo que ofrece el interior peninsular. En clima atlántico funciona bien; en Levante o en el valle del Ebro es un ejercicio de voluntad. Es menos resistente al frío que el hamamelis, así que en zonas de heladas fuertes conviene el abrigo de un muro.
Chimonanthus praecox, el calicanto de invierno
De los cuatro es el que huele más, y con diferencia. Sus flores son pequeñas, colgantes y de aspecto encerado, con los tépalos exteriores amarillos y traslúcidos y los interiores granates. Se abren entre diciembre y febrero sobre la rama desnuda y perfuman un patio entero. El cultivar ‘Grandiflorus’ tiene flores mayores y ‘Luteus’ las tiene enteramente amarillas, aunque suele decirse que huelen algo menos que la especie tipo.
Es el más adaptable al clima español de todo el grupo. Tolera el suelo calizo, aguanta heladas intensas y soporta el calor del verano si tiene riego. Quiere pleno sol para florecer bien y un sitio protegido del viento frío. El riego es frecuente en verano y moderado el resto del año.
Dos advertencias prácticas. La primera es la paciencia: un ejemplar de semilla puede tardar entre cinco y siete años en dar la primera flor, mientras que las plantas injertadas de cultivar florecen mucho antes. Merece la pena preguntar qué se está comprando. La segunda es la poda: florece sobre la madera del año anterior, de modo que se poda justo después de la floración, entre finales del invierno y el inicio de la primavera. Podarlo en otoño equivale a cortar todas las flores.
Las ramas en botón se pueden cortar y meter en un jarrón dentro de casa, donde abren en pocos días y perfuman una habitación. Es de las pocas floraciones de invierno que funcionan igual de bien dentro que fuera.
Viburnum x bodnantense
Es un híbrido de Viburnum farreri y Viburnum grandiflorum, y los cultivares que se encuentran son casi siempre ‘Dawn’ y ‘Charles Lamont’. Produce ramilletes densos de botones rosa fuerte que abren en flores rosadas o casi blancas, muy perfumadas, en tandas sucesivas desde el otoño hasta bien entrada la primavera según el tiempo que haga. Esa floración escalonada es su virtud: una helada estropea la tanda abierta, pero quedan botones esperando detrás.
Es un arbusto de porte alto y algo desgarbado, con las ramas verticales y poca gracia en verano. Se lleva mejor en el fondo de un macizo o formando pantalla que en solitario en medio del césped. Las hojas brotan bronceadas, se vuelven verdes en verano y viran a tonos anaranjados antes de caer.
Cuidados mínimos: sol o sombra ligera, suelo fresco y bien drenado, y sitio protegido en zonas de mucho viento. Es de los más tolerantes con el tipo de suelo. Los frutos no se comen: son bayas rojas que viran a negro y no son alimento humano, algo que conviene tener presente si hay niños cerca.
Cuidados comunes y errores frecuentes
Los cuatro comparten un perfil de cultivo cómodo: crecimiento lento, poda innecesaria salvo limpieza, y casi ninguna plaga. El único enemigo serio es el exceso de agua en el sustrato, que pudre la raíz. En suelos pesados o arcillosos hay que plantar sobre un caballón, levantando el nivel unos veinte centímetros, o mejorar el drenaje antes de plantar.
La plantación se hace en otoño, entre octubre y diciembre, para que la raíz se instale antes del calor. El primer verano y el segundo son críticos: aunque después toleren cierta sequía, en esos dos años necesitan riego regular. El acolchado con corteza, hojarasca u otro material orgánico ayuda más aquí que en casi cualquier otro grupo de arbustos, porque todos son plantas de sotobosque acostumbradas a un suelo cubierto.
El error más repetido es plantarlos en pleno sol de mediodía en clima mediterráneo pensando en la floración. Florecen en invierno, cuando el sol no aprieta, pero es el sol de agosto el que los mata. En el sur y el este, la posición correcta es sol de mañana y sombra de tarde.
En resumen
El invierno tiene floración perfumada si se eligen las especies adecuadas y se colocan donde alguien pase por delante. Hamamelis, Edgeworthia, Chimonanthus y Viburnum x bodnantense florecen sobre la rama desnuda entre diciembre y marzo, piden poquísimo mantenimiento y no necesitan poda. A cambio crecen despacio, así que hay que comprarlos con un tamaño razonable y tener paciencia.
La decisión práctica en España pasa por el suelo y por el verano. Con suelo ácido y clima fresco caben los cuatro, y el hamamelis es el más espectacular. Con suelo calizo y verano duro, el calicanto de invierno y el viburno son las apuestas seguras, y el hamamelis solo tiene sentido en maceta con sustrato ácido. La segunda parte del artículo continúa con las especies de hoja perenne del mismo grupo.