Elegir una palmera para un jardín español se decide por dos preguntas: cuánto frío aguanta y cómo de expuesta está al picudo rojo. Lo demás (porte, color, velocidad de crecimiento) viene después. La familia de las arecáceas reúne unas 2.600 especies, casi todas tropicales, pero un puñado de ellas soporta perfectamente los inviernos peninsulares, incluidos los del interior.
Conviene además saber que una palmera no es un árbol en sentido botánico. No tiene crecimiento en grosor ni corteza que se renueve: el tronco, llamado estípite, alcanza su diámetro definitivo en la base cuando la planta es aún joven y a partir de ahí solo crece hacia arriba. Todas las hojas salen de un único punto de crecimiento en el ápice. Si ese ápice se daña, la palmera muere. Nada de lo que se haga después la salva.
La palmera canaria (Phoenix canariensis), muy frecuente las costas mediterráneas y los dos archipiélagos, soporta temperaturas de hasta -5º. Abajo, una palma de Washingtonia filifera.
Las que aguantan el frío
El palmito (Chamaerops humilis) es la única palmera autóctona de la España peninsular y crece de forma silvestre en el litoral mediterráneo y en Andalucía. Es de porte bajo, multitronco, muy rústica y tolera heladas de varios grados bajo cero, además de la sequía y los suelos pobres y calizos. Para un jardín mediterráneo de bajo mantenimiento es probablemente la mejor opción que existe.
El palmito elevado (Trachycarpus fortunei), originario de China, es la más resistente al frío de las palmeras habituales: soporta bien los inviernos del interior peninsular. Tronco fino cubierto de fibras, hojas palmeadas y crecimiento lento pero constante. Prefiere que no le dé el sol más duro del verano en el sur.
La Washingtonia filifera tolera bastante frío y el ambiente urbano, y llega a alturas considerables con hojas palmeadas grandes. Su pariente Washingtonia robusta, más esbelta y de tronco más delgado, es algo menos resistente al frío. Ambas crecen rápido, lo que en un jardín pequeño puede ser un problema en diez años.
La butiá (Butia capitata y Butia odorata), sudamericana, aguanta también heladas apreciables y tiene el interés añadido de sus hojas pinnadas fuertemente arqueadas y de color glauco. Es de crecimiento lento y porte contenido.
La palmera canaria (Phoenix canariensis), endémica del archipiélago y su símbolo vegetal, es la más plantada en el litoral mediterráneo. Aguanta heladas ligeras, pero no los inviernos duros del interior. Y tiene un problema muy serio del que hablamos más abajo.
El picudo rojo lo cambió todo
Desde su detección en España a comienzos de los años 90 y su expansión posterior, el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) ha matado decenas de miles de palmeras en el litoral mediterráneo. Es un escarabajo grande, de color rojizo, cuyas larvas excavan galerías en el interior del cogollo. Cuando aparecen los síntomas visibles (hojas centrales caídas en abanico asimétrico, cogollo que se desmorona, olor a fermentado) el daño suele ser irreversible.
Ataca sobre todo a Phoenix canariensis y también a Phoenix dactylifera. Otras especies son menos susceptibles: Washingtonia, Trachycarpus, Chamaerops y Butia se ven mucho menos afectadas. A esto se suma el barrenador Paysandisia archon, una mariposa cuyas larvas perforan el estípite y que sí ataca con frecuencia a Chamaerops y Trachycarpus.
Hay dos consecuencias prácticas. La primera: no se poda una palmera en verano. Los cortes frescos liberan compuestos volátiles que atraen al adulto, que pone los huevos justamente ahí. Si hay que podar, se hace en los meses fríos, se cortan solo las hojas ya secas y se sellan las heridas. La segunda: antes de comprar o trasplantar una Phoenix conviene informarse en la consejería de agricultura de la comunidad autónoma, porque el movimiento de palmeras y los tratamientos obligatorios están regulados y varían de un territorio a otro.
Cuando una palmera muere por picudo, retirarla y destruir el material vegetal correctamente no es una formalidad: es lo que evita que salgan cientos de adultos hacia las palmeras del vecino.
Plantación y cuidados en el jardín
La mayoría quiere sol directo, y las que vienen de zonas húmedas agradecen humedad ambiental. El suelo importa menos de lo que se cree siempre que drene bien: el encharcamiento prolongado pudre las raíces y es una causa de muerte mucho más frecuente que el frío en jardines con riego automático mal calibrado.
El mejor momento para plantar es la primavera, cuando el suelo ya se ha templado, porque las raíces de palmera solo se regeneran con calor. Un ejemplar plantado en octubre pasará el invierno sin arraigar. Al plantar no hay que enterrar el estípite más de lo que estaba: el cuello se pudre si queda cubierto.
Durante los dos primeros años el riego debe ser regular y abundante. Después, las especies rústicas se apañan con muy poco en el litoral y con riegos de apoyo en verano en el interior. El abonado se hace en primavera con un fertilizante que aporte magnesio y potasio; las hojas viejas amarillas con nervio central aún verde suelen indicar carencia de magnesio, muy común en suelos calizos.
Sobre la poda, la regla es la contraria de lo que se practica: cuanto menos, mejor. Solo se retiran las hojas completamente secas y los racimos de fruto si molestan. Dejar la palmera con cuatro hojas en penacho, algo que se ve en muchas calles, la debilita y multiplica el riesgo de infestación. La corona de hojas es el órgano fotosintético entero de la planta.
Palmeras en maceta y en terraza
Muchas admiten el cultivo en contenedor, sobre todo el palmito, el Trachycarpus, la Rhapis excelsa y la butiá. Crecerán menos y más despacio, que a menudo es exactamente lo que se busca. La maceta debe ser profunda, porque las raíces de palmera tienden a bajar, y con drenaje generoso.
El riesgo en terraza no es el frío sino el secado: un cepellón limitado a pleno sol en agosto en Murcia o Sevilla se deshidrata en un día. Conviene agrupar las macetas, elegir contenedores grandes y de material poco conductor, y regar en profundidad por la mañana.
Las palmeras de interior
Dentro de casa el factor limitante siempre es la luz. Ninguna palmera prospera en un rincón oscuro, aunque algunas aguantan más que otras.
La kentia (Howea forsteriana) es la mejor palmera de interior que existe y lo es por una razón concreta: viene del sotobosque de la isla de Lord Howe y está adaptada a luz baja. Tolera bien el ambiente seco de un piso con calefacción, crece muy despacio y alcanza varios metros con los años. Se suelen plantar tres o cuatro ejemplares por maceta para dar volumen.
La Chamaedorea elegans es la opción pequeña y económica: aguanta poca luz, no pasa de uno o dos metros y no exige nada especial. La Rhapis excelsa, de hojas palmeadas divididas en segmentos estrechos, es igualmente tolerante y muy elegante.
La areca (Dypsis lutescens) es la más vendida y la que más gente pierde. Necesita mucha más luz y sobre todo mucha más humedad ambiental de la que hay en una casa española en invierno; con aire seco las puntas se secan y la araña roja se instala en el envés. Un plato con grava y agua bajo la maceta y limpieza regular de las hojas es la diferencia entre que dure años o meses.
En todas ellas, el riego se hace dejando secar los dos o tres centímetros superiores del sustrato y vaciando siempre el plato. El agua estancada mata más palmeras de interior que la sed.
En resumen
Para el jardín, el criterio es el clima: palmito y Trachycarpus para lo más frío, Washingtonia y butiá para climas intermedios, Phoenix canariensis solo en litoral suave y sabiendo que es la diana preferida del picudo rojo. Suelo drenado, plantación en primavera, riego constante los dos primeros años y poda mínima y nunca en verano.
Para el interior, kentia si se busca porte y durabilidad, Chamaedorea o Rhapis si el sitio tiene poca luz, y areca solo si se puede mantener humedad ambiental. En cualquiera de los casos, recordar que la palmera tiene un único punto de crecimiento: se cuida el cogollo y todo lo demás se resuelve solo.