Las Ophrys son orquídeas silvestres pequeñas, de flores de dos o tres centímetros, que crecen en pastizales y claros de matorral de casi toda España. Lo que las hace excepcionales es su sistema de polinización: no ofrecen néctar y no engañan al insecto con una recompensa falsa, sino con sexo falso. La flor imita el cuerpo de la hembra de una avispa o una abeja solitaria y emite una mezcla de compuestos volátiles que reproduce sus feromonas.
El macho, que emerge semanas antes que las hembras de su especie, localiza la flor por el olor, se posa sobre el labelo e intenta copular con él. En el proceso los polinios, las masas compactas de polen, quedan adheridos a su cabeza o su abdomen. Cuando se marcha y repite el intento en otra flor, los deposita. Todo el mecanismo se sostiene sobre un desfase de calendario y sobre un aroma copiado con una precisión química asombrosa.
Flores de Ophrys pertenecientes a la flora ibérica. Fotos: Hans Hillewaert (1 y 4); Keith DP Wilson (2); Ferrán Pestaña (3); Shutterstock (5).
Cómo se construye el engaño
El trabajo lo hace sobre todo el labelo, el pétalo inferior transformado que en las Ophrys es carnoso, convexo y está cubierto de pelos. Su forma reproduce el abdomen de la hembra, la pilosidad imita la del insecto y una mancha brillante y glabra, llamada espéculo, simula el reflejo de las alas plegadas. Los sépalos y los pétalos laterales completan la escena: en algunas especies los pétalos son cortos, oscuros y pilosos, y funcionan como antenas.
Pero el reclamo decisivo no es visual sino olfativo. El macho detecta la flor desde lejos por su olor, y solo cuando se acerca entra en juego el aspecto. Los compuestos que emite la flor son en muchos casos los mismos hidrocarburos que produce la hembra del insecto, y en las proporciones adecuadas. Ese es el filtro que hace que cada especie de Ophrys atraiga a una sola especie de polinizador.
La especificidad tiene una consecuencia interesante: dos especies de Ophrys pueden convivir en el mismo pastizal, florecer a la vez y no cruzarse jamás, porque cada una recibe visitas de un insecto distinto. Cuando el aislamiento falla aparecen los híbridos naturales, que son frecuentes en el género y complican mucho su clasificación.
Cinco Ophrys ibéricas
- Ophrys apifera, la abejera, es la más extendida de la Península y Baleares. Tiene una peculiaridad notable: en gran parte de su área de distribución se autopoliniza de forma habitual, porque los polinios se doblan sobre el estigma de la propia flor. Mantiene la apariencia del engaño aunque ya no lo necesite.
- Ophrys insectifera, la mosca, es el caso mejor documentado del género: su polinizador es el macho de la avispa Argogorytes mystaceus. Es una flor discreta, de labelo estrecho y alargado, marrón oscuro con una banda azulada.
- Ophrys tenthredinifera debe su nombre al parecido con las moscas sierra del género Tenthredo, aunque quienes la polinizan son abejas solitarias. Se reconoce por sus sépalos rosados y el borde amarillo y peludo del labelo.
- Ophrys speculum, el espejo de Venus, es la más llamativa: su labelo lleva una gran mancha azul metálica brillante rodeada de un anillo de pelos rojizos. La poliniza el macho de la avispa Dasyscolia ciliata.
- Ophrys scolopax, la becada, recibe visitas de abejas solitarias del género Eucera. Su labelo termina en un apéndice curvado hacia arriba que recuerda al pico del ave.
Cuántas especies hay realmente
Depende de a quién se pregunte. Flora iberica, la obra de referencia para la flora peninsular, mantiene un criterio restrictivo y reconoce alrededor de una docena de especies, más subespecies e híbridos. Otros autores, trabajando con criterios basados en el polinizador y en diferencias morfológicas finas, elevan la cifra a varias decenas.
No es una discusión menor de especialistas. Si se acepta que cada linaje adaptado a un polinizador distinto es una especie, el género se dispara; si se exige separación morfológica clara y consistente, se reduce mucho. Para quien sale al campo, lo práctico es identificar el grupo y no obsesionarse con el epíteto: en las Ophrys la variabilidad dentro de una misma población puede ser enorme.
Dónde y cuándo buscarlas
Prefieren suelos calizos, pobres y bien drenados: pastizales secos, claros de encinar y quejigar, matorral abierto, taludes y cunetas poco tratadas. La mitad este peninsular, Andalucía y Baleares reúnen las mejores poblaciones, aunque hay Ophrys en casi toda España salvo en los suelos más ácidos y encharcados.
El calendario se desplaza con la latitud y la altitud. En Andalucía y el litoral mediterráneo las primeras aparecen en febrero y el grueso se ve en marzo y abril. En la meseta y las zonas de montaña media, la floración va de abril a junio. Antes de florecer, en otoño e invierno, forman una roseta de hojas pegada al suelo que pasa completamente desapercibida.
Buscarlas exige mirar bajo, y ayuda hacerlo a primera hora, con el sol rasante. Un pastizal que parece vacío desde de pie puede tener veinte plantas en cuclillas.
Por qué no se pueden trasplantar
Cada cierto tiempo alguien intenta llevarse una a su jardín. No funciona, y conviene explicar por qué. Las Ophrys son geófitas con dos tubérculos subterráneos y dependen de forma estricta de hongos micorrícicos del suelo. La semilla de una orquídea es diminuta y carece de reservas: no germina sin la infección de un hongo compatible que le aporte carbono en las primeras fases. Esa relación se mantiene después en la planta adulta.
Al arrancar el tubérculo se rompe esa red y la planta agota sus reservas en una o dos temporadas. Además, todas las orquidáceas están incluidas en el Apéndice II del Convenio CITES y varias especies cuentan con protección específica en catálogos autonómicos, de modo que recolectarlas no solo es inútil sino ilegal.
Lo que sí se puede hacer
Las amenazas reales de estas orquídeas son el laboreo de los pastizales, el desbroce de cunetas y taludes en primavera, justo cuando están en flor y semilla, el sobrepastoreo y el abandono que permite que el matorral cierre los claros. Todas son cuestiones de gestión del terreno, no de coleccionismo.
En una finca propia, dejar sin segar hasta julio las zonas donde aparecen, evitar los herbicidas en los bordes y mantener el pastoreo extensivo ligero es suficiente para que una población se sostenga. En el campo público, basta con pisar por el camino y llevarse solo fotos. Y hay una razón práctica añadida: en muchas comarcas, quien anota dónde y cuándo florecen y comparte esos registros con los grupos naturalistas locales está aportando datos que no existen en ninguna otra parte.
En resumen
Las Ophrys resuelven la polinización sin gastar néctar: imitan con el labelo el cuerpo de la hembra de una avispa o una abeja solitaria y copian su perfume sexual con notable exactitud. El macho, engañado, transporta los polinios de flor en flor. Cada especie afina el engaño para un único insecto, y de ahí salen tanto su especificidad como los híbridos que enredan su clasificación.
Se encuentran en pastizales calizos y claros de matorral de casi toda España, de febrero a junio según la zona, y son plantas pequeñas que hay que buscar agachado. No se trasplantan porque dependen de hongos del suelo, y no se recolectan porque están protegidas. Lo que las conserva es el manejo del terreno: no segar en primavera, no tratar las cunetas con herbicida y no cerrar los claros.