Las orquídeas tienen fama de difíciles y en general no la merecen. Lo que ocurre es que casi todas las que se venden como planta de interior son epífitas: en la naturaleza viven agarradas a la corteza de un árbol, con las raíces al aire, y cuando se las trata como a un geranio se mueren. Entendido eso, media docena de géneros son perfectamente llevaderos en una casa española.

Las orquidáceas son una de las dos o tres familias más numerosas del mundo vegetal, con unas 28.000 especies aceptadas y muchísimos más híbridos registrados por los obtentores. Están en todos los continentes salvo la Antártida, y en la Península Ibérica crecen alrededor de un centenar de especies silvestres, todas terrestres y de flor pequeña, que no tienen nada que ver con las tropicales del salón.

Las orquídeas fascinan por sus colores y formas, que los obtentores multiplican año a año. Esto las ha convertido en una de las grandes favoritas entre las plantas de interior. En la foto, variedades de Miltoniopsis.

Cómo está hecha una flor de orquídea

Toda flor de orquídea sigue el mismo esquema: tres sépalos, tres pétalos y una simetría bilateral, es decir, se divide en dos mitades iguales por un solo plano. Uno de los tres pétalos, el inferior, está transformado en labelo, con forma, color y a menudo tamaño distintos del resto. El labelo es la pista de aterrizaje del polinizador y el reclamo visual de la flor.

La otra particularidad es la columna, una estructura que fusiona los órganos masculino y femenino en una sola pieza. El polen no está suelto: forma masas compactas llamadas polinios que se pegan al cuerpo del insecto en bloque. Por eso la polinización de una orquídea es tan precisa y por eso muchas especies dependen de un único insecto.

Esa arquitectura explica también la longevidad de las flores. Una Phalaenopsis puede mantener la vara abierta dos o tres meses porque, mientras no se poliniza, la flor no tiene motivo para marchitarse.

Epífitas y terrestres

Las epífitas usan al árbol como soporte, no como alimento: no son parásitas. Sus raíces están recubiertas de velamen, un tejido esponjoso y blanquecino que absorbe agua de golpe cuando llueve y luego deja circular el aire. En algunos géneros aparecen además pseudobulbos, engrosamientos del tallo que funcionan como despensa de agua y reservas.

Las terrestres viven en el suelo y son mayoría en climas templados, incluidas las ibéricas. Ninguna de ellas se cultiva en maceta doméstica, y conviene decirlo con claridad: las orquídeas silvestres no se recolectan. Todas las orquidáceas están incluidas en el Apéndice II del Convenio CITES, y algunos géneros en el Apéndice I, lo que regula estrictamente su comercio internacional. Varias especies ibéricas cuentan además con protección autonómica. Se fotografían y se dejan donde están.

Cinco géneros para empezar

La Phalaenopsis es la más vendida y la más tolerante. Vive bien a temperatura de casa (entre 18 y 28 grados), no quiere sol directo y florece en varas largas y arqueadas. Para que reflorezca necesita, en otoño, unas semanas con noches claramente más frescas que los días; sin ese contraste puede pasarse un año entero sin sacar vara.

El Cymbidium es el que mejor se lleva con el clima mediterráneo, porque es de los pocos que agradecen pasar el verano y el otoño en el exterior, en sombra luminosa. Necesita noches frescas en otoño para inducir la floración, que llega en invierno o a comienzos de primavera en varas de muchas flores cerosas. Aguanta algo de frío, pero no las heladas.

La Cattleya pide más luz que ninguna de las anteriores y un secado completo entre riegos. Es la orquídea de labelo enorme y perfume intenso. Con luz escasa crece verde y lozana pero no florece jamás.

Las Miltoniopsis, las de la foto, son las más delicadas del grupo y las que más sufren en España. Vienen de los Andes húmedos y frescos, quieren sombra, humedad ambiental alta y temperaturas moderadas. Por encima de 28 o 30 grados sostenidos empiezan a arrugar los pseudobulbos. En el norte peninsular van bien; en Sevilla en agosto, no.

Los híbridos del grupo Cambria, que reúnen cruces de Oncidium, Odontoglossum y géneros afines, son un buen término medio: luz filtrada, temperatura media, riego regular sin encharcar. Las Dendrobium son la otra puerta de entrada habitual y tienen sus propias reglas.

Riego: el error que mata más orquídeas

Casi todas las orquídeas que se mueren en una casa se mueren ahogadas. La raíz con velamen necesita alternar mojado y seco; si se queda húmeda de forma permanente se pudre, y cuando las hojas empiezan a arrugarse ya no hay raíces que absorban.

La forma práctica de regar es la inmersión: se mete la maceta en un cubo con agua durante unos minutos, se saca y se deja escurrir del todo antes de devolverla al portamacetas. Nunca queda agua en el plato. La frecuencia depende de la casa, no del calendario: en verano puede tocar cada cinco o siete días, en invierno cada diez o quince. La señal fiable son las raíces, verdes cuando están húmedas y blanco plateado cuando están secas, y el peso de la maceta.

El agua del grifo en buena parte de España es dura. En sustratos de corteza la cal se acumula y termina pasando factura. Si el agua de casa deja mucha cal, merece la pena recoger agua de lluvia o usar agua de mineralización débil, al menos en parte de los riegos.

Luz, humedad y sustrato

Ninguna de estas orquídeas quiere sol directo de mediodía, pero todas necesitan mucha luz indirecta. Una ventana a este es la mejor colocación general. A sur hay que filtrar con visillo entre abril y septiembre. Las hojas dan la pista: verde oscuro intenso indica falta de luz, verde amarillento y caliente al tacto indica exceso.

La humedad ambiental de un piso con calefacción central en invierno es muy baja, y ese es el otro gran problema. Un plato ancho con grava y agua bajo la maceta, sin que el fondo toque el agua, funciona bien. Agrupar varias plantas juntas también. Pulverizar las hojas ayuda poco y, si el agua se queda en el cogollo o en las axilas y no hay ventilación, favorece la podredumbre.

El sustrato es corteza de pino, sola o con algo de perlita, fibra de coco o esfagno según el género. La corteza se degrada en dos o tres años, se apelmaza y deja de airear: entonces toca trasplantar, siempre después de la floración y a una maceta poco mayor que la anterior. Las macetas transparentes no son un capricho estético, permiten ver el estado de las raíces sin desmontar la planta.

Abonado y qué hacer tras la floración

Se abona en la etapa de crecimiento, de primavera a final de verano, con fertilizante específico para orquídeas muy diluido y aproximadamente cada tres o cuatro riegos. Quedarse corto es siempre mejor que pasarse: el exceso de sales quema las puntas de las raíces.

Cuando la vara de una Phalaenopsis termina de florecer, si sigue verde puede cortarse por encima de uno de los nudos inferiores y a veces rebrota una ramificación; si se ha secado y amarilleado, se corta a ras. En los géneros con pseudobulbos, la vara agotada se elimina entera y el pseudobulbo se deja: aunque haya perdido las hojas sigue siendo reserva para la planta.

En resumen

Una orquídea de interior es una planta epífita metida en una casa. Todo lo que se hace bien deriva de ahí: sustrato de corteza en vez de tierra, riego abundante pero espaciado con secado completo entre uno y otro, mucha luz sin sol directo, humedad ambiental razonable y abonado flojo solo en la temporada de crecimiento.

Para empezar, Phalaenopsis en cualquier casa y Cymbidium si hay terraza en clima mediterráneo. Cattleya si sobra luz. Las Miltoniopsis, preciosas, son para quien tenga veranos suaves y ambiente húmedo. Y las orquídeas silvestres del campo español se miran y se fotografían: están protegidas y no sobreviven a un trasplante.


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