Las magnolias caducas asiáticas florecen sobre la rama desnuda, antes de que salga una sola hoja, y ese es todo su argumento. Entre febrero y abril, según la especie y la zona, un ejemplar adulto se cubre por completo de flores grandes en forma de tulipán, de nenúfar o de estrella, sin nada verde que las disimule. Son un grupo distinto de la Magnolia grandiflora, la de hoja perenne y flor blanca de verano que se planta en tantos paseos españoles.
Antes de comprar una conviene saber lo que va a decidir el éxito o el fracaso: el suelo y las heladas tardías. Las magnolias quieren tierra profunda, fresca y de reacción ácida o neutra, y su floración temprana las expone a que una helada de marzo eche a perder la temporada entera. Con esos dos frentes resueltos son árboles de mantenimiento mínimo que viven décadas.
Flores de Magnolia x soulangeana. Abajo, florecidas entre arbustos topiarios, el marco más adecuado para conseguir un bello contraste.
Qué son estas magnolias
Se agrupan en el subgénero Yulania dentro del género Magnolia, y proceden en su mayoría de China, Japón y el Himalaya. Son árboles pequeños o arbustos grandes, caducifolios, muy ramificados desde bastante abajo. La mayoría se queda entre tres y siete metros, lo que las hace manejables en un jardín particular. Las excepciones son Magnolia sprengeri y sobre todo Magnolia campbellii, que son árboles de verdad y no caben en una parcela pequeña.
Las principales son Magnolia denudata, de flores blancas; Magnolia liliiflora, de flores púrpura; su híbrido Magnolia x soulangeana, la magnolia tulipán, que es la más plantada en España; Magnolia stellata, de flores estrelladas con muchos tépalos estrechos; Magnolia kobus, y el híbrido de las dos últimas, Magnolia x loebneri. Cada una tiene su carácter y sus cultivares, y de eso trata la segunda parte de este artículo.
Tépalos, no pétalos
En la flor de una magnolia no se distingue el cáliz de la corola: todas las piezas del perianto son iguales en forma, textura y color. Por eso se llaman tépalos y no pétalos ni sépalos. Es el mismo caso de los tulipanes, y no es una curiosidad de vocabulario: refleja que el género es muy antiguo y que sus flores se formaron antes de que la separación entre sépalos y pétalos se generalizara entre las plantas con flor.
Las flores son grandes, con tépalos carnosos y consistentes, y en muchas especies desprenden un aroma suave. Los botones pasan el invierno protegidos por brácteas cubiertas de pelo, muy visibles y decorativas en pleno enero. Después de la floración, las especies puras suelen formar frutos agregados con aspecto de piña pequeña que se abren en otoño y dejan ver semillas de color rojo intenso. Los híbridos son con frecuencia poco fértiles y no llegan a fructificar.
Dónde funcionan en España
El norte y el noroeste peninsular son su territorio natural de adopción: Galicia, la cornisa cantábrica y el norte de Portugal reúnen suelos ácidos, lluvias repartidas y veranos sin la sequía extrema del interior. Ahí una magnolia crece sin que haya que hacer casi nada.
En el este y el sur el problema no es el calor sino la caliza. Buena parte de los suelos del arco mediterráneo, del valle del Ebro y de Andalucía son básicos y muy ricos en carbonatos, y en ellos las magnolias entran en clorosis férrica: las hojas amarillean entre los nervios, la planta se debilita y acaba muriendo por consunción. Con un suelo así hay dos salidas honestas. Una es plantar en maceta o arriate elevado con sustrato ácido preparado, sabiendo que habrá que regar con agua de baja mineralización. La otra es elegir otro árbol. Enmendar puntualmente un hoyo de plantación en un terreno calizo no funciona: el agua de riego y la propia tierra del entorno acaban devolviendo el pH a su valor original en pocos años.
En el centro peninsular la limitación es el verano, seco y prolongado. Las magnolias establecidas resisten cierta sequía, pero pierden hoja antes de tiempo y llegan al otoño desmejoradas. En Madrid o Valladolid conviene reservarles un sitio a media sombra, con acolchado permanente y riego de apoyo en julio y agosto.
Suelo, exposición y plantación
El suelo ideal es profundo, suelto, rico en materia orgánica, fresco y bien drenado, con pH ácido o neutro. Las raíces de las magnolias son carnosas y superficiales, y esto tiene dos consecuencias prácticas. La primera es que no se debe cavar ni escardar alrededor del árbol: se dañan raíces que no se regeneran bien. La segunda es que el acolchado con corteza de pino, restos de poda triturados u hojarasca es casi obligatorio, porque mantiene la humedad y la temperatura del suelo en el nivel que ellas necesitan.
La exposición depende de la zona. En el norte húmedo aceptan pleno sol. De Madrid hacia el sur y hacia el este, la sombra ligera o la semisombra dan mejor resultado. La orientación también decide la fecha de floración: al sur florecen antes, lo que aumenta el riesgo de que las heladas tardías arruinen las flores; al norte florecen más tarde y esquivan mejor ese peligro.
Sobre el trasplante, la regla es sencilla: se planta una sola vez. Las magnolias toleran mal que se las mueva, así que el sitio debe ser el definitivo. Al plantar hay que cuidar de no enterrar el cuello de la raíz, un error muy frecuente que provoca pudriciones años después. La época más segura para plantar es el otoño, o el final del invierno en las zonas de heladas fuertes.
Riego, abonado y poda
Durante los dos o tres primeros años el riego debe ser regular, sin encharcar. Una magnolia joven que pasa sed en su primer verano mediterráneo tarda mucho en recuperarse. Una vez establecida aguanta periodos secos, pero no sin coste: reduce el crecimiento y forma menos botones florales para la primavera siguiente.
El abonado es poco exigente. Un aporte de compost o materia orgánica bien descompuesta sobre el alcorque a finales de invierno, extendido sin enterrar, suele bastar. En suelos ligeramente básicos puede ser necesario un abono de reacción ácida o un quelato de hierro para corregir la clorosis, y ese apaño hay que repetirlo todos los años.
La poda es el capítulo donde más daño se hace por exceso. Las magnolias cicatrizan mal, así que se limita a retirar ramas secas, rotas, cruzadas o mal dirigidas, y nada más. Los botones florales de la primavera siguiente empiezan a formarse el verano anterior, de modo que cualquier corte necesario debe hacerse inmediatamente después de la floración. Podar en invierno equivale a eliminar la flor de ese año.
Heladas tardías y otros disgustos
El principal enemigo no es el frío del invierno, que soportan sin problema, sino la helada de marzo o abril que pilla las flores abiertas. En cuestión de una noche los tépalos se vuelven pardos y translúcidos y caen. El árbol no sufre, pero la temporada se pierde.
Se puede reducir el riesgo con tres decisiones tomadas en el momento de plantar: elegir especies y cultivares de floración tardía, situar el árbol en orientación norte o al abrigo de un muro que retrase el despertar vegetativo, y evitar las vaguadas y hondonadas donde el aire frío se acumula en las noches despejadas.
Por lo demás, son plantas resistentes. No sufren plagas dignas de mención y las enfermedades que las afectan suelen ser consecuencia de un suelo mal drenado o de heridas de poda mal hechas.
En resumen
Las magnolias caducas de floración primaveral son árboles pequeños de bajo mantenimiento, longevos y muy resistentes al frío, cuyo único espectáculo se concentra en tres o cuatro semanas del final del invierno. Su éxito en España depende casi por completo de dos factores que se deciden antes de plantar: que el suelo sea ácido o neutro y que la posición reduzca el riesgo de heladas tardías.
Con eso resuelto, el cultivo es rutinario: plantar en el sitio definitivo sin enterrar el cuello, acolchar y no cavar, regar los primeros veranos, podar solo lo imprescindible y siempre después de la floración. En suelos calizos, que son la mayoría en el este y el sur peninsular, lo sensato es cultivarlas en maceta con sustrato ácido o buscar otra especie.