La llareta (Azorella compacta) no parece una planta. Parece una masa de espuma verde derramada sobre la roca, tan compacta que una persona puede subirse encima sin hundirla. Vive en el Altiplano andino, entre los 3.200 y los 4.500 metros, en uno de los lugares más hostiles del planeta para un vegetal: radiación solar brutal, sequedad extrema, noches heladas todo el año y suelo pedregoso sin apenas materia orgánica.

Es además un arbusto, aunque no lo parezca, y uno de los seres vivos más longevos que existen: se estima que algunos ejemplares superan los mil años y que los mayores rondarían los tres mil. Ese dato y su forma se explican por lo mismo, y entenderlo sirve para algo muy práctico en jardinería española: comprender cómo funcionan las plantas en cojín, que también las tenemos aquí y que resuelven situaciones difíciles.

Un llaretal al sur del Salar de Uyuni, en Bolivia, a más de 3.500 metros de altura. Esta curiosa planta crece entre las rocas formando masas tan duras que pueden soportar el peso de una persona. Foto: Lon y Queta

Qué es exactamente una llareta

Es un arbusto perenne de la familia de las apiáceas, la misma del apio, la zanahoria, el hinojo y el perejil. Su nombre científico, Azorella compacta, describe justamente lo que la define. También se la conoce como yareta.

Lo que se ve como una superficie continua es en realidad la suma de miles de ramillas finísimas, apretadísimas entre sí, cada una rematada en una roseta de hojas diminutas y perennes. Al crecer todas a la misma velocidad y en todas direcciones, el conjunto forma una superficie externa lisa y convexa. Por debajo, la planta acumula ramas muertas, restos y resina, que dan al cojín su dureza y su masa.

Toda la planta es resinosa y aromática. En verano produce flores diminutas, de color entre amarillento y verdoso, que apenas asoman de la superficie del cojín.

Por qué crece así: la forma de cojín

El porte almohadillado no es una rareza de esta planta: es una solución que ha aparecido de forma independiente en familias botánicas sin ningún parentesco, siempre en los mismos ambientes. Alta montaña, viento constante, radiación intensa, frío nocturno y sequedad. Cuando las condiciones son esas, la selección natural termina llegando al mismo diseño.

Y es un buen diseño. Un cojín tiene la mínima superficie expuesta al viento en relación con su volumen, lo que reduce la pérdida de agua y el enfriamiento. Crece pegado al suelo y a la roca, aprovechando el calor que estos acumulan durante el día y sueltan por la noche por pura inercia térmica. Su densidad atrapa aire quieto en el interior, que actúa de aislante, y también polvo y humedad.

La consecuencia es que dentro de un cojín, y justo a su alrededor, la temperatura puede ser varios grados más benigna que en el suelo desnudo de al lado. Por eso los cojines funcionan como plantas nodriza: otras especies germinan y se instalan a su abrigo, en un microclima que ellas solas no habrían encontrado.

Crecimiento lentísimo, longevidad extraordinaria

En un ambiente así, crecer es caro. Las estimaciones de crecimiento de la llareta hablan de aproximadamente un centímetro y medio de aumento de radio al año, y en algunas mediciones bastante menos.

De ahí sale la otra cifra, la de la edad. Los cojines grandes, de varios metros de diámetro, llevan necesariamente muchos siglos formándose, y los cálculos basados en esa tasa de crecimiento sitúan a los mayores en el orden de los tres mil años, lo que los coloca entre los organismos vegetales más antiguos conocidos.

Ese ritmo tiene una implicación que conviene retener: un llaretal destruido no se recupera en una vida humana. Ni en diez.

Una planta amenazada por su propia utilidad

La llareta arde muy bien. Su densidad, su contenido en resina y lo seca que está la hacen un combustible excelente, y durante los siglos XIX y XX se explotó de forma masiva para alimentar las calderas de la minería, del ferrocarril y de las viviendas del Altiplano.

Se arrasaron llaretales enteros en zonas de Chile, Bolivia y Perú, y dada la velocidad a la que crece, esas superficies siguen sin recuperarse. Hoy su recolección está regulada en los países andinos y la especie se considera amenazada.

Para un jardinero esto significa algo concreto: cualquier planta de llareta legítima procede de propagación en vivero, nunca de recolección en el medio. Y significa también que no es una planta que se pueda comprar con facilidad en Europa.

¿Se puede cultivar en España?

Con honestidad: es muy difícil, y no es una planta disponible en el comercio habitual.

Lo que necesitaría es bastante específico. Sol directo todo el día y mucha radiación, aire seco, suelo arenoso o pedregoso, pobrísimo, con drenaje absoluto, y una amplitud térmica diaria grande. Lo que la mata, en cambio, es sencillo de enumerar: humedad ambiental sostenida, sombra, suelo que retenga agua y riego generoso. En un clima atlántico o en un jardín de riego se pierde.

Si alguien quiere intentarlo, el escenario menos desfavorable en la Península serían zonas de interior de altitud media o alta, con inviernos fríos, veranos secos y suelo silíceo suelto, plantando entre rocas y sobre un lecho de gravas, sin abono y con riego prácticamente nulo una vez arraigada. Aun así hay que asumir que es un ensayo, no un cultivo establecido, y que el crecimiento se mide en milímetros por temporada.

Plantas en cojín que sí funcionan aquí

La buena noticia es que el porte en cojín no es exclusivo de los Andes. La alta montaña ibérica tiene sus propias plantas almohadilladas, adaptadas exactamente a los mismos problemas, y varias están disponibles en vivero especializado.

  • Erinacea anthyllis, el erizón o piorno azul. Cojín espinoso y durísimo de las montañas calizas ibéricas, que en primavera se cubre de flores azul violeta. Es probablemente el cojín ibérico más espectacular y el más adaptado a suelo calizo, sol y sequía.
  • Armeria juniperifolia, endemismo del Sistema Central. Forma cojines densos y bajos de hojas aciculares con flores rosadas o blancas. Se cultiva sin dificultad en rocalla y es de las más agradecidas del grupo.
  • Arenaria tetraquetra, cojín compacto y muy apretado de hojas diminutas, propio de las montañas ibéricas, ideal para primeros planos de rocalla y jardines de artesa.
  • Silene acaulis, la musguera, cojín verde intenso de los Pirineos y la Cordillera Cantábrica que se cubre de florecillas rosadas. Necesita frío y no tolera bien el verano cálido y seco de zonas bajas.
  • Vella spinosa, arbusto espinoso almohadillado de las sierras béticas, muy resistente a la sequía y al frío.
  • Azorella trifurcata, pariente sudamericana de la llareta, mucho más manejable y esta sí de venta habitual. Forma alfombras densas de rosetas verde brillante de pocos centímetros de altura, tolera cierto pisoteo y funciona bien en juntas de pavimento y rocallas de clima no extremo.

Cómo se cultiva un cojín en el jardín

Todas estas plantas piden lo mismo, y no es lo que pide un macizo convencional.

Drenaje por encima de todo. Se plantan en rocalla, en artesa, en talud o en cama de gravas, siempre elevadas respecto al nivel general del terreno. El agua no debe quedarse nunca alrededor del cuello.

Suelo pobre y mineral. Nada de compost ni de abono. Una mezcla de arena gruesa, gravilla y una proporción pequeña de tierra funciona mejor que cualquier sustrato rico, que produce plantas blandas y las mata.

Acolchado de grava. Una capa de gravilla de unos tres centímetros alrededor y por debajo del cojín mantiene seco el cuello, evita salpicaduras de tierra sobre el follaje y reduce las malas hierbas.

Riego por abajo y espaciado. Un cojín mojado por encima retiene agua en su interior y se pudre. Se riega al pie, poco, y solo mientras se establece.

Sol y aire. Pleno sol y buena ventilación. En sombra pierden compacidad, se abren y se llenan de musgo.

La otra regla, la más difícil de cumplir, es la paciencia. Un cojín tarda años en formar la silueta que lo hace interesante. La tentación de acelerarlo con abono y riego es exactamente lo que lo estropea.

En resumen

La llareta es un arbusto andino de la familia de las apiáceas que crece formando cojines de una densidad extraordinaria como respuesta al frío, la radiación y la sequedad del Altiplano. Crece uno o dos centímetros al año, puede vivir milenios y se explotó como combustible hasta el punto de quedar amenazada, así que hoy su recolección está regulada y es una planta que no circula en el comercio habitual.

Cultivarla en España es un ensayo difícil, reservado a zonas altas de interior con suelo pedregoso y sin riego. Lo que sí se puede llevar al jardín es su idea: plantas en cojín ibéricas como Erinacea anthyllis, Armeria juniperifolia, Arenaria tetraquetra o Vella spinosa, o la más disponible Azorella trifurcata, cultivadas todas con la misma receta de sol pleno, suelo mineral y pobre, drenaje elevado, acolchado de grava y riego mínimo.


Contenidos relacionados