El color de otoño no es un adorno que la planta se pone: es la consecuencia visible de que el árbol está desmontando la hoja antes de tirarla. Al acortarse el día y bajar la temperatura, la clorofila se degrada y deja de taparlo todo de verde. Entonces aparecen los pigmentos amarillos y anaranjados que ya estaban ahí (los carotenoides), y algunas especies fabrican además pigmentos rojos y púrpuras nuevos, las antocianinas, que son responsables de los tonos más espectaculares.

Esto explica por qué un mismo árbol da un otoño distinto cada año y por qué en unas zonas de España el espectáculo es de manual y en otras las hojas pasan del verde al pardo sin más. Los rojos intensos necesitan una combinación concreta: días soleados, noches frescas sin llegar a helar, y un final de verano sin sequía extrema. Si el otoño llega templado y encapotado, o si el árbol ha pasado sed en agosto, la hoja se seca y cae sin colorear.

Los arces ofrecen espectaculares contrastes de color en pleno otoño. Los arces japoneses resultan muy bellos en un arborétum, pero también en pequeños jardines y tiestos.

Qué condiciones hacen falta y qué se puede controlar

El clima no se maneja, pero hay tres factores del cultivo que sí, y los tres influyen mucho en la calidad del color.

El primero es el abonado. Un árbol muy alimentado, sobre todo con nitrógeno, retiene el verde más tiempo y colorea peor y más tarde. Los mejores otoños se dan en suelos de fertilidad media, no en los muy ricos. Conviene dejar de abonar a partir de mediados de verano.

El segundo es el riego de finales de verano. En clima mediterráneo, un ejemplar que llega a septiembre estresado por la sequía adelanta la caída de la hoja y se queda sin otoñada. Mantener el riego en agosto y septiembre es lo que permite que la hoja llegue entera a la fase de coloración.

El tercero es la exposición. Las antocianinas se producen con luz, así que la misma especie da rojos más encendidos en la cara soleada de la copa y tonos más apagados en la parte umbría. En zonas cálidas, sin embargo, hay que equilibrar eso con la protección del sol de tarde en verano.

Dónde hay otoño de verdad en España

La otoñada espectacular es cosa de la mitad norte y de las zonas de montaña, donde las noches se enfrían de verdad en octubre y noviembre. Los hayedos del Pirineo y de la cordillera Cantábrica, los robledales, los castañares del noroeste y de las sierras del sistema Central y los abedulares de montaña dan las mejores escenas.

En clima mediterráneo litoral, con noches templadas hasta bien entrado noviembre, el color es más discreto y llega más tarde, a veces en diciembre. No es que las plantas fallen: es que faltan las noches frescas. Ahí conviene apoyarse en especies que colorean con menos exigencia y en el contraste con perennes y con arbustos de baya.

Elegir la especie según el suelo

Esta es la decisión que más disgustos evita, y la que casi nadie toma antes de comprar. Buena parte del este y el sur peninsular tiene suelos calizos y agua de riego dura, y varias de las especies estrella del otoño necesitan justo lo contrario.

Sufren clorosis en suelo calizo, con hojas amarillas y nervios verdes, el Liquidambar styraciflua, el Acer palmatum o arce japonés, las Aronia y en general las plantas de tierra ácida. Plantarlos en un jardín levantino sin corregir el suelo es garantía de ejemplar enfermizo y de otoño mediocre.

Van bien en suelo calizo, en cambio, el arce de Montpellier (Acer monspessulanum), el arce menor (Acer campestre), el Acer opalus, el Cotinus coggygria, los Cotoneaster, el Rhus typhina, el almez y el Celtis, el fresno y el propio Taxodium distichum.

Árboles grandes

Para jardines amplios y parques, los amarillos limpios los ponen los tilos (Tilia cordata, Tilia platyphyllos), los abedules, los chopos, los nogales y el Ginkgo biloba, cuyo amarillo mantequilla y su caída casi simultánea en pocos días son de lo más llamativo del otoño urbano. Una advertencia con el ginkgo: es dioico y los ejemplares femeninos producen semillas carnosas de olor desagradable, así que en jardinería se plantan clones masculinos.

Los rojos de gran formato son terreno del Liquidambar styraciflua, que pasa por amarillo, naranja, escarlata y púrpura, muchas veces a la vez en el mismo árbol, y de los robles americanos. Ambos piden suelo neutro o ácido y espacio: no son árboles para un patio.

Entre las coníferas, tres pierden la hoja y dan otoñada. El alerce (Larix decidua) vira a oro viejo, la Metasequoia glyptostroboides a un tono cobrizo, y el ciprés de los pantanos o ciprés calvo (Taxodium distichum) a un almagre inconfundible. Los detallamos en la segunda parte.

Arces, la familia del otoño

Si hay un género asociado a esta estación es Acer, y la gente suele pensar sólo en el japonés. Conviene mirar antes a los arces nativos de la Península, que están adaptados a nuestro clima y a nuestros suelos.

El Acer monspessulanum, el arce de Montpellier, es pequeño, aguanta la caliza y la sequía y tiñe sus hojitas trilobadas de amarillos y rojos. El Acer campestre crece deprisa, tolera casi todo y se pone amarillo dorado. El Acer opalus, de montaña media, da amarillos y ocres cálidos.

Los cultivares de Acer palmatum son los más vistosos y los más exigentes: suelo ácido y drenado, humedad ambiental, protección del sol de tarde y, sobre todo, resguardo del viento seco, que les quema los bordes de la hoja en un día. En clima mediterráneo van mucho mejor en maceta grande, a media sombra y con agua de lluvia. Hay variedades enanas pensadas para ello, que tratamos en arces japoneses.

Árboles pequeños y arbustos

Para jardines de tamaño normal, que son la mayoría, el trabajo lo hacen los arbustos, y además a menudo combinan hoja de color con fruto.

  • Cotinus coggygria, el árbol de las pelucas. Es nativo del área mediterránea y crece silvestre en varias sierras españolas, así que aguanta bien la caliza y la sequía. Pasa por amarillo, naranja y rojo.
  • Euonymus alatus, con un rojo carmín intenso y las curiosas alas corchosas en las ramas jóvenes.
  • Rhus typhina, el zumaque de Virginia, de hojas compuestas que arden en naranja y rojo. Aviso importante: emite abundantes rebrotes de raíz a varios metros del pie y coloniza el terreno con facilidad. No conviene plantarlo junto a un macizo delicado ni cerca de un pavimento.
  • Cotoneaster horizontalis y otros cotoneaster, rastreros o arbustivos, con hoja que se pone roja y bayas que aguantan el invierno.
  • Amelanchier, con flor blanca en primavera y otoño naranja y rojo, de porte contenido.
  • Callicarpa, que interesa sobre todo por sus racimos de bayas violeta metálico, un color raro en el jardín.
  • Arándanos (Vaccinium corymbosum) y Aronia, ambos de tierra ácida, con follaje que vira a rojo encendido.

Buena parte de estos arbustos llevan fruto además de color de hoja. Hay más opciones en bayas de otoño.

Trepadoras

La reina indiscutible es la parra virgen, y hay que distinguir dos especies porque no se comportan igual. Parthenocissus tricuspidata se pega directamente al muro mediante discos adhesivos, forma una cubierta tupida y ordenada, y da un rojo carmín uniforme. Parthenocissus quinquefolia, de hoja compuesta por cinco folíolos, es más suelta y desgarbada y agradece un soporte donde agarrarse; su rojo es igual de intenso.

Las dos producen racimos de bayas azul negruzco que no son comestibles. Y las dos crecen mucho, así que conviene tener claro dónde se van a parar antes de plantarlas junto a una fachada con canalones, persianas o tejado.

Qué hacer con la hoja caída

La hojarasca hay que retirarla de dos sitios: de los paseos, porque mojada resbala mucho, y del césped, que se asfixia y amarillea si queda cubierto varias semanas.

En el resto del jardín es un recurso, no un residuo. Extendida sobre los macizos de vivaces y al pie de arbustos funciona como acolchado: conserva humedad, amortigua las heladas del suelo y se va incorporando como materia orgánica. Si molesta a la vista, va al compostador, sola o alternada con restos verdes. La única hoja que no conviene reutilizar es la que viene de plantas con enfermedad fúngica declarada, porque el inóculo pasa el invierno en ella.

En resumen

El color de otoño depende del clima, pero también de decisiones que se toman al plantar y durante el verano: elegir especies acordes con el suelo, no abonar en exceso, no dejar que el árbol pase sed en septiembre y colocarlo donde reciba luz suficiente. En la mitad norte casi todo funciona; en clima mediterráneo hay que apoyarse en especies adaptadas a la caliza y a la sequía.

Para jardines pequeños, los arbustos rinden más que los árboles grandes, y muchos suman fruto al color de la hoja. En la segunda parte entramos en las fichas de cultivo de seis de ellos, desde el ciprés de los pantanos hasta el cotoneaster rastrero.


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