El granado es uno de los pocos frutales que gana como planta ornamental: brotes cobrizos en marzo, flores de un rojo anaranjado encendido de mayo a agosto, hoja lustrosa que vira a amarillo dorado en otoño, frutos colgando hasta noviembre y una corteza retorcida que se ve todo el invierno sobre las ramas desnudas. Y encima está adaptado como pocos al clima mediterráneo: aguanta el calor, la sequía, la caliza activa y algo de salinidad.

Su límite es el frío. La especie tipo tolera del orden de nueve grados bajo cero, pero la resistencia varía mucho de un cultivar a otro, así que en el interior peninsular hay que preguntar por la variedad concreta. A cambio brota tarde, lo que lo protege bastante de las heladas de abril que arruinan la cosecha de los frutales de hueso.

Las granadas alcanzan su madurez entre septiembre y noviembre. Arriba, un granado cargado de frutos en el jardín de Dehesa El Milagro, en Toledo, diseñado por Belén Moreu y Clara Muñoz-Rojas. Fotos: Adobe Stock; Locus Amoenus

Qué es el granado

Punica granatum es un arbusto grande caducifolio, de dos a cinco metros, de la familia de las litráceas. Procede de Asia central y del entorno de Irán y se cultiva en la cuenca mediterránea desde hace milenios, lo que explica que en España esté naturalizado en muchos sitios y que forme parte del paisaje de huertas y cercados del levante y el sur.

Sus flores tienen un cáliz carnoso, coriáceo y persistente, en forma de copa, del que salen los pétalos arrugados: parecen claveles reventones. La floración es escalonada y se prolonga durante meses, lo que hace que en pleno verano convivan flores abiertas y frutos formándose.

El fruto tiene incluso nombre propio en botánica: es una balausta, una baya de corteza coriácea con el interior dividido en cámaras por tabiques membranosos, llena de granos (arilos) jugosos y translúcidos, que son la parte comestible. Madura entre septiembre y noviembre.

Usos en el jardín

Lo habitual es conducirlo como arbolito de un solo pie, pero admite bastante más. Como gran arbusto libre, dejándole varios troncos, casi no necesita poda y da un porte natural muy bonito. Como seto libre funciona muy bien en clima cálido, con la contrapartida de quedar desnudo en invierno (existen cultivares perennifolios del sureste asiático, pero son más sensibles al frío). Como seto formal tolera los recortes frecuentes, y en ese caso conviene recurrir a un cultivar enano.

El granado enano (Punica granatum var. nana), que no pasa de uno o dos metros, es la mejor opción para maceta, para setos bajos y para bonsái. Florece y fructifica en miniatura, aunque sus granadas son pequeñas y no valen para comer.

En maceta se comporta muy bien, algo comprobado desde hace siglos: los granados en cajón de las orangeries del Luxemburgo y de Versalles llevan generaciones sobreviviendo a ese régimen. Necesita un contenedor amplio, sustrato drenante y salir al exterior en cuanto pase el frío.

Suelo, plantación y riego

Se adapta a un rango de suelos muy amplio, incluidos los calizos y con algo de salinidad que abundan en el este y el sur peninsular, pero responde de forma espectacular a un suelo profundo, aireado y rico en materia orgánica.

De ahí la recomendación más importante de la plantación: acondicionar toda el área que van a ocupar las raíces, no solo el hoyo. Se trabaja una superficie de entre dos y cuatro metros de diámetro y medio metro de profundidad por planta, incorporando materia orgánica. Un granado plantado en un agujero pequeño en suelo compactado tarda años en arrancar; uno plantado sobre un área preparada es prácticamente una planta sin exigencias.

Resiste bien la sequía, pero regarlo no es opcional si se quiere flor y fruto: la falta de agua provoca caída de flor y de frutos cuajados. En cultivo comercial se manejan dosis del orden de mil litros por metro cuadrado al año contando la lluvia, y se practica el riego deficitario controlado sin problema.

Lo que hay que evitar a toda costa son dos cosas. La primera, el encharcamiento, al que es muy sensible, sobre todo en suelos con cal o sales. La segunda, los cambios bruscos de humedad: un periodo seco seguido de un riego abundante o de una tormenta en septiembre hace que los frutos se rajen, un problema clásico que arruina la cosecha en pocos días. La forma de evitarlo es mantener el riego regular durante toda la fase de maduración en lugar de espaciarlo y compensar de golpe.

En abonado, basta un aporte de materia orgánica (compost, mantillo, humus) a la salida del invierno. El exceso de nitrógeno le perjudica: produce brotes largos y blandos, mucha hoja y poca flor, y además favorece al pulgón.

Poda

El granado florece en los ramos del año, en ramillos cortos que se forman sobre madera de dos o más años, y esa es la clave para no equivocarse: una poda severa que elimine esa estructura retrasa la floración una o dos temporadas.

Lo razonable es una poda cada tres o cuatro años, al final del invierno, para quitar ramas cruzadas, débiles, secas y las que cierran el interior de la copa. Conviene no reducir más de un cuarto o un tercio de la masa: un granado muy podado responde con un rebrote desordenado y vigoroso que obliga a volver a intervenir cada año.

Aparte de eso, hay un trabajo recurrente inevitable: el granado emite chupones desde la base y desde la raíz con mucha facilidad, sobre todo en ejemplares injertados o conducidos como arbolito. Se repasan después de la floración, arrancándolos mejor que cortándolos, para que la planta dedique el vigor a las estructuras que dan flor.

Por qué algunos granados no florecen

Es una consulta frecuente, y casi siempre la causa está entre estas cuatro:

  • Falta de sol. Necesita pleno sol. A la sombra de un muro o de otro árbol crece sin florecer.
  • Exceso de nitrógeno. Abonos ricos en nitrógeno o cercanía a un césped abonado con frecuencia dan una planta frondosa y estéril.
  • Copa demasiado densa. Cuando el interior se cierra, los ramos salen cortos y débiles y no llegan a formar flor. Un aclareo que deje entrar aire y luz lo corrige en una temporada.
  • Juventud. Un granado nacido de semilla tarda varios años en florecer. Los procedentes de esqueje o injerto lo hacen mucho antes, otra razón para comprar planta de vivero y no sembrar.

Plagas y variedades

En jardín, el problema habitual es el pulgón, que forma colonias en las puntas de los brotes más vigorosos. Se controla sin productos: un chorro de manguera a cierta presión, pinzado de las puntas más afectadas y paciencia para que actúe la fauna auxiliar, que se favorece con plantas melíferas y de refugio en las cercanías. Reducir el nitrógeno quita la mitad del problema. En plantaciones comerciales aparecen otros enemigos que en el jardín rara vez causan daño relevante.

En variedades de fruto, España es el gran productor europeo de granada, con el cultivar 'Mollar de Elche' como referencia: fruto grande, dulce y con las pepitas pequeñas y blandas, ideal para consumo en fresco, amparado por la Denominación de Origen Protegida Granada Mollar de Elche. Hay cultivares dulces, agridulces y ácidos, con frutos desde el rosado al granate casi negro.

Entre los ornamentales, seleccionados por la flor y no por el fruto, destacan 'Flore Pleno' (también llamado 'Pleniflora'), de flores dobles grandes de un rojo anaranjado brillante; 'Legrelleae' o 'Madame Legrelle', de flores dobles asalmonadas estriadas o ribeteadas en blanco, resistente al frío, a la sequedad y al aire marino, lo que lo hace muy útil en jardines costeros; y 'Albo Plena', de flores grandes blanco crema, menos vigoroso. Estos cultivares no suelen fructificar, o dan frutos demasiado ácidos para comerlos.

En resumen

El granado es probablemente el arbusto más completo para un jardín mediterráneo: flor durante tres meses, fruto ornamental y comestible, follaje de otoño y silueta de invierno, con tolerancia a la caliza, a la sal y a la sequía. Lo que decide su éxito es la plantación, preparando toda el área de raíces y no solo el hoyo, y un riego regular que evite tanto el encharcamiento como los altibajos que rajan la fruta.

Se poda poco y cada varios años, quitando como mucho un tercio de la masa, y se repasan los chupones después de la floración. Si no florece, la causa suele ser sombra, exceso de nitrógeno o una copa demasiado cerrada, y las tres se corrigen sin dificultad.


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