Las fucsias son arbustos pequeños de flor colgante que en el norte de España viven en el jardín todo el año y llegan a hacerse matas de metro y medio, mientras que en Madrid o Sevilla, en pleno agosto, dejan de florecer y hay que rescatarlas. Esa diferencia lo explica casi todo: no son plantas difíciles, son plantas que odian el calor seco.
El umbral está en torno a los 28 o 30 grados. Por encima de esa temperatura la fucsia aborta los botones florales, y si además el aire está seco, pierde hojas. No es un problema de riego ni de abono; es que la planta procede de bosques de montaña húmedos y templados. Saberlo cambia la forma de plantearla: en el litoral cantábrico y en zonas de montaña es una planta de jardín de temporada larga, y en el resto de España es una planta de primavera y otoño que hay que proteger en verano.
Qué son y de dónde vienen
El género Fuchsia pertenece a las onagráceas y reúne alrededor de un centenar de especies, casi todas de los bosques nubosos de los Andes y de América Central, con unas pocas en Nueva Zelanda y las islas del Pacífico. El nombre es un homenaje a Leonhart Fuchs, botánico alemán del siglo XVI, y el color fucsia se llama así por la flor, no al revés.
La flor tiene una estructura que conviene entender para leer los catálogos. Lo que parece la parte de arriba de la flor son cuatro sépalos extendidos o reflejos, y lo que cuelga por debajo, a modo de faldón, son los cuatro pétalos. Casi siempre son de colores distintos, y de ese contraste vienen las combinaciones de blanco y púrpura, rojo y morado, rosa y coral que caracterizan al género. Los estambres y el estilo, largos y colgantes, completan la forma de pendiente. Hay variedades de flor sencilla, semidoble y doble; las dobles son más vistosas y también más pesadas y frágiles con la lluvia.
En porte hay dos grandes grupos, y elegir mal es el error más común. Las erectas o arbustivas forman una mata que se sostiene sola, adecuada para maceta de suelo, arriate o incluso para conducirlas a pie alto en forma de arbolito. Las colgantes o péndulas producen tallos flexibles que caen y son las que se plantan en cestas de suspensión y jardineras de barandilla. Una colgante en un tiesto de mesa se derrama por los lados sin gracia, y una erecta en una cesta colgante deja el cesto vacío por abajo.
La fucsia rústica: Fuchsia magellanica
Entre todas, hay una que merece mención aparte porque cambia lo que se puede hacer con el género en el jardín español. Fuchsia magellanica, originaria del sur de Chile y Argentina, es con diferencia la más resistente al frío. En el norte peninsular se comporta como arbusto perenne y forma setos informales de más de un metro; en zonas frías del interior pierde la parte aérea con las heladas y rebrota desde la base en primavera, siempre que la cepa esté protegida con un acolchado.
Sus flores son más pequeñas que las de los híbridos de vivero, en rojo y violeta, pero las produce sin parar de junio a las primeras heladas y aguanta condiciones que ninguna variedad de flor doble soportaría. Para un jardín de sombra en Galicia, Asturias, Cantabria o el País Vasco es la elección obvia. Los híbridos de flor grande, en cambio, se cultivan casi siempre en maceta y se tratan como planta de temporada.
Dónde colocarlas
La regla general es sombra luminosa: mucha claridad, sol directo solo a primera hora de la mañana o al final de la tarde, y resguardo del sol del mediodía. Existen variedades seleccionadas que toleran más sol, pero esa tolerancia se refiere al sol atlántico, no al de julio en el valle del Ebro o en Andalucía.
El otro factor es el viento. Las fucsias tienen tallos quebradizos y flores largas que se estropean con el viento seco. Un patio interior, el lado norte de la casa o el hueco entre dos arbustos más grandes son los sitios que mejor funcionan.
En el interior peninsular y en el sur, la estrategia que da resultado es tratarlas como plantas móviles: primavera y otoño en el sitio luminoso, y julio y agosto en el rincón más fresco y sombrío que haya, aceptando que en esas semanas no van a florecer. Con las primeras noches frescas de septiembre vuelven a arrancar.
Riego, humedad y abonado
El punto crítico es el agua. El sustrato debe mantenerse húmedo pero nunca empapado, y ambos extremos son igual de dañinos: si se seca del todo, la planta suelta hojas y botones de golpe y tarda semanas en recuperarse; si se encharca, la raíz se pudre. En una cesta colgante, expuesta al aire por todos lados, el cepellón se seca en una tarde de julio y hay que revisarlo a diario.
La humedad ambiental importa tanto como el riego. Colocar la maceta sobre una bandeja ancha con arcilla expandida o guijarros y agua, sin que el fondo del tiesto toque el agua, crea un microclima húmedo alrededor de la planta. Pulverizar el follaje al atardecer ayuda, sobre todo en interior o en terrazas muy secas, aunque conviene no mojar las flores abiertas.
En abonado, poco y frecuente. Un fertilizante para plantas de flor, rico en potasio, a media dosis cada seis u ocho semanas durante la temporada de crecimiento es suficiente. Un exceso de nitrógeno da mucha hoja y poca flor, un fallo habitual con las fucsias.
No hace falta quitar las flores marchitas: caen solas. Sí conviene retirar los frutos que se formen si se quiere prolongar la floración, porque cuajar semilla consume energía que la planta deja de dedicar a la flor.
Poda y multiplicación
La fucsia florece sobre los brotes del año, y por eso responde muy bien a la poda. En las variedades de maceta, un pinzado de las puntas durante la primera parte de la primavera multiplica el número de ramas y, con ellas, el de flores. Cada pinzado retrasa la floración unas semanas, así que se deja de pinzar cuando falte mes y medio para el momento en que se quiera ver florida.
La poda fuerte se hace al final del invierno, antes de que arranque la vegetación: se corta a la mitad o a un tercio de la altura, dejando una estructura de ramas cortas y limpias. En Fuchsia magellanica plantada en el jardín, si el frío ha secado la parte aérea, se corta a ras y rebrota.
Multiplicarlas es de lo más sencillo que hay. Los esquejes de brote tierno, de unos ocho o diez centímetros, tomados en primavera y puestos en sustrato ligero y húmedo, enraízan en dos o tres semanas. Es la vía práctica para conservar una variedad que ha ido bien antes de arriesgarla a pasar el invierno.
Invernada y plagas
En zonas con heladas, los híbridos de maceta se guardan en un sitio fresco, luminoso y libre de heladas, entre unos cinco y diez grados, con el riego reducido al mínimo, lo justo para que el cepellón no se seque del todo. Se podan al entrar y se sacan otra vez en primavera cuando empiezan a brotar. En el litoral mediterráneo y en el sur suelen aguantar fuera sin más protección que un rincón resguardado.
Las dos plagas típicas van asociadas al mismo problema, el aire seco. La araña roja deja un punteado amarillento en el haz de las hojas y telarañas muy finas en el envés; aparece con calor y sequedad y se previene subiendo la humedad ambiental. La mosca blanca es la plaga clásica de las fucsias: nubes de insectos diminutos que salen al mover la planta y una melaza pegajosa sobre las hojas. Conviene revisar el envés cada pocos días durante el verano, porque ambas se detectan mucho antes por el envés que por el aspecto general de la planta.
En resumen
La fucsia pide sombra luminosa, sustrato siempre húmedo sin encharcar, humedad ambiental y protección del sol del mediodía y del viento seco. Su límite real es el calor: por encima de unos 28 o 30 grados deja de florecer, de modo que en el norte y en zonas de montaña es planta de jardín de temporada larga y en el resto de España es planta de primavera y otoño que hay que refugiar en verano.
Para plantarla directamente en el jardín, Fuchsia magellanica es la única opción realmente fiable en clima frío, porque rebrota de la cepa aunque las heladas le sequen la parte aérea. Los híbridos de flor grande dan mejor resultado en maceta, con poda fuerte a finales de invierno, abonado potásico a media dosis y esquejes de primavera como seguro de continuidad.