Las fritillarias florecen entre marzo y comienzos de mayo, y son de los pocos bulbos de primavera que no se parecen a nada. Sus flores cuelgan siempre hacia el suelo, con seis tépalos solapados que forman una campana, y el rango va desde la corona imperial de metro y pico hasta ejemplares de veinte centímetros con una sola flor teselada. La pregunta práctica no es cuál es más bonita sino cuál aguanta el clima de cada sitio, porque en eso se diferencian mucho.
La respuesta corta: en el interior peninsular, con inviernos fríos, funcionan casi todas; en el litoral mediterráneo y el sur, donde el invierno es suave, las que mejor se comportan son Fritillaria persica y Fritillaria imperialis, porque toleran el verano seco y caluroso. Fritillaria meleagris, en cambio, es planta de pradera húmeda y necesita frío y suelo fresco, así que en clima cálido rara vez repite al segundo año.
La Fritillaria imperialis o corona imperial es la más espectacular de estas bulbosas por sus impresionantes coronas formadas por numerosas flores, rematadas con un penacho de brácteas verde brillante. Foto: iStock
Qué son las fritillarias
El género Fritillaria pertenece a las liliáceas y reúne alrededor de siglo y medio de especies, todas nativas del hemisferio norte: cuenca mediterránea, Asia occidental y central, y oeste de Norteamérica. Linneo lo describió en Species Plantarum (1753) y el nombre viene de fritillus, el cubilete de dados romano, por la forma de la flor y, en el caso de Fritillaria meleagris, por el dibujo ajedrezado de los tépalos.
El follaje es de hojas largas y estrechas, dispuestas en verticilos o alternas según la especie, y desaparece por completo tras la floración: son geófitos que pasan el verano bajo tierra en forma de bulbo. Un dato que hay que tener presente antes de plantarlas: toda la planta es tóxica por ingestión, y el bulbo especialmente, por los alcaloides esteroídicos que contiene. Conviene manipularlos con guantes y guardarlos fuera del alcance de niños y animales.
Corona imperial (Fritillaria imperialis)
Es la más espectacular del género y una de las plantas de bulbo más llamativas que existen. Sobre una vara robusta que puede pasar del metro se forma una corona de flores colgantes, en naranja, amarillo, rojo o tonos intermedios, rematada por un penacho de brácteas verdes erguidas. Hay cultivares de flor roja, blanca, violeta y doble, y algunos con las varas de color berenjena. Es nativa de una franja que va de Turquía a los Himalayas, con veranos secos y calurosos y inviernos fríos: exactamente el patrón del interior peninsular.
Su cultivo tiene un truco que decide el resultado. El bulbo es grande, carnoso y tiene una cavidad en el centro (el hueco que deja la vara del año anterior), y si se planta en horizontal esa cavidad recoge agua y el bulbo se pudre. Se planta de lado o ligeramente inclinado, a unos quince o veinte centímetros de profundidad, en suelo bien drenado, mejor sobre un lecho de arena gruesa.
El bulbo desprende además un olor fuerte y almizclado, algo parecido al de un zorro, que se queda en las manos. Es normal y no indica que esté en mal estado.
Cabeza de serpiente (Fritillaria meleagris)
La más delicada y la que más ha ganado en popularidad. Produce una flor solitaria colgante sobre una vara de treinta o cuarenta centímetros, con un patrón teselado en rosa y púrpura que parece pintado a mano. También existen cultivares blancos y algunos que mezclan flores blancas y violetas en la misma mata.
Su hábitat natural son las praderas húmedas de Europa central y occidental, y esa es la clave de su cultivo: al contrario que el resto del género, tolera los suelos pesados y la humedad. Es la fritillaria adecuada para naturalizar en un prado que no se siegue hasta junio o para un rincón fresco del jardín, y también la que peor lleva el verano seco. Está protegida en varios países europeos y sus poblaciones silvestres han retrocedido mucho por la desecación de prados; los bulbos se compran de cultivo, nunca se recogen del medio.
Fritillaria persica
Es probablemente la más interesante para el clima español y la menos conocida. Forma una vara de entre medio metro y un metro con un racimo alargado de muchas flores pequeñas, de unos dos centímetros, en un púrpura tan oscuro que en algunas variedades parece casi negro. El follaje es glauco, de un verde azulado que contrasta con la flor.
Procede de Turquía, Irán y el Levante mediterráneo y necesita justo lo que sobra aquí: un verano seco y caluroso que hornee el bulbo en reposo. En un suelo drenado y una exposición soleada se establece bien y repite año tras año, algo que no siempre ocurre con las demás. Da mucho juego en plantaciones de estilo naturalista, ya sea en manchas alargadas y difusas o como ejemplares sueltos repartidos por una ladera seca o una pradera.
Otras que merece la pena conocer
Fritillaria raddeana es muy parecida a la corona imperial pero de flores amarillo pálido y aspecto más despeinado, y florece algo antes. Es fiable y rebrota bien.
Entre las especies pequeñas hay un mundo para coleccionistas: Fritillaria michailovskyi, púrpura con el borde de los tépalos amarillo intenso; Fritillaria pinardii, de aire parecido; Fritillaria biflora y Fritillaria camschatcensis, esta última de un color chocolate casi negro. Todas piden un drenaje impecable y suelen dar mejor resultado en maceta o en alféizar bien controlado que en el arriate.
En la Península hay fritillarias autóctonas, entre ellas Fritillaria lusitanica y Fritillaria pyrenaica, esta última propia de los Pirineos. Se encuentran en pastos de montaña y matorrales y son plantas escasas: no se recolectan del medio natural.
Cómo cultivarlas
Plantación. Los bulbos se plantan entre septiembre y noviembre, tan pronto como se consigan, porque no soportan bien un almacenamiento largo en seco: se deshidratan y pierden capacidad de brotar. Profundidad orientativa, dos o tres veces la altura del bulbo, y algo más en las especies grandes. Una vez plantadas, cuanto menos se las mueva, mejor: son bulbosas a las que las divisiones y trasplantes frecuentes les cuestan una o dos temporadas de floración.
Exposición. Sol pleno en las zonas de clima templado o frío; semisombra en el sur y en el litoral cálido, sobre todo para las especies de flor delicada. Necesitan espacio propio y no toleran la competencia de plantas de raíz vigorosa, así que no van al pie de un arbusto grande ni entre gramíneas agresivas.
Suelo. Ligero, profundo, con materia orgánica y sobre todo bien drenado. El bulbo carnoso se pudre con facilidad en suelo pesado y encharcado. La excepción es Fritillaria meleagris, que sí acepta un suelo húmedo y compacto. En el este y el sur peninsular, con suelos calizos, las especies de origen mediterráneo y de Asia occidental (imperialis, persica) van bien; las de pradera atlántica prefieren suelo más ácido y fresco.
Después de la floración. No cortar el follaje hasta que amarillee del todo, porque en esas semanas el bulbo recarga las reservas para el año siguiente. Cortar la flor marchita evita que la planta gaste energía en formar semilla. Un aporte de compost o de abono de bulbosas al final del invierno, antes de brotar, es todo el abonado necesario.
Frío. Los bulbos aguantan sin problema los inviernos de todo el territorio peninsular. El límite no es el frío, sino el calor húmedo y el agua estancada en verano.
En resumen
Para el interior peninsular, con inviernos fríos y veranos secos, la corona imperial y Fritillaria persica son las apuestas seguras, plantadas en otoño en suelo drenado y con el bulbo de la corona imperial colocado de lado para que no se le pudra la cavidad central. Fritillaria meleagris pide lo contrario, suelo fresco y pesado y clima húmedo, y es la indicada para naturalizar en un prado del norte.
Dos advertencias antes de plantarlas: toda la planta es tóxica por ingestión, y las especies silvestres, tanto Fritillaria meleagris como las autóctonas ibéricas, no se recogen del campo. Los bulbos de cultivo son la única vía razonable, y además brotan mejor.