En mayo los rosales entran en su momento de máxima floración, y es cuando se ve con claridad hasta qué punto lo que llamamos rosal abarca cosas distintas: arbustos silvestres de cinco pétalos, híbridos de té de flor perfecta para jarrón, floribundas cargados de ramilletes, tapizantes de medio metro y trepadores capaces de cubrir una fachada.

Elegir bien dentro de esa variedad importa más que cualquier técnica de cultivo. Un rosal adecuado al clima, al espacio y al uso previsto florece durante años con sol, un suelo que drene, un abonado anual y una poda a final de invierno. Uno mal elegido dará trabajo y enfermedades por mucho que se le cuide.

A partir de mayo, los rosales se convierten en los reyes de los jardines. En la foto, un floribunda, un tipo de rosal moderno que suele ofrecer floraciones muy copiosas y largas.

Antiguos, modernos y silvestres

La división convencional separa los rosales antiguos de los modernos, y la frontera se sitúa en 1867, año de aparición del primer híbrido de té. No es una cuestión de calidad sino de comportamiento.

Los rosales antiguos (gálicas, damascenas, albas, centifolias, borbones, chinas) son arbustos vigorosos, de flores muy dobles y a menudo intensamente perfumadas. La mayoría florece una sola vez, en primavera, de forma abundante, y varios dan escaramujos decorativos en otoño que alimentan a los pájaros. Necesitan poco mantenimiento y poca poda: se les deja crecer.

Los rosales silvestres y sus formas próximas, como las rugosas, son los más rústicos de todos. Resisten enfermedades, sequía y frío, y su interés está tanto en la flor sencilla como en los escaramujos.

Los rosales modernos incorporaron de los rosales chinos la capacidad de reflorecer, y con ella la floración escalonada de mayo a los primeros fríos. Dentro de ellos:

  • Híbridos de té: flor grande, solitaria, de forma clásica y más de veinte pétalos. Son los de flor cortada. Exigen más poda, más abonado y más vigilancia sanitaria que ningún otro grupo.
  • Floribunda: ramilletes de cinco o seis flores, con menos pétalos y menos forma individual, pero muchísima más cantidad y continuidad. Ideales para macizo y seto florido. 'Iceberg', blanco, y 'La Sevillana', rojo, son dos clásicos que funcionan bien en España.
  • Arbustivos modernos: matas grandes que combinan la flor doble y perfumada de los antiguos con la refloración de los modernos. Son los que mejor encajan en un macizo mixto.
  • Miniatura y de patio: formas enanas, de flores pequeñas, pensadas para maceta y jardín reducido. Florecen sin parar durante todo el verano.
  • Tapizantes: no superan el medio metro y se extienden formando alfombras. 'The Fairy' es el más conocido y también sirve en jardinera; 'Nozomi' y 'Max Graf' cubren superficies mayores.
  • Trepadores y sarmentosos: los primeros, de ramas más rígidas y refloreciente, para pérgolas y muros; los segundos, mucho más vigorosos, hasta siete metros, de una sola floración explosiva, para cubrir un árbol viejo o una estructura grande.

A partir de los trepadores se obtienen además los rosales llorones, con ramas flexibles injertadas en lo alto de un pie, y los de pie alto, híbridos de té o floribundas injertados sobre un tallo de un metro.

Dónde y cómo plantarlos

Los rosales quieren sol: seis horas diarias como mínimo, y en el sur agradecen que las últimas horas de la tarde sean algo más suaves. Necesitan aire en circulación, que es la mejor prevención frente a los hongos, pero no viento fuerte y constante, que desgarra los brotes.

El suelo debe ser profundo, fértil y sobre todo bien drenado; la raíz no tolera el encharcamiento. En suelos pesados conviene plantar en caballón o mejorar el terreno con materia orgánica bien descompuesta en un volumen amplio, no solo en el hoyo.

La época depende de la presentación. Los rosales a raíz desnuda se plantan de noviembre a febrero, con la planta en reposo, y son la opción más económica y la que mejor arraiga. Los empaquetados, con la raíz envuelta en material húmedo, se plantan también en reposo, a finales de invierno. Los de contenedor permiten plantar casi todo el año, con la ventaja de que se ve la planta en vegetación, aunque plantar en pleno verano obliga a un riego constante.

Sobre la profundidad del injerto hay que ajustar la recomendación al clima. En la mayor parte de España, con inviernos suaves o moderados, el punto de injerto se deja a ras de suelo o apenas por encima; enterrarlo mucho favorece las podredumbres y que la variedad emita sus propias raíces. Enterrarlo dos o tres centímetros solo tiene sentido en zonas de heladas fuertes y prolongadas, para proteger la unión del frío.

Riego y abonado

El primer año hay que regar con regularidad, y también en cada brotación posterior. Una vez establecidos, los rosales resisten mejor de lo que se cree, pero para florecer de forma continuada durante el verano mediterráneo necesitan agua.

Se riega al pie, nunca por aspersión sobre el follaje: las hojas mojadas al atardecer son la puerta de entrada de la mancha negra y del oídio. El goteo es el sistema ideal, con riegos espaciados y abundantes en lugar de frecuentes y cortos, para que la raíz profundice. Un acolchado orgánico de tres o cuatro centímetros mantiene el suelo fresco, reduce el riego y frena las hierbas, con lo que además se evita cavar alrededor y dañar las raíces superficiales.

En cuanto al abonado, el estiércol bien maduro o el compost aplicado al final del invierno cubre la base. A partir de ahí, un abono específico para rosales tras la primera floración mantiene el vigor. En términos de nutrientes, el nitrógeno impulsa el crecimiento de brotes y hojas, el fósforo la raíz y el potasio la floración y la resistencia. Lo que no conviene es abonar con nitrógeno a partir de septiembre: fuerza brotes tiernos que no endurecen antes del frío.

La poda, según el tipo de rosal

La poda no es opcional en los rosales modernos: sin ella la mata se convierte en una maraña de tallos viejos, débiles y con flores de mala calidad. Su función es retirar cada año la madera agotada para forzar brotes jóvenes y vigorosos, que son los que dan buena flor.

Rosales refloridos (híbridos de té, floribundas, arbustivos modernos, miniaturas): poda principal a finales del invierno, cuando ya no se esperan heladas fuertes. En la costa mediterránea eso suele ser enero; en el interior y en zonas frías, finales de febrero o marzo. Se eliminan ramas secas, débiles y las que se cruzan hacia el centro, y se acortan las que quedan, más corto en híbridos de té, algo menos en floribundas y arbustivos.

Rosales de una sola floración (antiguos, silvestres, sarmentosos): se podan justo después de florecer, en verano, porque florecen sobre madera del año anterior. Podarlos en invierno es quedarse sin flores.

Trepadores refloridos: en invierno se acortan los brotes laterales a dos o tres yemas y se retira alguna rama principal vieja, guiando el resto lo más horizontal posible, que es lo que multiplica la floración a lo largo de toda la rama.

Durante la temporada conviene cortar las flores marchitas por encima de una hoja bien formada, lo que adelanta la siguiente floración. Y hay que eliminar de raíz los chupones que broten del portainjerto, por debajo del punto de injerto: se arrancan con un tirón seco en lugar de cortarlos, porque cortados rebrotan multiplicados.

Plagas y enfermedades

El pulgón coloniza los brotes tiernos en primavera. Salvo invasión grave, se controla solo cuando llegan mariquitas, sírfidos y avispas parasitoides; un chorro de agua o el aplastado manual bastan al principio.

Entre los hongos, el oídio (polvillo blanco en brotes y capullos) aparece con noches frescas y días cálidos; la mancha negra (manchas oscuras que amarillean la hoja y provocan defoliación) se ceba en primaveras húmedas y en el norte; la roya deja pústulas anaranjadas en el envés. Los tres se combaten primero con cultivo: sol, ventilación, riego al pie, recogida y eliminación de las hojas caídas afectadas, y elección de variedades resistentes. La araña roja aparece en veranos secos y calurosos.

Conviene aclarar un punto que se repite mucho: plantar lavandas o ajos ornamentales junto a los rosales no ahuyenta al pulgón. Es una idea muy extendida sin respaldo. Lo que sí hacen esas plantas, y no es poco, es aportar flor cuando el rosal no la tiene, cubrir la base desnuda de las matas y atraer insectos auxiliares que sí se comen a los pulgones. Nepeta, salvias, gauras y gramíneas cumplen ese papel a la perfección.

En resumen

Un rosal necesita sol, aire, suelo drenado y una poda hecha en el momento adecuado, y ese momento depende de si florece una vez o refloreciendo: los refloridos, a finales de invierno; los de una sola floración, justo después de florecer. Regar al pie y no sobre las hojas evita buena parte de las enfermedades.

La otra mitad del éxito está en la elección: híbridos de té para flor cortada, floribundas y arbustivos para macizo, tapizantes para taludes y jardineras, sarmentosos para cubrir estructuras grandes, y antiguos o rugosas para quien quiera perfume y escaramujos con poco mantenimiento.


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