El ginkgo (Ginkgo biloba) es el árbol más antiguo que se puede plantar en un jardín. Es la única especie superviviente de un grupo vegetal que ya existía antes que los dinosaurios, y sus hojas en abanico, con la muesca central que le da el nombre de biloba, no se parecen a las de ningún otro árbol. En noviembre vira a un amarillo dorado uniforme y suelta casi todas las hojas en cuestión de días, dejando una alfombra bajo la copa.

Además de curiosidad botánica, es un árbol urbano de primer orden: soporta la contaminación, el suelo compactado, la caliza, el frío y el calor, y prácticamente no tiene plagas ni enfermedades. Su único inconveniente serio es fácil de evitar si se sabe a tiempo, y tiene que ver con si el ejemplar es macho o hembra.

A la izquierda, uno de los dos ginkgos de 1.300 años del templo Hongluo de Pekín, plantados durante la dinastía Tang. A la derecha, un ginkgo con su alfombra de hojas doradas en noviembre.

Un fósil viviente, literalmente

El linaje de los ginkgos se remonta a más de doscientos millones de años y llegó a estar repartido por casi todo el planeta. De aquella diversidad queda una sola especie, refugiada en China, donde su supervivencia debe mucho al cultivo en templos budistas y jardines monásticos durante siglos.

Europa lo conoció tarde. El naturalista alemán Engelbert Kaempfer lo encontró en Japón a finales del siglo XVII, en el jardín de un templo, y a partir de sus descripciones se difundió por los jardines botánicos europeos en el siglo XVIII. Hasta entonces solo se conocían sus hojas en el registro fósil, y se daba el grupo por extinguido.

No es una conífera ni un árbol de flor: es una gimnosperma sin parentesco cercano con nada vivo. No produce frutos, aunque lo parezcan, sino semillas desnudas envueltas en una capa carnosa.

Por qué viven tanto

En China, Japón y Corea hay ginkgos de más de mil años, y varios superan los mil trescientos. El más citado es el del templo de Gu Guanyin, cerca de Xi'an, que cada noviembre llena de amarillo el patio del templo y al que se atribuyen unos 1.400 años.

Un trabajo publicado en 2019 en la revista PNAS estudió ejemplares de varios siglos y encontró algo notable: el cámbium vascular, el tejido que hace engordar el tronco, no mostraba los signos de envejecimiento celular esperables, y los árboles viejos mantenían activa la producción de compuestos defensivos, antioxidantes y antimicrobianos, en niveles comparables a los de los jóvenes. El crecimiento anual sí se ralentiza, pero la maquinaria no se apaga. Dicho en corto: mientras nada externo lo mate, un ginkgo no tiene programada una fecha de caducidad.

Esa resistencia tiene una prueba extrema. Varios ginkgos que crecían a uno o dos kilómetros del epicentro de la bomba de Hiroshima, el 6 de agosto de 1945, rebrotaron a la primavera siguiente. Algunos siguen vivos, con las cicatrices visibles en el tronco, y forman parte de los llamados hibakujumoku, los árboles supervivientes.

Macho o hembra: la decisión que hay que tomar antes de comprar

El ginkgo es dioico, es decir, hay pies masculinos y femeninos. Los femeninos producen unas semillas carnosas del tamaño de una ciruela pequeña que al caer y descomponerse desprenden un olor intenso y desagradable, muy parecido al de la mantequilla rancia, porque contienen ácido butírico. Una acera bajo un ginkgo hembra en octubre es un problema.

Por eso en jardinería se plantan casi siempre cultivares masculinos, seleccionados y multiplicados por injerto, como 'Autumn Gold' o 'Fastigiata' entre otros. Un ginkgo de semilla no revela su sexo hasta pasados veinte o treinta años, cuando ya es tarde para cambiarlo de sitio.

Hay otro aviso relacionado: la capa carnosa que envuelve la semilla contiene ácidos ginkgólicos, sustancias que provocan dermatitis de contacto, con enrojecimiento y picor, en personas sensibles. Si hay que recoger esas semillas del suelo, conviene hacerlo con guantes.

Cómo se cultiva en España

Es de los árboles más adaptables que existen. Vive en suelos arenosos, arcillosos, ácidos o calizos, siempre que no se encharquen de forma permanente, y tolera bien la compactación del suelo urbano y la contaminación atmosférica. Aguanta inviernos duros del interior peninsular y también veranos calurosos, aunque en el sur y el sureste, con verano largo y seco, necesita riego de apoyo durante los primeros años y agradece un suelo profundo.

Quiere sol pleno; en sombra se estira y pierde la densidad de copa. Crece despacio, sobre todo al principio, y esa es la razón de que se vea poco en jardines particulares: quien lo planta no lo hace pensando en cinco años. Un ejemplar adulto puede superar holgadamente los veinte metros, así que necesita espacio y no es árbol para un patio pequeño, salvo en los cultivares columnares o enanos.

Se planta en reposo, de noviembre a febrero, con el hoyo ancho y el cuello a nivel del suelo. Las raíces no son agresivas, lo que sumado a su resistencia lo convierte en buen árbol de alineación, aunque conviene darle un alcorque generoso.

La poda es prácticamente innecesaria: forma un solo eje y una copa que de joven resulta irregular y algo desgarbada, y se va cerrando con la edad. Basta retirar ramas secas o mal orientadas. Y no hace falta tratarlo contra nada: apenas sufre plagas ni hongos, algo que se atribuye precisamente a esa producción constante de compuestos defensivos.

El color de otoño

Es su mejor momento. Las hojas pasan del verde al amarillo intenso y, a diferencia de otras especies, caen de forma muy concentrada, a veces casi todas en un par de días tras una noche fría. La alfombra dorada bajo la copa dura después bastante tiempo, porque la hoja es coriácea y tarda en descomponerse.

El viraje depende del descenso térmico otoñal, así que en el interior y en el norte la coloración es más rotunda y más temprana que en el litoral cálido, donde llega más tarde y se prolonga. En cualquier caso es fiable: el ginkgo amarillea todos los años, cosa que no puede decirse de las especies de otoño rojo, mucho más dependientes del suelo y del tiempo concreto de la temporada.

Sobre sus usos

Las hojas de ginkgo se emplean en preparados de herbolario y las semillas se consumen cocinadas en la cocina de China, Japón y Corea, donde forman parte de platos tradicionales. No corresponde a un artículo de jardinería entrar en efectos ni en cantidades: la semilla cruda no se come, y cualquier consumo con intención medicinal es asunto de un profesional sanitario, no del jardín.

En resumen

El ginkgo es un árbol para plantar pensando en décadas: crece despacio, aguanta casi cualquier suelo, la contaminación, el frío y el calor, no necesita poda ni tratamientos y da un otoño dorado seguro todos los años. Su longevidad no es una leyenda, y la investigación reciente apunta a que sus tejidos de crecimiento no envejecen como los de otros árboles.

Antes de comprarlo, dos comprobaciones: que sea un cultivar masculino injertado, para evitar las semillas malolientes de los pies femeninos, y que haya espacio para un árbol que superará los veinte metros. Con eso resuelto, es de las plantaciones más agradecidas y duraderas que se pueden hacer.


Contenidos relacionados