Hay plantas que no florecen: estallan. Durante dos o tres semanas de primavera se cubren de flor hasta ocultar las ramas, y el resto del año pasan desapercibidas. Glicinias, rosales de Banks, tarays, forsitias, membrilleros de flor o espíreas blancas comparten esa manera de florecer, y también un rasgo técnico que condiciona por completo su cuidado.

Todas ellas forman las yemas de flor durante el verano anterior, sobre las ramas que crecieron ese año. Eso significa que la poda solo puede hacerse justo después de la floración: quien las recorta al final del invierno, cuando se poda todo lo demás, está cortando la floración entera de la temporada. Es el error más frecuente y el más fácil de evitar.

A finales de marzo, la floración rosada de los tarays de primavera estalla en los jardines de Azca, Madrid. Abajo, un rosal de Banks rebosante de flores dobles de color mantequilla.

Por qué florecen así

La floración explosiva es una estrategia: concentrar toda la energía acumulada durante el reposo invernal en una sola descarga, antes o a la vez que la brotación de las hojas. Sin follaje que las tape, las flores resultan mucho más visibles para los polinizadores, y la planta resuelve la reproducción en pocas semanas.

Para el jardín eso tiene dos consecuencias. La primera, que el espectáculo es breve y depende del tiempo: una semana de lluvia con viento durante la apertura lo acorta a la mitad. La segunda, que estas plantas ocupan sitio los otros once meses del año, así que conviene colocarlas donde su follaje sirva de fondo a otras floraciones posteriores, y no en el punto focal del jardín.

La regla de poda, en dos líneas

Si la planta florece antes de mediados de junio, casi con seguridad lo hace sobre madera del año anterior: se poda en cuanto se marchitan las flores. Si florece de junio en adelante, suele hacerlo sobre los brotes del año: se poda al final del invierno.

En el primer grupo la poda consiste sobre todo en aclarar: retirar cada pocos años dos o tres ramas viejas desde la base para que la mata se renueve, y acortar lo que se haya desmandado. Nada de recortes a tijera de setos, que destruyen el porte arqueado y dejan la flor repartida en la superficie exterior.

Taray de primavera (Tamarix parviflora)

Conviene aclarar el nombre: estos arbustos se llaman tarays o tamariscos, no tamarindos. El tamarindo es Tamarindus indica, un árbol tropical sin ninguna relación.

El Tamarix parviflora es un arbusto o arbolillo de cuatro o cinco metros, de ramaje fino y colgante, que a finales de marzo se cubre de inflorescencias rosadas menudas dispuestas a lo largo de las ramas del año anterior. El efecto, visto de lejos, es el de largas plumas rosas suspendidas de la copa. Las hojas son diminutas y escamosas, de un verde claro brillante.

Es de origen mediterráneo oriental y una de las plantas más sufridas que se pueden plantar: tolera el viento, la salinidad del ambiente marino, los suelos pobres y arenosos, e incluso los salinos. Quiere sol y buen drenaje, y muy poca agua una vez establecido. El exceso de riego y de abono le sientan mal. La poda, si hace falta, se hace justo después de la floración y puede ser severa, dejando las ramas a la mitad, cada dos o tres años. Ojo con la confusión de nombres en los viveros: Tamarix tetrandra se vende a veces como sinónimo y es otra especie, de menor porte y tronco más oscuro. La mayoría de los tarays, en cambio, florecen en verano sobre la madera nueva y se podan en invierno.

Glicinia (Wisteria sinensis)

La glicinia produce en marzo o abril racimos colgantes de 15 a 30 centímetros, perfumados, de color malva, violeta o blanco, sobre la planta todavía desnuda. En Wisteria floribunda, la japonesa, los racimos son más largos y se abren algo más tarde, cuando ya hay hojas.

Es una trepadora leñosa muy vigorosa, capaz de cubrir diez metros o más y de engrosar hasta parecer un tronco. Necesita un soporte serio: una pérgola de obra o de perfil metálico grueso, nunca una celosía de madera fina ni un canalón, que acabará retorciendo. Quiere sol pleno para florecer bien, suelo profundo y fresco con buen drenaje, y resguardo del viento que estropea los racimos.

Dos advertencias prácticas. La primera, sobre la compra: un ejemplar de semilla puede tardar diez años o más en florecer, así que hay que elegir plantas injertadas o de esqueje, de variedad conocida. La segunda, sobre la poda, que es la que decide si florece: se hace en dos tiempos, un despunte de los largos brotes del verano en julio o agosto, dejándolos a cinco o seis hojas, y una poda de invierno que los acorta a dos o tres yemas. Es lo que concentra la energía en los cortos ramilletes florales en lugar de en metros de sarmiento.

Las semillas y las vainas de la glicinia son tóxicas por ingestión y provocan trastornos digestivos, un detalle a tener en cuenta si hay niños pequeños que recojan lo que cae de la pérgola.

Rosal de Banks (Rosa banksiae)

Es el rosal trepador más espectacular para clima mediterráneo. Prácticamente carece de espinas, mantiene el follaje casi todo el año en zonas suaves y en abril se cubre por completo de ramilletes de florecillas dobles, amarillo mantequilla en 'Lutea' o blancas y perfumadas en 'Alba Plena'. Un ejemplar viejo puede tapar la fachada de una casa.

Florece una sola vez al año y sobre la madera vieja, así que la poda va inmediatamente después de la floración, en mayo, y consiste en retirar ramas agotadas desde la base más que en recortar. Es muy resistente a la sequía una vez establecido, apenas sufre plagas y no tolera bien los inviernos muy fríos: en la meseta necesita una pared abrigada y orientada al sur.

Forsitia (Forsythia × intermedia)

Es de las primeras en abrir, a finales de invierno, con campanitas amarillas de cuatro lóbulos que cubren las ramas antes de que salgan las hojas. Alcanza entre uno y medio y tres metros, crece deprisa y admite bien la poda, lo que permite usarla en seto libre.

Necesita sol para florecer con intensidad y tolera suelos muy diversos, incluidos los calizos. Como necesita acumular frío invernal, en el sur y en el litoral cálido la floración resulta pobre e irregular; es un arbusto que da su mejor versión en el norte y en el interior. Se poda en cuanto termina de florecer, aclarando las ramas viejas desde la base, porque las de tres o cuatro años florecen cada vez menos.

Otros que merecen sitio

El membrillero de flor (Chaenomeles speciosa y Chaenomeles × superba) abre flores rojas, rosas o blancas sobre ramas espinosas cuando todavía hace frío, y aguanta cualquier suelo y exposición.

Los Amelanchier, de flor blanca y magnífico color otoñal, quieren suelo fresco y algo ácido, y sufren en los veranos secos del interior y del sur si no se riegan.

Las deutzias y la Kolkwitzia amabilis forman matas cargadas de flor blanca o rosa a final de primavera, son muy rústicas y se podan también tras florecer.

Entre las perennes, la camelia (Camellia japonica) abre desde febrero, pero exige suelo ácido, sombra y humedad, condiciones que en gran parte de España obligan a cultivarla en maceta con sustrato específico. Las jaras (Cistus), en cambio, son la opción mediterránea por excelencia: floración blanca o rosa en mayo, resistencia total a la sequía y ninguna exigencia de suelo, con la salvedad de que no rebrotan de la madera vieja y no admiten podas severas. Berberis darwinii se cubre de flores anaranjadas en primavera y aguanta el frío y la poda sin problema.

Cómo montar la secuencia

Como cada una dura poco, lo interesante es escalonarlas. La forsitia y el membrillero de flor abren a finales de invierno; en marzo entran los tarays, las espíreas blancas y las glicinias; en abril y mayo, el rosal de Banks, las jaras, las deutzias y la kolkwitzia. Con cinco o seis arbustos bien elegidos hay flor continua desde febrero hasta junio.

Detrás de ellas conviene plantar vivaces y gramíneas que tomen el relevo en verano y otoño, precisamente cuando estos arbustos son solo masas de follaje. Es la manera de que un jardín no se quede vacío en agosto por haberlo apostado todo a la primavera.

En resumen

Las floraciones explosivas de primavera se producen sobre las ramas del año anterior, y esa es la clave de todo: la poda se hace en cuanto terminan de florecer, nunca al final del invierno. Aclarar ramas viejas desde la base mantiene la mata joven mucho mejor que recortar la superficie exterior.

Para clima mediterráneo, el taray y el rosal de Banks son las apuestas más seguras, junto con las jaras; la glicinia exige un soporte de verdad y una poda en dos tiempos, y la forsitia y los Amelanchier dan lo mejor de sí en el norte y en el interior fresco. Escalonando cinco o seis especies se cubre de flor desde febrero hasta el comienzo del verano.


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