Las espíreas son arbustos caducifolios de la familia de las rosáceas, rústicos hasta el extremo y de los pocos que florecen bien sin exigir nada especial. Se dividen en dos grupos que se cuidan de forma distinta: las de flor blanca en primavera, las clásicas coronas de novia, y las de flor rosa o púrpura en verano, con inflorescencias planas o en espiga.
Esa división no es un detalle de aficionado. Las de primavera florecen sobre la madera del año anterior y se podan justo después de florecer; las de verano lo hacen sobre los brotes del año en curso y se podan al final del invierno. Confundirlas es la causa habitual de que una espírea sana se pase una temporada entera sin flor.
En marzo, la Spiraea x vanhouttei se llena de corimbos blancos. Abajo, Spiraea japonica Little Princess.
Un género del hemisferio norte
El género Spiraea reúne cerca de un centenar de especies repartidas por las zonas templadas del hemisferio norte, con el grueso de la diversidad en Asia oriental. De China y Japón vienen las más ornamentales: Spiraea thunbergii, Spiraea cantoniensis, Spiraea prunifolia, Spiraea nipponica y sobre todo Spiraea japonica, origen de la mayor parte de los cultivares de flor rosa y follaje dorado que se venden hoy. De Norteamérica proceden varias de las de espiga, como Spiraea douglasii y Spiraea tomentosa, poco frecuentes en el comercio español.
Ese origen explica su resistencia. Son plantas de clima continental, acostumbradas a inviernos duros, que en la meseta y en el interior peninsular pasan el frío sin ningún daño. Lo que les cuesta es el otro extremo: el verano largo y seco del sur y del sureste, con suelo caliente y aire seco, donde necesitan riego de apoyo y agradecen algo de sombra en las horas centrales.
Las blancas de primavera
Spiraea × vanhouttei es la más conocida. Alcanza unos dos metros, con ramas largas y arqueadas que en marzo y abril se cubren de corimbos blancos hasta parecer nevadas. Funciona como ejemplar aislado, en grupos y sobre todo en seto libre, donde el porte arqueado luce mucho más que recortado en un seto formal.
Spiraea cantoniensis es muy habitual en jardines españoles por su rusticidad y por su tolerancia al calor; sus flores blancas lucen estambres largos, y el cultivar 'Flore Pleno' las tiene dobles. Spiraea thunbergii es de las más tempranas, con follaje fino que recuerda al de un helecho y toma tonos dorados en otoño, buena para setos bajos. Spiraea prunifolia da flores dobles que parecen rosas en miniatura. Spiraea nipponica 'Snowmound' forma un montículo compacto de alrededor de un metro, y Spiraea × arguta, de talla similar, es de las de floración más densa.
En Japón a este grupo lo llaman yuki-yanagi, sauces nevados, por las ramas finas y colgantes cargadas de flor.
Las de verano, rosas y en espiga
El grupo de Spiraea japonica agrupa arbustos bajos, de 50 centímetros a poco más de un metro, con corimbos planos de color rosa que aparecen desde junio y se prolongan buena parte del verano. Muchos cultivares se plantan tanto por la flor como por el follaje: 'Little Princess' es compacta y de hoja verde; 'Anthony Waterer' tiene flores de rosa intenso; 'Goldflame' y 'Gold Mound' brotan en tonos cobrizos y amarillos que iluminan un macizo durante toda la temporada.
Son perfectas para bordura, macizo bajo y macetón, y responden muy bien a la poda anual, que las mantiene compactas y prolonga la floración. Cortar las flores marchitas suele provocar una segunda tanda más discreta a final de verano.
Las de espiga vertical, como Spiraea × billardii o Spiraea douglasii, forman matas de hasta dos metros con espigas rosadas o púrpura en pleno verano. Tienen tendencia a emitir renuevos de raíz y a extenderse, algo que conviene tener en cuenta si se plantan en un macizo pequeño.
Cultivo: lo que piden y lo que toleran
Quieren sol. En semisombra viven, pero florecen bastante menos y las de follaje dorado pierden color. El suelo ideal es profundo, fértil y fresco, de reacción neutra, aunque toleran un rango amplio. En suelos muy calizos, frecuentes en el este y el sur, algunas manifiestan clorosis, con las hojas amarillas y los nervios verdes; ahí ayuda mantener una capa de acolchado que conserve la humedad y aporte materia orgánica al descomponerse.
El riego es el punto que suele fallar en clima mediterráneo. No son plantas de secano: quieren el suelo fresco, y en julio y agosto, en el centro y el sur, necesitan agua regular. Un acolchado de corteza o restos de poda triturados a lo largo de la línea de plantación reduce mucho esa necesidad.
Se plantan de noviembre a marzo, con el arbusto en reposo. En seto libre se cuentan de 80 centímetros a un metro entre plantas para las especies grandes, y de 40 a 50 para las bajas de Spiraea japonica. Un abonado orgánico anual al final del invierno basta; el exceso de nitrógeno da mucha hoja y poca flor.
La poda, según cuándo florezcan
Espíreas de floración primaveral (blancas): florecen en la madera del año anterior. Se podan inmediatamente después de la floración, entre abril y mayo, aclarando las ramas más viejas desde la base y respetando el porte arqueado. Podarlas a final de invierno significa cortar precisamente las ramas que llevaban las yemas de flor y quedarse sin floración ese año.
Espíreas de floración estival (rosas): florecen sobre los brotes del año. Se podan a finales de invierno, en febrero o principios de marzo, cortando bastante corto, incluso a un palmo del suelo en el caso de los cultivares bajos de Spiraea japonica. Esa poda dura es la que da mata compacta y floración abundante.
En ambos grupos conviene renovar de vez en cuando: retirar cada pocos años dos o tres de las ramas más viejas y leñosas desde la base mantiene el arbusto joven y con brotes vigorosos.
Multiplicación y problemas
Se multiplican con facilidad por esqueje semileñoso a finales de verano, y también por división de la mata o separando los renuevos que emiten desde la base, en pleno reposo invernal. Las de espiga, que rebrotan de raíz, se dividen prácticamente solas.
Los problemas son pocos. El pulgón ataca los brotes tiernos en primavera y rara vez requiere intervención. En zonas húmedas y con poca ventilación puede aparecer oídio, un polvillo blanco sobre las hojas, que se previene aclarando la mata y evitando mojar el follaje al regar. En suelo encharcado sufren de hongos de raíz, así que el drenaje no es negociable.
Dónde colocarlas en el jardín
Las grandes de flor blanca funcionan como fondo de macizo, seto libre y pantalla ligera, y necesitan sitio para expresar el porte arqueado: recortadas en bola pierden todo su interés. Las bajas de flor rosa y follaje coloreado se usan en bordura, delante de arbustos mayores, en taludes y en jardineras grandes, y combinan bien con vivaces y gramíneas.
Plantar las dos series juntas alarga mucho la temporada: las blancas abren en marzo y abril, y cuando terminan, las japonicas empiezan a florecer y siguen hasta septiembre.
En resumen
Las espíreas piden sol, suelo fresco y drenado, y riego de apoyo en los veranos secos del centro y del sur. A cambio aguantan inviernos duros, crecen deprisa y florecen sin exigencias. Las blancas dan el efecto de nevada en primavera; las rosadas cubren el verano y aportan además color de follaje.
La única regla que hay que memorizar es la de la poda: blancas de primavera, en cuanto acaba la floración; rosas de verano, a finales del invierno y cortando corto. Con eso resuelto, son de los arbustos más agradecidos que se pueden plantar en un jardín español.