Casi todos los árboles maltratados que se ven en jardines y calles lo están por el mismo motivo: se plantó la especie equivocada en el sitio equivocado. Después llegan las podas de reducción año tras año, el desmochado que arruina la copa, el pavimento levantado y, al final, la tala. Elegir bien al principio cuesta una tarde y ahorra veinte años de problemas.

La decisión se toma con cuatro datos sobre la mesa: el tamaño que alcanzará el árbol adulto, la distancia real a construcciones y canalizaciones, el clima y el suelo de la parcela. Lo que quepa dentro de esos cuatro límites es lo que se puede plantar; lo demás, por bonito que sea en la foto del vivero, no.

Abedules en el jardín de una urbanización de Madrid (izquierda) y un fresno joven exhibiendo su copa natural (derecha). Fotos: Hanako

El tamaño adulto, no el de la maceta

Un criterio útil clasifica los árboles en pequeños (hasta unos 10 metros de altura en la madurez), medianos (de 10 a 15) y grandes (por encima de 15). Lo que se compra en el vivero mide dos o tres metros y no dice nada del futuro. Hay que buscar la altura y la anchura de copa que alcanza la especie, y contar con ellas.

El error clásico es plantar un cedro, un plátano, un chopo o una tipuana en un jardín de doscientos metros cuadrados. Cuando la copa se come el espacio, la respuesta habitual es podar para reducirla, y la poda de reducción sobre un árbol grande es una pelea perdida: el árbol responde con rebrotes vigorosos y mal anclados, se abren heridas que no cierran y la silueta natural, que es su mayor valor ornamental, desaparece. En un jardín pequeño es mejor plantar dos o tres árboles pequeños que uno grande recortado de por vida.

Si al final hay que quitarlo, el trabajo no acaba con la tala. Hay que destoconar y retirar la masa de raíces para poder volver a plantar allí, y eso es caro y aparatoso, sobre todo en un jardín ya hecho.

Distancias a la casa, al pavimento y a las tuberías

El volumen de raíces de un árbol es, a grandes rasgos, comparable al de su copa, y se extiende sobre todo en horizontal, en los primeros decímetros del suelo, buscando agua y aire. Algunas especies tienen además raíces especialmente agresivas y oportunistas: chopos y álamos (Populus), sauces (Salix), plátanos de sombra, ficus y ailantos son los sospechosos habituales de tuberías obstruidas, aceras levantadas y muretes desplazados.

Para un árbol de gran porte, una distancia de 10 a 15 metros respecto a la vivienda, la piscina o el saneamiento es lo prudente. Con árboles pequeños y raíces poco problemáticas se puede bajar bastante, pero nunca a lo que parece suficiente mirando el ejemplar recién plantado. Conviene también saber por dónde pasan las canalizaciones antes de abrir el hoyo, y no plantar sobre la traza de un pozo, una fosa o una acometida.

Hay además un límite legal. El Código Civil, en su artículo 591, fija que los árboles altos se planten a dos metros de la línea divisoria con la finca vecina, y los arbustos o árboles bajos a cincuenta centímetros, salvo que las ordenanzas o la costumbre del lugar digan otra cosa. El artículo 592 añade que el vecino puede exigir que se corten las ramas que se extienden sobre su propiedad, y cortar él mismo las raíces que penetren en ella. Las ordenanzas municipales suelen ser más exigentes, así que merece la pena consultarlas antes de plantar en un lindero.

Clima: el filtro que descarta más candidatos

Antes que la especie hay que mirar el clima de la parcela: mínimas de invierno, máximas y duración del verano, régimen de lluvias, humedad ambiental, viento, altitud y proximidad al mar. En España caben desde la cornisa cantábrica oceánica hasta el sureste semiárido, y un árbol que va bien en Santander es un mal candidato en Murcia.

El arce japonés (Acer palmatum) es el ejemplo más repetido. Enamora en el vivero y prospera en el norte húmedo, pero fuera de esa franja sufre con el calor y la sequedad del aire: se le queman los bordes de las hojas en julio y va perdiendo vigor. Si se planta en el centro o el sur, tiene que ser a la sombra, resguardado del viento seco y del sol de tarde, y aun así vivirá a disgusto. Con los abedules ocurre algo parecido en el interior peninsular: aguantan unos años y se van apagando.

Cerca del mar hay que añadir la tolerancia a la salinidad y al viento cargado de sal, que descarta a muchas especies de interior y favorece a pinos, tarayes, almeces y palmeras.

Suelo: lo que hay bajo el hoyo

Se puede rellenar el hoyo de plantación con buen sustrato, pero las raíces saldrán de ahí en un par de años y se encontrarán con el suelo real: arenoso, limoso o arcilloso, ácido o calizo, profundo o con una capa dura a medio metro. Ese suelo es el que manda a largo plazo.

En buena parte del este y el sur peninsular los suelos son calizos, con pH alto y presencia de caliza activa. Ahí las especies acidófilas se vuelven cloróticas: las hojas amarillean entre los nervios porque el hierro, aunque esté presente, no resulta asimilable. Le pasa al liquidámbar (Liquidambar styraciflua), a los arces japoneses, a las camelias y a los rododendros. Un liquidámbar en suelo calizo no dará nunca el color otoñal por el que se planta. Corregir el pH de un suelo entero no es viable: lo razonable es elegir especies que ya vivan bien en él.

Todoterrenos hay unos cuantos, y son los que más margen dan: el olivo, el almez, el ginkgo (Ginkgo biloba), el árbol del amor, el madroño o la encina se adaptan a suelos muy distintos siempre que drenen. En terrenos que encharcan, la lista se reduce mucho y hay que pensar en especies de ribera, como fresnos, alisos o sauces, con la advertencia de sus raíces.

Cuidado con las especies invasoras

Algunos árboles de crecimiento rápido y aspecto agradecido están catalogados como exóticos invasores en España, con la consecuencia práctica de que no se pueden plantar. El ailanto (Ailanthus altissima) y la mimosa (Acacia dealbata) figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, aprobado por el Real Decreto 630/2013, que prohíbe su posesión, transporte, comercio y, desde luego, su introducción en el medio natural.

No es un tecnicismo. El ailanto rebrota de raíz con enorme fuerza, coloniza taludes y solares, y una vez instalado es dificilísimo de erradicar. La mimosa hace lo propio en el noroeste, donde ocupa superficies enormes tras los incendios. Antes de comprar un árbol que crece muy deprisa y se da bien en cualquier sitio conviene comprobar que no está catalogado.

Perennes o caducos, y de qué copa

Los perennifolios mantienen el follaje todo el año y sirven como pantalla visual y fondo estable. Los caducifolios ofrecen sombra densa en verano, coloración otoñal y luz en invierno, lo que en el clima peninsular es una ventaja notable si el árbol está al sur o al oeste de la casa.

La sombra no la dan igual todas las copas: las de hoja grande y follaje denso proyectan una umbría profunda; las de hoja pequeña o compuesta, como las de las acacias ornamentales, dan una sombra ligera bajo la que todavía crecen otras plantas. Los frutales y los árboles de flor son decorativos, pero rara vez cumplen como árboles de sombra.

Conviene decidir también cuánta hojarasca y qué frutos se está dispuesto a recoger. Ningún árbol es sucio, pero hay especies con frutos carnosos o pegajosos que sobre un paso, una terraza o un aparcamiento generan un trabajo constante y manchas difíciles. Si eso va a ser un problema, es mejor descartarlas antes que reprocharlo después.

Cómo elegir el ejemplar en el vivero

Los árboles se venden en contenedor, con cepellón envuelto o a raíz desnuda. La raíz desnuda solo sirve para caducifolios en reposo, en pleno invierno, y suele ser la opción más barata y la que mejor arraiga si se planta enseguida. El contenedor permite plantar en un rango de fechas más amplio, pero hay que revisar que las raíces no den vueltas dentro de la maceta: un cepellón con raíces enrolladas o que salen hechas un ovillo por el drenaje ha estado demasiado tiempo ahí y ese defecto lo arrastra el árbol toda su vida.

Del ejemplar hay que mirar el tronco (recto, sin heridas ni cortes mal cicatrizados, sin daños de atadura) y la estructura de la copa: ramas repartidas en todas las direcciones, un solo eje dominante si es de un pie, distribución natural si es multitronco. Un árbol pequeño y bien formado alcanza y supera en pocos años a otro más grande y desequilibrado, porque enraíza mejor y arranca antes.

Al plantar, el hoyo se hace ancho más que hondo, el cuello de la raíz queda al nivel del suelo y nunca enterrado, y el tutor, si hace falta, se ata bajo y se retira al cabo de una o dos temporadas: un árbol atado permanentemente no engrosa el tronco como debe y queda dependiente del apoyo.

En resumen

Elegir árbol es un ejercicio de restas: primero se descarta por tamaño adulto y distancia a construcciones, después por clima y por suelo, y solo al final se elige por gusto entre lo que ha quedado. Ese orden evita las podas de reducción interminables, las aceras levantadas y las talas prematuras.

Quedan dos comprobaciones rápidas antes de comprar: que la especie no figure en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras del Real Decreto 630/2013, y que el ejemplar concreto tenga tronco sano, copa equilibrada y raíces sin enrollar. Con eso resuelto, plantar bien es lo fácil.


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