Las echeverias son suculentas de roseta, casi todas mexicanas, que se reconocen por sus hojas carnosas dispuestas en espiral apretada a ras de suelo. Necesitan mucha luz, un sustrato que drene de verdad y muy poca agua: con esas tres cosas resueltas se cultivan sin problema en una terraza o en un alféizar bien orientado, y sobran los cuidados.
Lo que suele fallar no es el riego en sí, sino la combinación de riego generoso y sustrato que retiene. Una echeveria en una maceta de barro con mezcla mineral perdona un despiste; la misma planta en un bote de cristal sin agujero, con tierra de jardín, se pudre por el cuello en cuanto se moja dos veces seguidas.
Rosetas de echeverias grises, glaucas, verdes y malvas en botes de vidrio, mezcladas con otras suculentas. Las carnosas rosetas azuladas de una Echeveria elegans, plantada al aire libre en una jardinera de obra.
Qué son y de dónde vienen
El género Echeveria pertenece a la familia de las crasuláceas, la misma de los sedums, las crásulas y los kalanchoes. Reúne más de cien especies repartidas por México y Centroamérica, con presencia hasta el noroeste de Sudamérica, y a ellas se suman centenares de híbridos y cultivares de jardinería. El nombre honra a Atanasio Echeverría y Godoy, el dibujante botánico que ilustró la expedición española a Nueva España a finales del siglo XVIII.
Casi todas forman una roseta apretada, sin tallo visible o con un tallo corto que se va alargando con la edad. Las hojas pueden ser lisas y cubiertas de una cera azulada (la pruina), o vellosas y aterciopeladas, con márgenes lisos, ondulados o rizados. La gama de color va del verde y el gris azulado al malva, el rosa y el rojo cobrizo, y varía mucho según la luz recibida: la misma planta se ve verde y estirada en sombra, y compacta y teñida de rojo en el borde al pleno sol.
Los cruces con géneros vecinos han dado otros nombres que aparecen en las etiquetas: Pachyveria (cruce con Pachyphytum), Graptoveria (con Graptopetalum) y Sedeveria (con Sedum). Se cultivan igual que las echeverias.
Luz: cuánta y de qué tipo
Quieren sol, pero no todo el sol del verano peninsular. Lo ideal es un lugar muy luminoso con sol directo de la mañana y sombra en las horas centrales, sobre todo de junio a agosto, cuando el sol de mediodía quema las hojas y deja cicatrices pardas que ya no se borran. Una terraza orientada al este es prácticamente perfecta.
La falta de luz se nota enseguida: la roseta se abre, el tallo se estira y las hojas nuevas salen más pequeñas y separadas. Ese ahilamiento no tiene marcha atrás, la parte estirada se queda así. Lo que sí se puede hacer es decapitar la roseta, dejar secar el corte y volver a enraizarla, esta vez en un sitio con más luz.
El paso de interior a exterior se hace de forma progresiva, en dos o tres semanas, aumentando poco a poco la exposición. Sacarlas de golpe al sol de mayo produce quemaduras aunque la planta esté sana.
Riego y sustrato
La regla es regar en abundancia y luego dejar secar el sustrato por completo antes de volver a hacerlo. Nada de riegos pequeños y frecuentes, que mantienen la superficie húmeda y las raíces profundas secas. En verano eso puede suponer un riego cada una o dos semanas, según maceta y exposición; en invierno, con temperaturas bajas y días cortos, casi nada.
El agua se aplica al sustrato, no sobre la roseta. El agua que se queda embalsada en el centro de la planta, sobre todo si luego le da el sol o la temperatura baja de noche, provoca podredumbre del corazón. Por el mismo motivo no se pulverizan, y menos aún las especies vellosas o las cubiertas de pruina. Esa capa cerosa es una protección natural frente a la radiación y se borra con el roce de los dedos o con el agua, sin que vuelva a formarse en la hoja afectada.
El sustrato debe ser suelto y con poca materia orgánica. Sirve una mezcla de sustrato para cactus con un tercio o hasta la mitad de árido: puzolana, arena gruesa de sílice, gravilla o perlita. La maceta de barro seca antes que la de plástico y da margen de error a quien tiende a regar de más. El agujero de drenaje no es opcional.
Los recipientes cerrados de vidrio, que quedan muy bien en la foto, son la peor opción posible para una crasa: no drenan, no ventilan y concentran la humedad justo donde no debe estar. Si se usan, el riego tiene que ser mínimo y medido, y aun así la planta durará meses, no años.
Frío, calor y cultivo al aire libre
En el litoral mediterráneo y en el sur, donde las heladas son raras y débiles, muchas echeverias viven todo el año a la intemperie, plantadas en jardineras y rocallas. Toleran bien el calor seco del verano, aunque en las semanas más duras detienen el crecimiento y agradecen algo de sombra.
El límite es el frío húmedo. Una echeveria en sustrato seco resiste bastante mejor un descenso puntual de temperatura que la misma planta con las raíces mojadas, que se deshace. Especies robustas como Echeveria elegans aguantan alguna helada ligera en suelo seco y drenado; los híbridos de hoja gruesa y los de aspecto más ornamental suelen ser bastante más sensibles. En el interior peninsular, con heladas frecuentes y lluvias de invierno, lo práctico es cultivarlas en maceta y resguardarlas bajo un porche o junto a un muro entre noviembre y marzo, donde reciban luz pero no lluvia.
Floración, abonado y multiplicación
Desde el final de la primavera y durante el verano, la roseta emite tallos florales laterales, arqueados, con flores acampanadas de tonos anaranjados, rosados o amarillos. No agotan la planta y se pueden dejar; cuando se secan, se cortan por la base. Conviene revisarlos porque el pulgón se instala con facilidad en esos tallos tiernos.
El abonado es opcional y, en todo caso, escaso: un fertilizante para cactáceas muy diluido, una o dos veces durante la primavera y el verano. El exceso de nitrógeno produce hojas grandes, blandas y desvaídas, más propensas a pudrirse y a atraer plagas.
Multiplicarlas es sencillo y hay tres vías. La primera, separar los hijuelos que salen alrededor de la planta madre, que ya vienen con raíz o la emiten en pocos días. La segunda, cortar la roseta con un par de centímetros de tallo, dejar secar el corte dos o tres días a la sombra y plantarla en sustrato apenas humedecido; el tocón que queda suele brotar por los lados y dar varias rosetas nuevas. La tercera, la hoja: se desprende entera y limpia, tirando con un giro suave para que salga con su base, se deja secar y se apoya sobre sustrato seco. En unas semanas emite raíces y una rosetita diminuta. La mejor época para las tres es de marzo a junio.
Problemas más frecuentes
La cochinilla algodonosa es la plaga número uno. Se esconde entre las hojas del centro de la roseta y en las raíces, disimulada como pelusa blanca. Se retira con un bastoncillo de algodón; si aparece en las raíces, hay que sacar la planta, limpiar el cepellón y replantar en sustrato nuevo. El pulgón ataca las varas florales y se elimina a mano o con un chorro suave de agua fuera de la roseta.
Las hojas de la base que se secan y se ponen de papel son normales: la roseta crece por arriba y va perdiendo las de abajo. Se retiran para que no acumulen humedad ni sirvan de refugio a las cochinillas. En cambio, las hojas bajas amarillentas, blandas y translúcidas indican exceso de agua, y hay que dejar de regar de inmediato y comprobar el estado del cuello y las raíces. Las hojas arrugadas y algo curvadas hacia dentro indican lo contrario, sed, y se recuperan tras un riego a fondo.
En resumen
Las echeverias piden mucha luz sin sol abrasador de mediodía, sustrato mineral en maceta con drenaje y riegos espaciados que empapan y luego dejan secar del todo. Regar sobre la roseta, pulverizarlas o manosear las hojas cerosas son los tres gestos que más daño les hacen, y todos son evitables.
En la costa mediterránea aguantan el año entero al aire libre; en el interior es más seguro tenerlas en maceta y ponerlas a cubierto de la lluvia en invierno, porque lo que las mata no es el frío sino el frío con las raíces mojadas. Y como se multiplican con una simple hoja, de una planta salen en un par de temporadas todas las que quepan en la terraza.