La mayoría de las orquídeas que se venden como planta de interior mueren por exceso de agua, y por una razón que tiene que ver con lo que son. Casi todas las que llegan al comercio son epífitas: en la naturaleza no viven en tierra sino agarradas a la corteza de un árbol, con las raíces al aire, mojándose cuando llueve y secándose después en pocas horas. Tratarlas como una planta de maceta corriente, con sustrato húmedo permanente, es condenarlas.
Entendido eso, son plantas de interior sorprendentemente fáciles y de las más rentables que existen, porque una floración puede durar dos o tres meses y repetirse año tras año. Las páginas siguientes reúnen lo que de verdad hay que hacer y los errores más comunes, que casi siempre son de riego, de luz o de agua demasiado dura.
Un patio interior donde reina la mezcla de orquídeas entre helechos plumosos y ejemplares de Strelitzia nicolai.
La luz: cómo saber si es la correcta
Quieren mucha luz, pero indirecta. El sol directo del mediodía a través de un cristal quema las hojas en cuestión de horas y deja manchas pardas irreversibles. El sitio ideal es a un metro de una ventana orientada al este, o junto a una al norte, o detrás de un visillo en una al sur.
La propia planta indica si acierta. En una Phalaenopsis, el color normal de la hoja es un verde medio, tipo lechuga. Una hoja verde oscura, casi azulada, indica falta de luz, y esa planta puede vivir años sin volver a florecer. Una hoja amarillenta o rojiza indica exceso. Es un indicador mucho más fiable que cualquier regla sobre orientaciones.
El riego, y el truco de las raíces
El método que mejor funciona es el remojo. Se sumerge el tiesto en un recipiente con agua a temperatura ambiente durante diez o quince minutos, se saca, se deja escurrir bien y se devuelve a su sitio. Así se humedece todo el sustrato de forma homogénea, cosa que un chorrito por arriba no consigue. Se hace por la mañana, para que la planta esté seca al llegar la noche.
La frecuencia no es fija: depende de la temperatura, de la ventilación y del sustrato. Puede ser cada cuatro o cinco días en pleno verano y cada dos semanas en invierno. Hay dos indicadores que no fallan. El primero es el peso: se levanta el tiesto y se compara con el que tenía recién regado; cuando pesa poco, toca. El segundo, y es la ventaja real del tiesto transparente, es el color de las raíces. El velamen, el tejido esponjoso que las recubre, se vuelve verde brillante cuando está saturado de agua y plateado o blanquecino cuando está seco. Raíces plateadas quieren decir riego.
Dos advertencias. Nunca debe quedar agua en la corona, el punto donde nacen las hojas: se pudre y la planta muere sin remedio. Si cae agua ahí, se seca con papel. Y no hay que regar con cubitos de hielo, una moda extendida que no tiene sentido: son plantas tropicales y el agua fría sobre las raíces les hace daño.
El agua: el problema español
En buena parte de España el agua del grifo es dura, con mucha cal. Las orquídeas son sensibles a esa dureza: la cal se acumula en el sustrato y en las raíces, sube el pH y bloquea la absorción de nutrientes, y el efecto se ve al cabo de meses, en forma de planta que se estanca sin causa aparente.
Lo ideal es agua de lluvia recogida, agua de ósmosis o agua embotellada de mineralización muy débil. Dejar reposar el agua del grifo veinticuatro horas elimina el cloro pero no la cal, así que no resuelve el problema principal. Si solo se dispone de agua dura, conviene al menos hacer un enjuague abundante del sustrato cada pocos meses para arrastrar las sales acumuladas.
Sustrato y trasplante
El sustrato de una orquídea epífita no alimenta, sujeta. Se compone de corteza de pino en trozos gruesos, a veces con fibra de coco, esfagno o perlita, y su función es dar aire a las raíces. Nunca se usa tierra de jardín ni sustrato universal.
La corteza se descompone: al cabo de dos o tres años se vuelve fina, oscura y retiene agua como una esponja, y ahí empiezan las podredumbres. Ese es el motivo real del trasplante, no que la planta se haya quedado pequeña. Se hace tras la floración, retirando el sustrato viejo, cortando con tijera desinfectada solo las raíces que estén blandas, huecas o marrones y conservando todas las firmes, incluidas las que salen fuera del tiesto.
Sobre el tiesto: el transparente es útil en las epífitas de raíz fotosintética, como las Phalaenopsis, porque permite ver el estado de las raíces y les deja llegar algo de luz. Para las de raíz no fotosintética, como los Paphiopedilum, es indiferente. Todos deben tener muchos agujeros.
Abonado
La regla clásica es abonar poco y a menudo. Un fertilizante específico para orquídeas, a la mitad o a un tercio de la dosis del envase, en tres de cada cuatro riegos durante la temporada de crecimiento, y un riego con agua sola de vez en cuando para lavar sales. En invierno se reduce o se suspende. Abonar a dosis plena quema las puntas de las raíces.
Cómo conseguir que vuelva a florecer
Esta es la pregunta que más se hace, y en la mayoría de los géneros la respuesta tiene que ver con la temperatura nocturna.
Las Phalaenopsis inician una nueva vara cuando en otoño experimentan varias semanas de noches entre cinco y ocho grados más frescas que el día, con mínimas en torno a los 16 o 18 grados. En una casa con calefacción a temperatura constante, eso no ocurre nunca y la planta no vuelve a florecer aunque esté sana. Sacarla a una galería o a una habitación sin calefacción durante septiembre y octubre suele bastar.
Cuando termina la floración hay dos opciones con la vara. Si sigue verde, se puede cortar por encima del segundo o tercer nudo contando desde abajo, y con frecuencia brota una vara secundaria en pocas semanas, más corta. Si se ha secado y amarilleado, se corta a ras de la base. Dejar una vara seca no aporta nada.
En otros géneros el detonante es distinto: los Cymbidium necesitan pasar el verano fuera, a la sombra, con noches frescas de final de verano; los Dendrobium nobile requieren un invierno fresco y seco, casi sin riego, para formar botones en lugar de brotes.
Los géneros más agradecidos
- Phalaenopsis. La más fácil y la más vendida. Florece durante meses, no necesita reposo marcado y se adapta bien a la temperatura de una casa. Es por donde hay que empezar.
- Oncidium e híbridos tipo cambria. Varas ramificadas con muchas flores pequeñas, algunas perfumadas. Tienen pseudobulbos, que son órganos de reserva, y por tanto toleran mejor un olvido de riego. Quieren algo más de frescor que las Phalaenopsis. Conviene saber que cambria no es un género: es un nombre comercial que agrupa híbridos entre varios géneros emparentados.
- Paphiopedilum. Las zapatillas de Venus, de flor muy peculiar y larga duración. No son epífitas típicas ni tienen pseudobulbos, así que no toleran secarse del todo: quieren sustrato ligeramente húmedo en todo momento y sombra. Van muy bien en interiores poco luminosos.
- Dendrobium. Tallos verticales tipo caña con flores a lo largo. Los del grupo nobile piden ese invierno fresco y seco; los del grupo phalaenopsis, más parecidos en trato a una Phalaenopsis.
- Cymbidium. Planta grande, de hoja larga, con varas de flores de mucha duración y excelentes para corte. Es de las que mejor se comporta en exterior en verano en el clima español, siempre a la sombra.
- Zygopetalum y Miltoniopsis. Muy perfumadas y muy bellas, pero más exigentes: quieren frescor y humedad ambiental alta, condiciones difíciles en un piso con calefacción.
Problemas frecuentes
- Hojas arrugadas y blandas. Casi siempre son raíces dañadas por exceso de agua, no falta de riego. La planta no puede absorber aunque el sustrato esté húmedo. Se saca del tiesto y se revisan las raíces.
- Botones que se caen sin abrir. Un cambio brusco: corriente de aire frío, traslado, o la proximidad de fruta madura, que emite etileno.
- Manchas pardas secas en la hoja. Quemadura solar.
- Manchas blandas y acuosas. Podredumbre bacteriana o fúngica, favorecida por el agua estancada. Se corta la zona afectada con tijera desinfectada y se mejora la ventilación.
- Cochinilla algodonosa. En las axilas de las hojas y bajo las brácteas de la vara. Se retira con un bastoncillo empapado en alcohol.
- Planta que no florece pero está sana. Falta de luz o ausencia de bajada térmica nocturna en otoño.
Componer con varias orquídeas
Agrupar varias orquídeas juntas, en un cuenco común o en macetas individuales reunidas, tiene una ventaja práctica además de estética: aumenta la humedad ambiental alrededor de las plantas, que es lo que suele faltar en una casa con calefacción. Colocarlas sobre una bandeja con guijarros y un dedo de agua, sin que la base del tiesto toque el agua, refuerza ese efecto.
Como acompañantes funcionan bien los helechos, que piden la misma luz indirecta y la misma humedad: Nephrolepis, culantrillos y Phlebodium, este último de un verde azulado que contrasta muy bien con las flores. Si se plantan juntas en un mismo recipiente conviene mantener cada orquídea en su propio tiesto interior, escondido entre el resto: así cada una se riega según lo que necesita, que es lo único que garantiza que todas sobrevivan.
En resumen
Una orquídea de interior pide luz abundante pero nunca sol directo, con el color de la hoja como indicador; riego por remojo, dejando que el sustrato se seque entre uno y otro y usando el color plateado de las raíces como señal; agua sin cal, que es el punto crítico en gran parte de España; sustrato de corteza que se renueva cada dos o tres años; y abonado a dosis reducida y frecuente.
Para volver a florecer, la mayoría necesita un descenso de la temperatura nocturna en otoño, algo que no ocurre en una casa con calefacción constante. Empezando por una Phalaenopsis y añadiendo después oncidios, zapatillas de Venus o dendrobios, se puede tener flor casi todo el año. Y si se agrupan varias, mejor cada una en su tiesto dentro del recipiente común, porque cada género tiene su propio ritmo de riego.