Una colección de rosales no tiene por qué ser una rosaleda. Puede ser una bordura mixta, donde los rosales arbustivos comparten espacio con vivaces de follaje gris, espigas azules, lirios y bulbos, y en la que cada planta tapa el punto flaco de la vecina. Esa fórmula funciona especialmente bien en España, y mejor que el cuadro de rosales alineados sobre suelo desnudo, que es la imagen heredada de la jardinería de otra época.
El motivo es práctico antes que estético. Un rosal arbustivo se queda con las patas peladas y, en la mitad del país, con el suelo a su alrededor recalentado y reseco en julio. Rodearlo de vivaces que cubran el suelo, den sombra a la base y aporten flor cuando el rosal descansa resuelve las dos cosas a la vez. La bordura mixta con rosas de la finca de La Vera, en Cáceres, que ilustra este artículo es un ejemplo de esa manera de plantar, sobre suelo granítico y ácido, con castaños y robles melojos alrededor.
Los rosales arbustivos son las protagonistas de estas borduras mixtas, plantadas junto a vivaces de follaje gris y espigas azules.
Por qué una bordura mixta y no una rosaleda
Una rosaleda clásica concentra rosales de un mismo tipo, normalmente híbridos de té, sobre suelo limpio. Es espectacular durante la floración y pobre el resto del año, exige un mantenimiento alto y, al haber solo una especie, cualquier problema fúngico o cualquier plaga se propaga de planta en planta sin obstáculos.
Una bordura mixta reparte el riesgo y el interés. Hay flor de marzo a noviembre porque las plantas se van relevando; el suelo queda cubierto, lo que reduce el riego y la escarda; la diversidad de plantas atrae depredadores naturales de las plagas; y el rosal, que aporta volumen, perfume y a veces frutos en otoño, deja de ser el único responsable del conjunto.
Qué rosales elegir
Para bordura interesan los rosales arbustivos, no los de porte rígido y desnudo por abajo. Ahí entran varias familias.
Las rosas antiguas aportan perfume, formas de flor cuarteadas y una silueta más natural. Las gálicas, damascenas, centifolias y albas florecen una sola vez, en primavera, y esa es una información esencial antes de comprar: dan tres o cuatro semanas de floración intensa y después son arbustos de follaje. Las bourbon y las portland, en cambio, sí repiten floración a lo largo de la temporada.
Las rosas inglesas modernas se crearon precisamente para combinar la forma de flor y el perfume de las antiguas con la refloración y la gama de color de las modernas. Suelen ser la opción más equilibrada para una bordura, aunque algunas variedades hacen tallos largos y flexibles que necesitan apoyo o poda de formación.
Las rugosas, derivadas de Rosa rugosa, tienen hoja muy arrugada y sana, floración repetida, gran resistencia al frío, a la sequía y a la salinidad, y dan escaramujos grandes y decorativos en otoño. Conviene saber que Rosa rugosa se comporta de forma invasora en zonas litorales del norte de Europa, donde coloniza dunas y desplaza a la vegetación autóctona; en clima mediterráneo seco no muestra ese vigor, pero es un dato a tener presente al plantar cerca de espacios naturales costeros.
Las floribundas y las polianthas aportan floración continua en ramilletes sobre matas compactas y funcionan bien en la primera línea. En cualquier grupo, conviene elegir variedades con buena resistencia documentada a las enfermedades del follaje.
La paleta: por qué blancos, rosas y púrpuras
Limitar la gama es lo que hace que una bordura mixta parezca compuesta y no una colección de plantas sueltas. La combinación de blancos, rosas y púrpuras, con azules y malvas de apoyo, es de las más fiables, porque todos esos tonos son fríos y se llevan bien entre sí y con el follaje gris.
Los rojos puros y los naranjas son mucho más difíciles de integrar: pesan visualmente, saltan a la vista y obligan a construir el resto de la bordura a su alrededor. Si se usan, conviene hacerlo con decisión y repetición, no dejando uno suelto en medio de una escena de tonos suaves.
El follaje gris es la pieza que une el conjunto. Stachys byzantina, con sus hojas afelpadas y plateadas, las lavandas, las santolinas y el romero funcionan como el silencio entre las notas, y además son plantas de bajo consumo de agua.
Los acompañantes que aguantan el verano
La clave está en elegir vivaces que quieran lo mismo que el rosal, o menos agua, y que compensen su forma. La flor de la rosa es redonda y densa, así que lo que mejor contrasta con ella son las espigas verticales y las inflorescencias ligeras y aéreas.
Para las espigas azules y malvas: las nepetas, que además florecen larguísimo si se recortan tras la primera oleada; las salvias arbustivas y las salvias de espiga; y Salvia yangii, la antigua Perovskia atriplicifolia, con sus tallos blanquecinos y su nube azul de final de verano. Todas son plantas de secano una vez establecidas.
Para el color fuerte y puntual: Lychnis coronaria, de follaje gris y flor magenta, que se resiembra sola con generosidad; y Erysimum 'Bowles's Mauve', que florece prácticamente todo el año y tiene la particularidad de ser una planta de vida corta, de tres o cuatro años, que conviene reponer por esqueje.
Para la ligereza: Verbena bonariensis, de tallos altos y finos rematados por corimbos violeta, que permite ver a través de ella y aligera el conjunto. Se resiembra con mucha facilidad, así que en un jardín pequeño hay que quitar parte de las plántulas cada primavera.
Y para la primavera temprana, antes de que los rosales arranquen: los lirios de rizoma (Iris germanica) en la primera línea, que además dejan un abanico de hojas verticales todo el verano, y bulbos como Lilium candidum, la azucena blanca de los jardines históricos, que se planta a poca profundidad y quiere sol y drenaje.
Cómo se estructura
Tres reglas dan resultado casi siempre. La primera, plantar en grupos impares y en manchas alargadas, no en puntos aislados: tres, cinco o siete plantas de la misma especie leídas como una sola mancha. La segunda, repetir esas manchas a lo largo de la bordura para crear ritmo. La tercera, escalonar en altura, con los rosales y las plantas altas al fondo, las de talla media en el centro y las tapizantes y de hoja gris en el borde, dejando que alguna alta y transparente, como la verbena, se cuele hacia delante.
Riego: pocas veces y a fondo
El error habitual con los rosales en España es el riego corto y frecuente, que solo moja los primeros centímetros y mantiene la raíz en superficie, justo donde el suelo se calienta y se seca. Lo eficaz es lo contrario: un riego largo y profundo por semana entre mayo y octubre, que empape el suelo en profundidad y obligue a la raíz a bajar. Un rosal establecido con raíz profunda aguanta el verano peninsular con muchísima menos agua de la que se supone.
Se riega siempre al pie y nunca por aspersión sobre el follaje, que es lo que favorece las enfermedades foliares.
Acolchado y abonado
El acolchado es lo que hace viable una bordura de bajo mantenimiento. Una capa de cinco centímetros de corteza de pino o de restos vegetales sobre el suelo reduce drásticamente la evaporación, mantiene la temperatura del suelo estable, impide germinar a la mayor parte de las malas hierbas y se va incorporando como materia orgánica. Se repone una vez al año.
En cuanto al abonado, poco y bien. Un aporte de compost o de estiércol muy hecho al final del invierno, extendido en superficie bajo el acolchado, cubre las necesidades de un rosal arbustivo en una bordura. El exceso de nitrógeno da brotes largos, blandos y llenos de pulgón, y más follaje que flor.
Poda de rosales arbustivos
No se podan como un híbrido de té. En un rosal arbustivo la poda es de aclareo y de renovación, no de acortamiento severo: se retira la madera seca, la débil y la que se cruza, se elimina cada año una parte de las ramas más viejas cortándolas desde la base para forzar brotes nuevos, y se recorta ligeramente el conjunto para mantener la silueta.
El momento en España va de enero a marzo según la zona, antes de que las yemas empiecen a moverse, más tarde cuanto más frío sea el invierno. Hay una excepción importante: los rosales de floración única, como las gálicas o las damascenas, florecen sobre madera del año anterior, así que podarlos en invierno elimina la floración. Esos se podan justo después de florecer, en verano.
Y una decisión que afecta al invierno: si se quieren escaramujos, hay que dejar de retirar las flores marchitas a partir de agosto para que cuajen los frutos.
Sin fitosanitarios
Una bordura mixta bien planteada se puede mantener sin tratamientos, y no por convicción sino porque funciona. La diversidad de plantas y la presencia de flores durante toda la temporada sostienen poblaciones de mariquitas, sírfidos y avispas parasitoides que se ocupan del pulgón, y los pájaros hacen el resto si tienen setos y árboles donde refugiarse.
El otro pilar es la elección de variedades resistentes y la disciplina de retirar y no compostar las hojas caídas con manchas negras, que son el inóculo del año siguiente. En el clima seco de buena parte de España, las enfermedades foliares del rosal dan bastante menos guerra que en clima atlántico, y se concentran en primavera y en otoño, cuando hay humedad y temperaturas suaves.
En resumen
Una colección de rosas en bordura mixta funciona mejor que una rosaleda clásica en clima español: hay flor durante más meses, el suelo queda cubierto y protegido, se riega menos y las plagas se controlan solas. Interesan los rosales arbustivos, antiguos, ingleses, rugosas, floribundas y polianthas, sabiendo de antemano cuáles reflorecen y cuáles florecen una sola vez, porque eso cambia también la época de poda.
La paleta de blancos, rosas y púrpuras con follaje gris es la más fácil de manejar, y las compañeras que mejor aguantan el verano son nepetas, salvias, lavandas, romeros, Stachys, Lychnis y Verbena bonariensis. El mantenimiento se reduce a un riego largo y semanal de mayo a octubre, un acolchado de corteza que se repone cada año, poco abono y una poda anual de aclareo.