Las clemátides tienen fama de difíciles y en realidad solo hay dos cosas que aprender. La primera es que se plantan con la cabeza al sol y los pies a la sombra, porque necesitan la base y la raíz frescas mientras la parte aérea recibe luz. La segunda es que se podan de tres maneras distintas según el grupo al que pertenezca la variedad, y podar como no toca significa quedarse un año sin flores.
Todo lo demás es una trepadora agradecida y longeva. En España conviene además elegir con criterio: las variedades de floración tardía, las de flor pequeña y las de origen mediterráneo aguantan mucho mejor nuestro verano que los grandes híbridos de flor plana de catálogo británico, que dan su mejor versión en clima atlántico y sufren en el interior peninsular.
Clemátide de flor morada en plena floración de julio. Las anteras contrastadas sobre los pétalos son un rasgo característico del género.
Las clemátides silvestres de España
Antes de mirar catálogos conviene saber que el género es también nuestro. Clematis vitalba, la que trepa por los setos y los bordes de los caminos con sus ramilletes de florecillas blancas y sus frutos plumosos que persisten todo el invierno, está presente en casi toda la mitad norte peninsular y se refugia en zonas montañosas húmedas hacia el sur.
Clematis flammula es mediterránea, resistente al calor y a la sequía, y da en verano una nube de flores blancas pequeñas con un perfume intenso. Clematis cirrhosa es perennifolia y florece en pleno invierno, con campanillas colgantes de color crema a veces moteadas de rojo por dentro, y es probablemente la clemátide mejor adaptada al clima mediterráneo que existe. Y Clematis campaniflora, de flores acampanadas violáceas, es propia del cuadrante suroccidental de la Península.
Los tres grupos de poda
Toda la jardinería de la clemátide gira alrededor de esta clasificación, que depende de si la planta florece sobre la madera del año anterior o sobre los brotes nuevos.
| Grupo | Cuándo florece | Sobre qué madera | Poda |
|---|---|---|---|
| 1 | De finales de invierno a primavera | Del año anterior | Solo limpieza, justo después de florecer |
| 2 | De finales de primavera a principios de verano, con repetición en otoño | Del año anterior | Ligera, a final de invierno, dejando dos o tres yemas fuertes por rama |
| 3 | De pleno verano a otoño | Del año en curso | Drástica, a final de invierno, a 20 o 30 cm del suelo |
Al grupo 1 pertenecen Clematis montana, con su avalancha de flores sencillas blancas o rosadas en abril; Clematis alpina y Clematis macropetala, de campanillas azules o malvas; la perennifolia Clematis armandii, de hoja coriácea y masas de flores blancas perfumadas; y Clematis cirrhosa. Como florecen sobre la madera del año pasado, podarlas en invierno equivale a cortar toda la floración. Se limpian nada más terminar de florecer, quitando madera muerta y tallos mal orientados, y si hace falta reducir tamaño, ese es el momento.
El grupo 2 son los grandes híbridos de flor plana, de diez a veinte centímetros, muchos de ellos rayados o bicolores, que abren a finales de primavera sobre los tallos del año anterior y a menudo repiten en otoño sobre los brotes nuevos. Se podan a final de invierno, cuando las yemas empiezan a engordar y se ve cuáles están vivas, dejando dos o tres yemas fuertes por rama. Cuanto más se corta, más se retrasa la floración.
El grupo 3 incluye las que florecen a partir de julio sobre brotes del año: los híbridos de tipo jackmanii, las viticella, las texensis, Clematis tangutica y Clematis flammula, entre otras. Se cortan a final de invierno dejando solo veinte o treinta centímetros de tallo, por encima de un par de yemas sanas. Parece brutal y es exactamente lo que necesitan: sin esa poda se convierten en una maraña leñosa pelada por abajo con las flores a tres metros de altura.
Si no sabes en qué grupo está la tuya
Ocurre a menudo, porque la etiqueta se pierde. La forma práctica de averiguarlo es dejarla sin podar un año entero y observar cuándo florece. Si abre antes de mayo, es del grupo 1 y se limpia después de la flor. Si abre entre mayo y junio con flores grandes, grupo 2. Si no hay flor hasta julio, grupo 3 y poda a ras el invierno siguiente.
Plantación: se entierra a propósito
Esto es lo contrario de lo que se hace con casi cualquier otra planta y conviene no saltárselo. Las clemátides, sobre todo los híbridos de flor grande, se plantan con el cepellón entre cinco y diez centímetros más hondo del nivel al que venían en la maceta, de forma que la base de los tallos quede enterrada.
El motivo es doble. Bajo tierra, esa parte del tallo forma yemas de reserva que permiten a la planta rebrotar desde abajo si pierde la parte aérea, cosa que ocurre con cierta frecuencia. Y además mantiene el arranque de los tallos fresco y protegido.
El hoyo se hace amplio, de al menos cuarenta centímetros de lado, mezclando la tierra con compost maduro. Si es junto a un muro, hay que separarse treinta o cuarenta centímetros de la base para escapar de la franja de tierra seca que hay bajo los aleros y las paredes, y dirigir la planta hacia el soporte con una caña.
Pies a la sombra, cabeza al sol
Es la regla que resume el cultivo de la clemátide, y en España es aún más importante que en el norte de Europa. La parte aérea necesita luz para florecer, pero la raíz y el pie no toleran el recalentamiento.
Se consigue de varias maneras, todas válidas: un acolchado grueso de corteza o de grava alrededor del pie, una losa plana apoyada sobre la tierra encima de la zona radicular, o plantar delante un arbusto bajo o unas vivaces que den sombra a la base. En maceta, el problema se agrava porque el tiesto se calienta al sol; ahí conviene un recipiente grande, de al menos cuarenta o cincuenta centímetros, de color claro, y colocarlo de modo que el tiesto quede a la sombra aunque la planta trepe hacia la luz.
En la mitad sur y en el interior peninsular, una orientación este, con sol de mañana y sombra desde el mediodía, da mejores resultados que el sol pleno.
Riego, sustrato y abonado
Suelo profundo, fértil y bien drenado, con abundante materia orgánica. Toleran bien la caliza, cosa que se agradece en buena parte del país, pero no toleran el encharcamiento ni la sequía prolongada. Quieren humedad constante en profundidad, que se consigue con riego abundante y espaciado más un buen acolchado, no con un riego superficial diario. Un aporte de compost a final de invierno y un abono de liberación lenta al empezar la primavera bastan; el exceso de nitrógeno da hoja y pocas flores.
El soporte importa más de lo que parece
La clemátide no trepa con zarcillos ni con ventosas: se agarra enrollando el pecíolo de sus hojas alrededor de lo que encuentra. Y un pecíolo solo puede rodear elementos finos, de menos de un centímetro y medio de grosor.
La consecuencia es directa: contra una pared lisa o un poste grueso no sube. Necesita alambre tensado, malla, celosía de listones finos, un enrejado o las ramas de otro arbusto. Esta última opción es de las más bonitas y de las más adecuadas al clima español, porque plantar una clemátide de grupo 3 para que trepe por un rosal, una lila o un arbusto de floración primaveral da flor en dos épocas distintas sobre la misma superficie y, de paso, resuelve la sombra del pie.
Cuáles funcionan mejor aquí
Con verano largo y seco, las apuestas seguras son las del grupo 3 de flor pequeña, en particular los cultivares de Clematis viticella, que son vigorosos, muy floríferos, resistentes y además se podan a ras cada invierno, lo que evita acumular problemas. La Clematis flammula, nuestra, es de una rusticidad a prueba de todo.
Para floración de invierno, Clematis cirrhosa, perennifolia y mediterránea, es difícil de superar en la costa y en zonas de invierno suave. Clematis armandii es espectacular por su follaje perenne y su perfume, pero necesita un rincón resguardado del viento y del frío intenso.
Los grandes híbridos de flor plana del grupo 2 son los más vistosos y los más delicados: en el interior peninsular hay que darles sombra a mediodía, riego regular y un buen acolchado, y aun así son los más propensos a los problemas.
La marchitez de la clemátide
Es el trastorno más desconcertante del género y afecta sobre todo a los híbridos de flor grande. Un tallo, o la planta entera, se marchita de golpe en pocos días, con las hojas colgando y ennegreciendo, sin que haya faltado el agua. Lo provoca un hongo que penetra por heridas en la base del tallo y bloquea la circulación.
Lo que hay que hacer es cortar el tallo afectado hasta la base, o hasta tejido sano por debajo de la zona dañada, y retirar el material cortado. La planta suele rebrotar desde abajo, y aquí es donde se aprecia la utilidad de haberla plantado hundida: las yemas de reserva enterradas son las que permiten esa recuperación. Las especies de flor pequeña, como las viticella y las montana, apenas lo padecen.
La savia es irritante
Las clemátides son ranunculáceas, la familia de los ranúnculos, los heléboros y las anémonas, y como muchas de ellas contienen compuestos que se liberan al romper los tejidos. La savia irrita la piel y las mucosas y puede provocar ampollas en personas sensibles, y toda la planta es tóxica por ingestión. Conviene podar con guantes, sobre todo en las podas drásticas del grupo 3, donde se manejan muchos tallos cortados, y lavarse después. Ante una ingestión, la consulta es al médico o al veterinario.
En resumen
La clemátide quiere la cabeza al sol y los pies a la sombra: acolchado grueso, una losa o plantas bajas cubriendo la base, y en maceta un tiesto grande protegido de la insolación. Se planta cinco o diez centímetros más hundida de lo que venía, y necesita un soporte fino porque trepa enrollando el pecíolo y no puede agarrarse a un poste grueso.
La poda depende del grupo: las de floración temprana solo se limpian tras florecer, los grandes híbridos de principio de verano se podan poco a final de invierno, y las de floración tardía se cortan a veinte o treinta centímetros del suelo cada invierno. Para el clima español, las del grupo 3 de flor pequeña y las especies mediterráneas como Clematis cirrhosa y Clematis flammula dan mucho mejor resultado que los grandes híbridos de catálogo. Y siempre con guantes: la savia es irritante.