Las clavelinas son los Dianthus pequeños, de mata compacta y baja, que se venden por series comerciales con nombres de fantasía en lugar de por especie. Esa es la primera cosa útil que conviene saber al comprarlas: la etiqueta casi nunca dice qué planta es, dice a qué colección pertenece, y esa colección sí informa del porte, la época de floración y el uso previsto.

La segunda es que casi todas comparten un mismo perfil de cultivo, muy alejado del de una planta de temporada corriente: sol, drenaje excelente, tolerancia a la caliza y poca agua. Son plantas de roquedo y pasto seco, con hoja estrecha y glauca adaptada a la sequedad, y lo que las mata no es el verano español sino el invierno húmedo con la mata encharcada.

Las clavelinas producen gran cantidad de flores perfumadas sobre matas compactas, y funcionan tanto en jardinera como en parterre.

Qué es una clavelina

Bajo el nombre de clavelina se agrupan varias especies y muchísimos híbridos del género Dianthus, todos ellos de porte bajo, entre quince y treinta centímetros, con follaje estrecho de un verde azulado o grisáceo y flores pequeñas, de dos a cuatro centímetros, con los pétalos característicamente dentados o desflecados en el borde. Casi todas conservan el aroma dulce del género, aunque con intensidad variable según la variedad.

Son vivaces, no plantas de temporada, y esa es una diferencia importante frente a una petunia o una vinca: bien situadas duran varios años. Lo que ocurre es que envejecen mal, ahilándose y quedándose con el centro de la mata pelado, y por eso conviene renovarlas cada tres o cuatro años.

Las especies que hay detrás de los híbridos

Dianthus plumarius es la clavelina clásica, europea, de pétalos profundamente desflecados y perfume marcado. Ha dado buena parte de los híbridos de jardín.

Dianthus gratianopolitanus forma alfombras densas de follaje muy glauco y es de las más tolerantes a la sequía y a los suelos calizos y pedregosos. Es la especie a la que se parecen las clavelinas de porte tapizante.

Dianthus deltoides es de mata suelta y flor sencilla y menuda, muy usada en rocallas y como cubresuelos ligero.

Dianthus barbatus, el clavel del poeta o minutisa, es distinto: sus flores se agrupan en corimbos planos y densos sobre tallos más altos, y se comporta como bienal, floreciendo el segundo año y muriendo después, aunque suele resembrarse sola.

Dianthus chinensis, el clavel chino, aporta a los híbridos modernos flores grandes para el tamaño de la planta, colores muy vivos y bicolores marcados, a costa de perder parte del perfume y de comportarse casi como anual.

El género también tiene numerosas especies silvestres en la Península, propias de roquedos, pastos secos y zonas de montaña, y eso da una idea bastante fiel de las condiciones que buscan sus parientes de jardín.

Qué te dice el nombre de una serie

Una serie comercial agrupa variedades obtenidas del mismo programa de mejora, seleccionadas para comportarse igual y diferir solo en el color. Cuando en la etiqueta pone el nombre de la serie seguido de un color, esa es la información práctica: todas las plantas de esa serie tendrán la misma altura, la misma época de floración y el mismo hábito, lo que permite componer jardineras con varios colores sin que unas se coman a otras.

Lo que conviene mirar en cada serie es tres datos: si está pensada para maceta o también para parterre, porque las hay de porte demasiado corto para un arriate; si es de floración temprana, ya que muchas empiezan a dar flor en marzo; y si es refloreciente, es decir, si vuelve a florecer tras la primera oleada al retirarle las flores pasadas.

Las series que se ven habitualmente

Entre las más extendidas están las de flor doble compacta, con corolas que parecen claveles en miniatura y hábito muy homogéneo, pensadas sobre todo para tiesto y balcón, con paletas que van del blanco al burdeos pasando por todos los rosas y con muchos bicolores de centro oscuro.

Hay series muy conocidas por su flor bitono de doble hilera de pétalos casi planos, de las primeras en abrir y de floración muy prolongada si se limpian las flores marchitas, que funcionan igual de bien en maceta pequeña que en parterre y resisten bien el frío invernal.

Y están las de tipo tapizante, de mata muy ramificada de unos veinte centímetros de alto por treinta de ancho, que forman un manto de flores pequeñas sobre follaje oscuro y son las más indicadas para bordes de arriate, rocallas y taludes. Algunas de estas admiten semisombra, cosa rara en el género.

Por último, los híbridos vigorosos de flor sencilla de cinco pétalos desflecados y color intenso, de mayor tamaño de mata, van mejor en jardineras grandes y en el jardín que en tiestos pequeños, y suelen tolerar mejor el calor y la sequía que las series compactas.

Dónde ponerlas

Sol directo, con seis horas como mínimo. En el sur y en el interior peninsular, en pleno verano, agradecen que el sol de la tarde esté algo filtrado, y las variedades tapizantes aguantan una semisombra clara, pero como norma general la sombra les sienta mal: se ahílan, florecen poco y se llenan de hongos.

Son plantas ideales para las situaciones difíciles de un jardín mediterráneo: bordes de camino, rocallas, muretes, taludes secos, macetas expuestas. Combinan especialmente bien con lavandas, santolinas, tomillos y gramíneas ornamentales, que piden exactamente lo mismo, y componen con ellas una jardinera de bajo riego que aguanta agosto.

Sustrato, riego y caliza

El sustrato tiene que drenar, y esa es la condición decisiva. En maceta, un sustrato universal aligerado con un tercio de arena gruesa o de perlita. En el jardín, si el suelo es arcilloso, hay que plantar en alto y aportar grava. Una capa de gravilla o de arena gruesa en la superficie, alrededor del cuello de la planta, reduce mucho las podredumbres porque mantiene seca la base de los tallos.

El pH neutro o ligeramente alcalino les va bien, así que los suelos calizos del este, el centro y el sur no son un problema sino una ventaja. No hay que corregir nada.

Riego regular pero sin excesos, dejando secar la superficie entre riegos, y siempre al pie de la planta y nunca sobre el follaje. En maceta, con calor, puede tocar a diario; en el suelo, una vez establecidas, son notablemente resistentes a la sequía. El encharcamiento invernal es lo que las mata.

La poda que las hace reflorecer

Aquí está el gesto que separa una clavelina que florece un mes de otra que florece de marzo a octubre. Durante la floración, hay que ir retirando las flores marchitas cortando el tallo hasta el par de hojas más próximo. Si se dejan, la planta forma semilla y se para.

Y cuando la primera oleada de floración se agota, en torno a junio, conviene una poda de conjunto: se recorta toda la mata a la vez, reduciéndola aproximadamente un tercio, con tijeras de setos si es grande. Queda fea diez o quince días y luego rebrota compacta y vuelve a florecer, muchas veces con más fuerza que la primera vez. Es también la manera de evitar que se abra por el centro.

En las variedades de mata alta y en los claveles de jardín, además, el pinzado de los tallos jóvenes multiplica la ramificación; el procedimiento se explica en El clavel: cultivo y cuidados.

Abonado

Poco. Son plantas de suelos pobres y el exceso de nitrógeno les da mata blanda, tallos que se tumban y poca flor. Un abono líquido para plantas de flor cada dos semanas durante la primavera y el verano en maceta, o un abono de liberación lenta al inicio de la temporada en el jardín, y nada en invierno.

Multiplicación

Las clavelinas tapizantes se multiplican solas por acodo, y aprovecharlo no cuesta nada: se elige un tallo lateral tendido, se sujeta contra el suelo con una horquilla o una piedra en un punto donde haya un nudo, se cubre ese punto con un poco de sustrato y se mantiene húmedo. En unas semanas emite raíces y se puede separar de la madre.

La división de mata funciona en las especies que forman alfombras, al principio del otoño o al final del invierno, descartando siempre la parte central envejecida y replantando solo los trozos periféricos con raíces jóvenes. Y los esquejes de brotes laterales no florecidos, tomados a final de verano, enraízan bien en arena y son la forma de conservar una variedad concreta, porque de semilla los híbridos no salen iguales.

Plagas y problemas

La araña roja en verano seco, el pulgón en los brotes tiernos, los trips deformando las flores y los minadores dibujando galerías en las hojas son las plagas habituales, ninguna especialmente grave en una mata sana y bien ventilada.

Los problemas serios vienen de los hongos, favorecidos siempre por el mismo error: exceso de agua, mala aireación o riego sobre el follaje. Una mata que se marchita de golpe con el suelo húmedo indica podredumbre de cuello o de raíz, y no tiene arreglo. La prevención es toda la solución disponible: drenaje, riego al pie, gravilla en la superficie, no plantar demasiado apretado y no repetir clavelinas en el mismo punto del arriate año tras año.

En resumen

Las clavelinas son Dianthus vivaces de porte bajo que quieren sol, drenaje excelente y poca agua, y a las que la caliza del suelo les viene bien. En jardinera y en rocalla son de lo más agradecido que hay para clima mediterráneo, y combinan de forma natural con lavandas, tomillos y gramíneas.

Para que florezcan de primavera a otoño hay que quitar las flores marchitas de forma continua y recortar toda la mata un tercio cuando se agota la primera oleada de junio. Se abonan poco, se riegan al pie y no sobre las hojas, y se renuevan cada tres o cuatro años por acodo, división o esqueje antes de que el centro de la mata se quede pelado.


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