La buganvilla es la trepadora que define el verano de la costa española, y también una de las que más se maltrata por cultivarla como si fuera una planta de jardín cualquiera. Dos cosas resumen su manejo: quiere sol pleno y quiere pasar algo de sed. Regada en abundancia, abonada con nitrógeno y plantada a media sombra crece con vigor y no da una sola bráctea de color.

El dicho popular de que cuanto más sufrida más florida es, en este caso, técnicamente cierto. Un estrés hídrico moderado y un espacio radicular ajustado favorecen la floración, mientras que el confort la manda a hacer madera y hoja. Es la clave que explica por qué una buganvilla en una maceta pequeña y descuidada de un patio florece mejor que otra plantada en tierra rica y regada a diario.

En verano las buganvillas estallan en vibrantes colores. El dicho dice cuanto más sufrida más florida, sin embargo no resiste las heladas. Abajo, árbol de buganvillas del Getty Center de Los Ángeles.

Qué es y qué se ve de ella

Bougainvillea es un género sudamericano de la familia de las nictagináceas. El nombre viene del navegante francés Louis-Antoine de Bougainville, aunque quien recolectó la planta en Brasil durante aquella expedición del siglo XVIII fue su naturalista, Philibert Commerson.

Lo que tomamos por flores no lo son. La flor verdadera es un tubito pequeño, blanco o crema, y sale de tres en tres. Lo que da el color son las brácteas, hojas modificadas de textura fina y seca, casi de papel de seda, que rodean cada trío de flores. De ahí uno de sus nombres populares, flor de papel. Como no son flores, duran mucho más: una floración puede sostener el color varias semanas.

Las variedades de jardín proceden sobre todo de tres especies y sus híbridos. Bougainvillea glabra es la de brácteas magenta o púrpura, la más común y la más resistente al frío de las tres. Bougainvillea spectabilis es más vigorosa, de hoja y tallos más peludos y espinas mayores. Bougainvillea peruviana aporta los rosas. De los cruces entre las dos últimas sale Bougainvillea x buttiana, que es de donde vienen los tonos que no existían en las especies puras: los naranjas, los rojos y los amarillos, con cultivares como 'Mrs. Butt', carmesí, o 'Golden Glow', amarillo que va virando a salmón.

Conviene saber que las buganvillas no trepan solas. No tienen zarcillos ni raicillas adherentes. Tienen espinas, que sirven para engancharse en la vegetación de su hábitat pero no para sujetarse a un muro. Hay que atarlas a un soporte, y hacerlo desde el principio conduciendo las ramas principales en la dirección deseada.

Dónde funciona en España

El límite es el frío. Una helada ligera le quema el follaje y las puntas; una helada fuerte o prolongada acaba con toda la parte aérea, y si el frío llega al cuello y a la raíz, con la planta entera.

Litoral mediterráneo, sur peninsular, Baleares y Canarias. Aquí es planta de jardín sin más. Cubre fachadas, pérgolas y medianeras, alcanza seis u ocho metros y florece de la primavera al otoño, con varias oleadas.

Zonas de heladas ocasionales y suaves. Funciona plantada contra un muro orientado al sur, que acumula calor durante el día y lo devuelve por la noche. Conviene acolchar la base en otoño con una capa gruesa de material seco para proteger el cuello. Puede perder la hoja en invierno, que es normal, y rebrotar en primavera.

Interior peninsular y norte frío. En el suelo no es viable. La fórmula que funciona es maceta grande y refugio en invierno, en un porche cerrado, una galería o un invernadero frío luminoso, con riego casi nulo mientras esté sin hojas.

En cuanto al suelo, se adapta a terrenos pobres y pedregosos, y solo pide drenaje. Los arcillosos y compactados que retienen agua le sientan mal. En suelos muy calizos y con agua de riego dura puede aparecer clorosis férrica, con la hoja amarilla y los nervios verdes.

La plantación: el momento en que se pierden más ejemplares

Este punto merece atención especial porque explica una parte enorme de los fracasos y casi nunca se advierte. Las buganvillas tienen un sistema radicular frágil y mal trabado con el cepellón. Si al sacarla de la maceta el cepellón se desmorona, la planta sufre un golpe del que muchas veces no se recupera, o tarda dos años en arrancar.

La forma correcta de plantarla es no manipular el cepellón en absoluto. Se riega bien el día anterior, se corta el contenedor con unas tijeras en lugar de tirar de la planta, se coloca el bloque entero en el hoyo sin deshacerlo, sin aflojar las raíces exteriores y sin sacudir nada, y se rellena alrededor. Es exactamente lo contrario de lo que se hace con la mayoría de arbustos.

La mejor época para plantarla es la primavera, ya pasado el riesgo de heladas, para que tenga toda la temporada cálida por delante para arraigar.

Riego y abono, o cómo conseguir que florezca

Riego. Abundante y espaciado durante el primer año, hasta el arraigo. Después, en el suelo y en clima costero, muy poco: aguanta bien la sequía estival. En maceta se riega a fondo y se deja que el sustrato se seque claramente antes de volver a hacerlo. El riego excesivo produce un síntoma inconfundible: caída de brácteas y de hojas con el sustrato húmedo.

Hay una técnica que usan los cultivadores para forzar la floración en maceta: dejar que la planta pase un poco de sed, hasta que la hoja pierda algo de turgencia, y regar entonces. Ese estrés controlado, repetido, induce brácteas en lugar de brotes.

Abono. Aquí está el otro gran error. Un fertilizante rico en nitrógeno da una buganvilla enorme, verde y sin color. Lo que necesita es un abono con más fósforo y potasio que nitrógeno, aplicado cada dos o tres semanas de marzo a septiembre en maceta, y muy poco o nada en el suelo del jardín, donde suele bastar con lo que hay.

Maceta. Prefiere ir justa. Una buganvilla en un tiesto sobredimensionado dedica años a llenarlo de raíces antes de florecer. Se cambia a un tamaño inmediatamente superior y no más, y se acepta que las raíces salgan por los agujeros de drenaje.

La poda

La buganvilla florece sobre brotes del año. De ahí se deduce todo el calendario de poda: se poda al final del invierno o a comienzos de la primavera, antes de que arranque la brotación, y se poda con decisión, porque cada corte genera brotes nuevos y cada brote nuevo puede llevar flor.

Se establece una estructura permanente de ramas principales atadas al soporte y se acortan las ramas secundarias a dos o tres yemas, igual que en una parra. Durante la temporada, después de cada oleada de floración, un recorte de las puntas florecidas estimula la siguiente.

Un aviso práctico: las espinas son duras, punzantes y están dispuestas hacia atrás, de modo que enganchan al retirar la mano. Los pinchazos se infectan con facilidad y la savia irrita la piel en personas sensibles. Guantes gruesos, manga larga y gafas si se poda por encima de la cabeza.

Con esta misma técnica de poda se conduce también en otras formas: como arbolito de copa sobre un tronco único con tutor rígido, como seto impenetrable aprovechando las espinas, o como bonsái, uso en el que se comporta muy bien por su tolerancia a la restricción radicular.

Plagas y otros problemas

La cochinilla algodonosa es su plaga más frecuente, escondida en las axilas de las hojas y en los nudos, con la melaza y la negrilla asociadas. La mosca blanca y el pulgón aparecen en los brotes tiernos de primavera, y la araña roja en los golpes de calor seco.

También son comunes las orugas que roen el borde de la hoja dejándola festoneada y recortada de forma muy característica; el daño es estético y la planta se repone.

La caída masiva de hojas suele tener tres causas posibles: frío, cambio brusco de ubicación o exceso de riego. Si ocurre en invierno y la planta está en zona con frío, es simplemente el comportamiento caducifolio que adopta fuera del trópico y no hay que hacer nada más que reducir el riego al mínimo.

En resumen

La buganvilla es planta de sol pleno, poco riego y suelo que drene, y necesita atarse porque no trepa sola. En el litoral mediterráneo, el sur, Baleares y Canarias vive en el jardín sin cuidados especiales; en zonas con heladas hay que ir a maceta grande, muro cálido y refugio invernal.

Si no florece, la causa está casi siempre en una de estas cuatro: falta de sol directo, exceso de riego, abono con demasiado nitrógeno o maceta demasiado grande. Y al plantarla, la regla que más ejemplares salva es no deshacer nunca el cepellón: se corta el contenedor y se coloca el bloque entero sin tocarlo.


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