Biofilia es el nombre que el biólogo Edward O. Wilson dio en 1984 a la idea de que los humanos tenemos una inclinación innata hacia los seres vivos y los entornos naturales. De ahí salió el diseño biofílico, que en arquitectura e interiorismo consiste en introducir en los espacios construidos elementos que evoquen esa relación: luz natural, vistas al exterior, materiales de origen natural, agua, madera y, sobre todo, plantas.
Aplicado a una casa española normal, con habitaciones de tamaño limitado y a menudo con una sola orientación buena, esto se traduce en decisiones muy concretas. La principal es que las plantas no son un adorno que se coloca al final, cuando ya están los muebles: son el elemento que ordena el espacio, y si se eligen según la luz que hay de verdad en cada habitación, duran años. Si se eligen por el aspecto que tenían en la tienda, duran una temporada.
Para que las plantas conviertan el espacio donde teletrabajas en un ambiente más placentero, saludable y bonito solo tienes que dejar que el verde del follaje y su frescor ejerzan sus múltiples funciones beneficiosas. Ilustración: Fer Algorta
Qué está demostrado y qué no
Conviene separar lo que la evidencia sostiene de lo que se repite sin más.
Lo que sí tiene respaldo es el efecto de la vegetación sobre la percepción del espacio, el confort y el estado de ánimo. El trabajo más citado en esta línea es un estudio de Roger Ulrich publicado en 1984, que comparó la recuperación de pacientes hospitalizados según tuvieran desde la cama vistas a árboles o a un muro de ladrillo, y encontró diferencias en la duración del ingreso y en el consumo de analgésicos. Otros trabajos posteriores en oficinas apuntan en la misma dirección, con efectos modestos pero consistentes sobre la sensación de bienestar y la concentración.
Lo que no está respaldado es la idea de que unas cuantas macetas purifican el aire de una casa. El origen de esa afirmación es un ensayo de la NASA de finales de los años ochenta que midió la absorción de compuestos orgánicos volátiles por parte de plantas dentro de cámaras selladas de pocos litros. Los análisis posteriores que trasladaron esos datos a una habitación real, con su ventilación normal, concluyeron que harían falta cantidades desproporcionadas de plantas por metro cuadrado para conseguir un efecto comparable al de abrir la ventana un rato. Lo mismo pasa con el oxígeno: la contribución de las plantas de interior al oxígeno de una vivienda es despreciable, y además de noche respiran igual que nosotros.
Sí hay un efecto físico medible y modesto: la humedad ambiental. Un grupo de plantas transpirando en una habitación pequeña sube la humedad relativa unos pocos puntos, lo que en un piso español en pleno invierno con calefacción no es despreciable.
Dicho de otro modo, las plantas en casa mejoran cómo se percibe y se habita un espacio, no su química. Eso ya es motivo suficiente.
Empezar por la luz, no por la planta
Este es el paso que casi todo el mundo se salta y el que decide el resultado. Antes de comprar nada, hay que evaluar la luz real de cada sitio. Un método sencillo, sin aparatos: colocarse a mediodía en el punto donde va a ir la planta y mirar hacia la ventana. Si se ve el cielo abierto en buena parte del campo visual, hay luz de sobra. Si solo se ve un trozo de cielo entre edificios, la luz es media. Si no se ve nada de cielo, la luz es baja aunque a la vista humana la habitación parezca clara, porque el ojo se adapta y engaña.
La luz cae de forma brutal con la distancia a la ventana: a dos metros puede quedar una fracción pequeña de la que hay junto al cristal. Y en España hay dos factores que se olvidan: la persiana, que si se baja a media altura por costumbre recorta la mitad de la luz útil, y el patio de luces interior, que da bastante menos claridad de la que parece.
Con eso claro, la asignación es directa.
Poca luz, habitaciones al norte o puntos alejados de la ventana: Zamioculcas zamiifolia, aspidistra (Aspidistra elatior), sansevieria (Dracaena trifasciata), potos (Epipremnum aureum), filodendro colgante (Philodendron hederaceum) y palmera de salón (Chamaedorea elegans). Son las que aguantan de verdad, no las que sobreviven un poco menos mal.
Luz media o indirecta abundante, cerca de una ventana al este o a un metro de una al sur o al oeste: monstera, ficus de hoja de violín (Ficus lyrata), ficus elástica, esparraguera, helecho nido de ave (Asplenium nidus), calateas y marantas.
Sol directo, junto a una ventana al sur: cactus y suculentas, Crassula ovata, aloes, yucas, Euphorbia arbustivas. Son las únicas que aprovechan un alféizar al sur en Madrid o Sevilla sin quemarse.
Cómo colocarlas para que se note
Aquí es donde el diseño biofílico se distingue de tener plantas sueltas por la casa.
Una grande vale más que cinco pequeñas. Un ejemplar de metro y medio en un rincón cambia la lectura de la habitación entera; cinco macetitas repartidas por las estanterías no cambian nada y multiplican por cinco el trabajo de mantenimiento.
Agrupar en lugar de repartir. Tres o cinco plantas juntas, de alturas distintas y con al menos una especie repetida, funcionan como una masa vegetal. Además comparten humedad ambiental y se riegan de una vez.
Ocupar el aire, no solo el suelo. En pisos pequeños el suelo es el recurso escaso. Los tiestos colgados, los muebles altos y las baldas liberan espacio y colocan el verde a la altura de la vista, que es donde se percibe. Potos, filodendros colgantes, cintas (Chlorophytum comosum) y Ceropegia woodii están hechos para eso.
Pensar en la línea de visión desde donde se está. Si se teletrabaja, la planta debe estar en el campo visual al levantar la vista de la pantalla, no detrás de la silla. Es un detalle tonto y es la diferencia entre que cumpla su función y que no.
Aprovechar la vista al exterior. El diseño biofílico no acaba en la maceta. Una ventana que da a un árbol de la calle, un balcón con dos jardineras que se vean desde dentro, o una cortina que se recoge del todo en lugar de dejarse a medias, aportan tanto como una planta más.
Mantenerlas vivas: los tres fallos habituales
Regar de más. Es, con diferencia, la primera causa de muerte de una planta de interior. La raíz asfixiada da los mismos síntomas que la sed (hojas mustias, amarilleo), lo que lleva a regar todavía más. La regla es comprobar el sustrato con el dedo hasta dos o tres centímetros de profundidad y regar solo cuando está seco, empapando bien y vaciando el plato a los diez minutos. En invierno, con la planta parada, el consumo cae mucho.
Macetas demasiado grandes. Un tiesto muy superior al cepellón mantiene un volumen de sustrato que nunca se seca. Se cambia a un tamaño inmediatamente superior, no a uno enorme.
El invierno con calefacción. Es el momento crítico del año en España. La humedad relativa baja mucho, las puntas y bordes de las hojas se secan y aparecen araña roja y cochinilla. Alejar las macetas de los radiadores, agrupar plantas y poner bandejas con arcilla expandida y agua bajo los tiestos son medidas que funcionan. Pulverizar apenas sirve y en plantas de hoja aterciopelada favorece los hongos.
Si hay niños o animales en casa
Merece la pena tenerlo en cuenta al elegir, porque varias de las plantas de interior más recomendadas son tóxicas por ingestión. Contienen oxalatos de calcio y otras sustancias irritantes: Dieffenbachia, filodendros, monstera, potos, Zamioculcas, espatifilo, aráceas en general, y también las adelfas o los ficus por su látex, que además irrita la piel.
Entre las opciones consideradas no tóxicas y adecuadas para una casa con niños pequeños o con gatos que mordisquean están la palmera de salón (Chamaedorea elegans), la cinta (Chlorophytum comosum), las calateas y marantas, las peperomias, la mayoría de helechos y la Hypoestes. Ante cualquier ingestión, la consulta corresponde al médico o al veterinario.
En resumen
La biofilia en casa funciona por la vía de la percepción y del confort, no por la de la depuración del aire. Comprar plantas esperando que limpien el ambiente lleva a la decepción; colocarlas pensando en cómo se ve y se habita la habitación, no.
El orden correcto de decisiones es siempre el mismo: medir la luz real de cada sitio, elegir especies que aguanten esa luz, agrupar unas pocas plantas grandes en lugar de repartir muchas pequeñas, y ajustar el riego a la estación en vez de al calendario. Con eso, y con una revisión del aire seco de la calefacción en invierno, un piso normal sostiene sin esfuerzo una vegetación que dura años.