En invierno, con las herbáceas apagadas y los árboles caducos desnudos, el jardín se queda con la estructura: las siluetas, los perennes y las cortezas. Esa última es la baza menos aprovechada. Un árbol de tronco bonito no da espectáculo dos semanas al año, como una floración, sino los cinco o seis meses en que no hay otra cosa que mirar, y en muchos casos mejora con la edad.
La corteza es tejido muerto en su capa externa, la que vemos, y su función es proteger de la desecación, del sol, del fuego, de los insectos y de los golpes. La variedad de aspectos que se ha producido evolutivamente es enorme, y en jardinería se agrupa en cuatro tipos que conviene distinguir porque cada uno pide un tratamiento distinto: estriada, lisa, escamosa y exfoliante.
Prunus serrula, Ciprés calvo (Taxodium distichum), Platanus x hispanica y Acer griseum, arriba. Eucalyptus deglupta, palo borracho (Chorisia speciosa), el viejo tronco de un tejo (Taxus baccata) y Prunus cerasifera atropurpurea, abajo.
Cortezas estriadas: el relieve y la edad
Es el tipo más común. La corteza se agrieta en surcos y crestas conforme el tronco engorda, y el dibujo se vuelve más marcado con los años. Aquí el interés no está en el color sino en la textura y en el volumen, y es sobre todo cosa de ejemplares viejos.
En España los mejores ejemplos son mediterráneos. El olivo (Olea europaea) desarrolla con las décadas un tronco acanalado, retorcido y hueco que es escultura por sí solo. El alcornoque (Quercus suber) tiene la corteza suberosa más gruesa del mundo vegetal, y tras el descorche muestra un tronco rojo intenso que va oscureciendo con los años hasta la siguiente saca. Los troncos torsionados de la glicinia (Wisteria sinensis), cuando la planta ya tiene edad, dan a un pórtico una presencia que ninguna trepadora joven consigue.
A esta categoría pertenece también el Ailanthus altissima, el ailanto o árbol del cielo, que aparece en muchos listados antiguos de árboles ornamentales. Conviene decirlo claro: es una especie incluida en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras del Real Decreto 630/2013, lo que significa que su introducción en el medio natural está prohibida, así como su posesión, transporte, comercio y cesión. No es una planta que hoy se pueda proponer para un jardín. Rebrota de raíz con enorme fuerza, coloniza taludes, cauces y solares, y erradicarlo de una parcela cuesta años.
Cortezas lisas
Superficies sin grieta, donde manda el color uniforme y a veces el brillo. El almez (Celtis australis), tan plantado en plazas del este peninsular, tiene un gris de elefante muy limpio. El álamo blanco (Populus alba) combina la corteza clara con las cicatrices romboidales oscuras de las ramas caídas.
El caso más llamativo de este grupo es Prunus serrula, un cerezo ornamental chino de flor discreta cuyo interés está enteramente en el tronco: un rojo caoba con brillo de charol, anillado por lenticelas horizontales de color crema. Se despelleja en bandas finas y transparentes que se pueden retirar a mano para dejar la superficie nueva a la vista, algo que en Reino Unido se hace de forma rutinaria en los jardines botánicos. Necesita suelo fresco y no le va el calor extremo del interior peninsular.
Cortezas escamosas: el efecto camuflaje
Se desprenden en placas que dejan al descubierto capas de distinto tono, con un resultado moteado. El ejemplo que todo el mundo tiene delante es el plátano de sombra (Platanus x hispanica), el árbol de alineación más extendido en las ciudades españolas, con su patrón de verde claro, crema y ocre. Merece un apunte: su polen es uno de los alérgenos primaverales más importantes en las ciudades del centro peninsular, algo a tener en cuenta antes de plantarlo cerca de una casa.
Para jardín mediterráneo, la mejor apuesta de este grupo es el árbol de Júpiter (Lagerstroemia indica). Es pequeño, cabe en un patio, florece en pleno verano cuando casi nada más lo hace, aguanta el calor y los suelos calizos, y en invierno queda un tronco liso y sinuoso de color canela y gris pálido, muy agradable al tacto. Es probablemente el árbol de corteza bonita con mejor relación entre resultado y exigencias en el este y el sur de España.
El mirto (Myrtus communis), arbusto autóctono, hace algo parecido a menor escala: la corteza gris vieja se desprende y descubre un tono canela cálido. Y Parrotia persica suma corteza escamosa gris y rosada, color otoñal de los buenos y floración roja en invierno sobre madera desnuda, pero pide suelo fresco y no tolera bien la sequía estival.
Cortezas exfoliantes: las más valoradas
Aquí la corteza se separa en láminas finas, en rizos o en jirones, y el efecto es de textura tridimensional. Es el grupo más buscado y también el que más tarda en dar resultado, porque casi ninguno luce hasta pasados unos años.
El referente es Acer griseum, el arce de corteza de papel, que se pela en láminas curvadas de color canela anaranjado que quedan sujetas al tronco y se encienden a contraluz. Crece despacio, no supera los ocho o diez metros y necesita suelo fresco y bien drenado, sin cal en exceso. En clima atlántico y en la montaña funciona; en Levante o el valle del Guadalquivir, no.
El madroño (Arbutus unedo) es la versión mediterránea de esta idea y además autóctona: tronco que se retuerce, corteza que se desprende en tiras finas dejando ver un tono rojizo, hoja perenne, flor en otoño y fruto naranja. Resiste sequía, calor y suelos pobres. Su pariente Arbutus andrachne y el híbrido entre ambos exageran ese pelado hasta dejar el tronco de un rojo cobrizo pulido.
Entre las coníferas caducifolias, el ciprés calvo (Taxodium distichum) y la metasecuoya (Metasequoia glyptostroboides) exfolian el tronco en jirones rojizos, con la base acanalada y ensanchada. Ambos piden suelo húmedo y espacio: son árboles para parque, no para patio.
Abedules: blanco de invierno
Ningún grupo compite con los abedules en corteza blanca. Pero en España hay que elegir bien la especie y el sitio, porque son árboles de clima fresco y húmedo que sufren mucho con el verano seco y caluroso.
- Betula pendula, el abedul común, y Betula pubescens, el abedul del norte peninsular: corteza blanca que se exfolia en láminas finas y base del tronco que oscurece con la edad. Van bien en Galicia, la cornisa cantábrica y la montaña, y lo pasan mal en el interior seco.
- Betula utilis var. jacquemontii: el blanco más puro de todos, casi de tiza, y se mantiene limpio hasta la base. Los cultivares 'Doorenbos', 'Silver Shadow' y 'Grayswood Ghost' son los habituales.
- Betula ermanii y Betula albosinensis: del blanco pasan al crema anaranjado y al rosado cobrizo, con exfoliación en capas grandes.
- Betula nigra: el más tolerante al calor y a los suelos encharcados del grupo, con corteza rosada y crema que se curva en abundantes láminas. Es el abedul más razonable para climas cálidos.
Todos comparten dos exigencias: agua regular, porque no soportan sequías largas, y espacio, porque no responden bien a la poda de reducción. Los troncos multitallo, plantando tres ejemplares juntos, multiplican el efecto en invierno.
Tallos de color: el recurso rápido
Si el objetivo es color de tronco a corto plazo y en poco espacio, la respuesta no son los árboles sino los arbustos de vara joven coloreada, que se manejan con una técnica concreta y muy eficaz: el recepado.
Los cornejos (Cornus alba 'Sibirica' rojo, Cornus sericea 'Flaviramea' amarillo verdoso, Cornus sanguinea 'Midwinter Fire' naranja) y algunos sauces (Salix alba subsp. vitellina 'Britzensis') tienen la particularidad de que solo la madera del año luce ese color: las ramas de dos o tres años se apagan a marrón.
La solución es cortar la mata casi a ras de suelo, dejando unos veinte centímetros, entre febrero y principios de marzo, antes de que broten. Rebrota con fuerza y da varas nuevas y encendidas para el invierno siguiente. Se puede hacer cada año o alternando la mitad de las ramas cada temporada. Piden suelo fresco, así que en clima seco necesitan riego.
Cómo sacarles partido
Tres decisiones marcan la diferencia entre un árbol con corteza bonita y un árbol cuya corteza se ve.
La posición respecto a la luz. El sol de invierno entra bajo y rasante. Un tronco exfoliante colocado de manera que reciba esa luz por detrás, a contraluz, gana muchísimo, porque las láminas se traslucen. Lo mismo vale para verlo desde la ventana desde la que se mira el jardín en enero, que suele ser el criterio que nadie aplica.
El fondo. Un abedul blanco delante de un seto oscuro de tejo, laurel o ciprés destaca; delante de una pared clara desaparece. Y al revés con los troncos oscuros o rojizos.
La limpieza del tronco. En zonas húmedas, los líquenes y las algas velan la corteza. En los troncos lisos y brillantes, como los de Prunus serrula, un lavado suave con agua y un paño en invierno devuelve el brillo. En los exfoliantes no hace falta nada: la propia muda los limpia.
Un apunte final sobre dos especies que aparecen en muchas listas de cortezas espectaculares y que en la Península no son realistas: el eucalipto arcoíris (Eucalyptus deglupta) es una especie tropical que no tolera el frío y solo prospera en clima sin heladas, y el palo borracho (Ceiba speciosa, antes Chorisia) queda limitado al litoral más cálido y a Canarias.
En resumen
Elegir un árbol pensando también en su tronco alarga el interés del jardín justo en los meses en que menos hay que ver. Para clima mediterráneo, con calor y suelo calizo, las opciones sólidas son el árbol de Júpiter, el madroño, el mirto, el almez y, en jardines grandes, el olivo o el alcornoque viejos. Para clima fresco y húmedo se abre el catálogo de los abedules, el Acer griseum, Prunus serrula y Parrotia persica.
Si se busca resultado inmediato, los cornejos y sauces de vara coloreada lo dan en una sola temporada, siempre que se recepen a finales de invierno para forzar madera nueva. Y de la lista de árboles ornamentales de corteza vistosa hay que descartar el ailanto: figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras y su plantación no procede.