Los ásteres son las vivaces que resuelven octubre. Cuando el arriate ya ha dado todo lo que tenía y las gramíneas empiezan a secarse en dorado, estas matas se cubren de cientos de margaritas pequeñas en toda la gama del violeta, el magenta, el rosa y el blanco, y sostienen la escena hasta las primeras heladas. No hay muchas plantas capaces de hacer eso.
Su otra virtud es más práctica: florecen cuando ya no queda casi néctar disponible, de manera que un grupo de ásteres en septiembre y octubre concentra abejas, abejorros y mariposas de forma llamativa. Es de las aportaciones más útiles que puede hacer un jardín particular al entorno, y no cuesta nada.
Aster amellus en plena floración. Se lo conoce también como aster italiano y puede vivir en suelos calcáreos, pobres o moderadamente fértiles, levemente secos y con pH alcalino. Foto: Fotolinchen
Por qué ya casi ninguno se llama Aster
Linneo bautizó el género con la palabra griega que designaba a los astros, aster, por la forma estrellada de esas flores. En realidad cada una de ellas no es una flor sino una inflorescencia en capítulo, una margarita: decenas de flores tubulares apretadas en el disco central rodeadas por otra corona de flores liguladas, los falsos pétalos. Es la firma de las asteráceas, la familia que toma su nombre precisamente de este género.
El género llegó a reunir unas seiscientas especies, y los estudios genéticos lo desmontaron. Hoy Aster se limita a alrededor de ciento ochenta especies euroasiáticas, mientras que las americanas se han repartido en otros géneros, sobre todo en Symphyotrichum. Eso significa que el áster de Nueva Inglaterra de toda la vida es hoy Symphyotrichum novae-angliae, aunque en los viveros se siga vendiendo con el nombre antiguo. No hay que darle mayor importancia: son las mismas plantas.
Sí tiene una consecuencia útil, porque la división coincide bastante con la forma de cultivarlos. Los Aster europeos son en general más tolerantes a la sequía, a la caliza y al oídio; los Symphyotrichum americanos quieren suelo fresco y fértil y son más propensos a la enfermedad.
Los que funcionan bien en clima español
Aster amellus, el áster italiano. Es el mejor candidato para un jardín del este, del centro o del sur peninsular. Procede de las montañas de Europa oriental y de Turquía, y a diferencia de casi todos sus parientes prefiere suelos calizos, pobres o de fertilidad media, algo secos y de pH alcalino, que es exactamente lo que hay en media España. Matas compactas de veinte a cincuenta centímetros, muy rústicas frente al frío, con flores violetas, púrpuras o blancas de unos cinco centímetros desde julio hasta octubre. Crece despacio y es bastante resistente al oídio. El cultivar 'King George', de flores violeta, es el más extendido.
Aster x frikartii. Híbrido de origen suizo entre el amellus y el Aster thomsonii, y probablemente el áster más agradecido que existe. Cabezuelas grandes de azul lavanda a violeta sobre matas de sesenta a noventa centímetros, con una floración larguísima que arranca a finales del verano y no para. Es muy resistente al oídio. El cultivar 'Mönch' es un clásico indiscutible de la jardinería de vivaces. Necesita suelo moderadamente fértil, bien drenado y riego regular, y en las matas altas conviene el pinzado de mayo para que no se tumbe.
Symphyotrichum novae-angliae. El áster grande, de metro y medio, con tallos robustos y flores en tonos violeta intenso, magenta y rosa fuerte que abren en septiembre y octubre. Es el que da esas masas de color densas de las fotos de jardines naturalistas. Quiere suelo profundo, fértil y fresco, y no perdona la sequía de agosto, así que en clima seco hay que regarlo. Aguanta el oídio mejor que el novi-belgii, aunque no es inmune. Tiene ficha propia.
Symphyotrichum ericoides y Symphyotrichum lateriflorum. Los de flor menuda, que forman nubes de cientos de estrellitas blancas o rosadas sobre un follaje fino. Dan un efecto vaporoso muy distinto del de los ásteres de flor grande, toleran mejor la sequía y son de los más resistentes al oídio. En un arriate de secano son la mejor opción de todo el grupo. Algunos cultivares, como 'Horizontalis', añaden un follaje broncíneo que vale por sí solo.
Symphyotrichum novi-belgii. Es el más vendido y el que más disgustos da. Tiene la gama de color más amplia y cultivares desde treinta centímetros hasta más de un metro, pero exige humedad constante y es el más castigado por el oídio de todo el grupo. En un jardín del interior peninsular, con verano seco y otoño templado, casi siempre acaba mal. Si se quiere ese aspecto, conviene ir a variedades seleccionadas por resistencia.
Aster tataricus. El más tardío de todos, capaz de florecer en noviembre, con tallos que superan el metro y medio y flores lilas. Útil justamente por la fecha, cuando ya no queda nada más.
Comparativa rápida
| Especie | Floración | Altura | Exigencias |
|---|---|---|---|
| Aster amellus | Julio-octubre | 20-50 cm | Suelo calizo, pobre y algo seco |
| Aster x frikartii | Agosto-octubre | 60-90 cm | Suelo medio, riego regular |
| Symphyotrichum novae-angliae | Septiembre-octubre | 100-150 cm | Suelo fértil y fresco |
| Symphyotrichum novi-belgii | Septiembre-octubre | 30-120 cm | Humedad constante, sensible al oídio |
| Symphyotrichum ericoides | Septiembre-octubre | 60-100 cm | Tolera sequía, muy resistente |
| Aster tataricus | Octubre-noviembre | 150-180 cm | Suelo fresco, el más tardío |
Cómo colocarlos en el arriate
Los ásteres piden compañía y masa. Un ejemplar suelto no se ve; lo que funciona son grupos de tres, cinco o siete plantas de la misma variedad, repetidos a lo largo del arriate, con las especies altas al fondo y las compactas en primera línea.
Su pareja natural son las gramíneas ornamentales, que en octubre están en su mejor momento con los tonos dorados y ocres del verano ya seco. El contraste entre esa masa de espigas y el violeta de los ásteres es la imagen misma del jardín de otoño. En clima peninsular funcionan bien Stipa tenuissima, Pennisetum, Miscanthus y Calamagrostis 'Karl Foerster'.
Entre las vivaces, combinan especialmente bien con los sedums de otoño, cuyos ramilletes carnosos rosados aportan una textura completamente distinta, con las varas ligeras de Oenothera lindheimeri (la planta que durante años se llamó Gaura lindheimeri), con los penachos amarillos del Solidago rugosa 'Fireworks' y con las espigas rosadas de la Persicaria amplexicaulis.
Los amarillos y anaranjados de Rudbeckia y Echinacea, que comparten familia y forma de flor, dan un contraste directo de color complementario. Y los follajes plateados de Stachys byzantina y de las artemisias suavizan los tonos más ácidos y funcionan como transición entre grupos.
Contra el fondo de un arbusto caducifolio que en otoño se pone rojo o dorado, un grupo de ásteres violetas es de las combinaciones más eficaces que existen, y no depende de que nada florezca al mismo tiempo.
Una cosa que conviene saber antes de plantar
Los ásteres son plantas de temporada larga que están verdes desde marzo y no dan nada hasta finales de agosto. Ocupan sitio durante cinco meses sin aportar color, así que hay que pensar quién cubre ese hueco. La solución habitual es plantarlos detrás de vivaces de floración estival o intercalados entre bulbos de primavera, de manera que la mata de áster, todavía baja, sirva de fondo verde mientras otras cosas florecen delante.
La segunda consideración es que necesitan riego en agosto, precisamente cuando el jardín mediterráneo está en pausa. Salvo el Aster amellus y los de flor menuda, no son plantas para un arriate de secano puro. Los cuidados concretos, el pinzado, la división de matas y el control del oídio están en la segunda parte.
En resumen
Los ásteres son las vivaces del otoño, capaces de sostener el color de un arriate desde septiembre hasta las heladas, y una fuente de néctar decisiva cuando ya no hay otra. La mayoría de los americanos se llaman hoy Symphyotrichum, y esa división taxonómica coincide con la práctica: los europeos, Aster amellus y Aster x frikartii, toleran la caliza, el calor y la sequía moderada, mientras que los americanos de flor grande quieren suelo fresco y fértil.
Para un jardín español del centro, el este o el sur, la apuesta segura es el Aster amellus, que prefiere justamente los suelos calizos y algo secos, junto al Aster x frikartii 'Mönch' y a los ásteres de flor menuda tipo Symphyotrichum ericoides. Se plantan en grupos repetidos, con gramíneas y sedums de otoño como compañía, y con algo delante que cubra los meses en que la mata está verde pero sin flor.