Los ásteres son vivaces poco exigentes, pero tienen dos manías que en clima español se notan mucho: quieren el suelo fresco en verano y cogen oídio con facilidad. De cómo se resuelvan esas dos cosas depende que la mata llegue a septiembre cargada de flor o hecha un desastre polvoriento y medio deshojado.

Y hay una decisión previa que pesa más que todos los cuidados juntos: la especie. Los ásteres de origen americano de flor grande, del grupo del Symphyotrichum novi-belgii, necesitan humedad constante y son los más propensos al oídio, mientras que el Aster amellus y el Aster x frikartii, europeos, toleran suelo calizo, algo de sequía y son bastante resistentes a la enfermedad. En un jardín del interior o del sur peninsular, esa elección lo cambia todo. Las especies están repasadas en la primera parte de este artículo.

Una masa de flores violetas de áster sobre las vías del High Line Park de Nueva York, en pleno otoño.

Sol y emplazamiento

Pleno sol o sombra muy ligera. A pleno sol la mata se mantiene compacta y florece a tope; en sombra los tallos se ahílan, se tumban y dan poca flor, y además la falta de ventilación multiplica el oídio. No son plantas de interior en ningún caso.

En la mitad sur y en zonas de verano muy duro hay un matiz: un emplazamiento con sombra en las horas centrales de julio y agosto, y sol el resto del día, da mejor resultado que el pleno sol absoluto, porque reduce el estrés hídrico justo en el momento en que la planta está formando los brotes que van a florecer.

Importa también plantar con espacio. Las matas apretadas no ventilan, y una mata que no ventila es una mata con oídio. Cuarenta o cincuenta centímetros entre plantas en las especies de porte medio, y más en las que pasan del metro.

Suelo

La regla común a todos los ásteres es que el suelo drene y no acumule agua. A partir de ahí hay diferencias que conviene respetar. Las especies americanas de flor grande quieren un terreno profundo, fértil y fresco, con materia orgánica. El Aster amellus, en cambio, prefiere lo contrario: suelo pobre o de fertilidad media, algo seco y de pH alcalino, lo que lo convierte en el áster natural para los suelos calizos del este y del sur.

Antes de plantar conviene trabajar bien el terreno, desmenuzando los terrones y ahuecando en profundidad, porque son plantas de raíz superficial que se instalan mal en suelo compactado. En terreno arcilloso, aportar arena gruesa y compost bien hecho, o plantar elevado.

En maceta funcionan, sobre todo las variedades compactas y las rastreras, con la condición de que el contenedor sea profundo y que se riegue con más frecuencia, porque la floración de otoño exige mucha agua justo cuando el sustrato se seca deprisa.

Riego

Es el punto crítico. Los ásteres necesitan el suelo fresco, es decir, con cierta humedad y nunca encharcado, y son especialmente sensibles a la sequía en agosto y comienzos de septiembre, que es cuando se están formando las yemas florales. Una mata que pasa sed en esas semanas florece poco, se deshoja por abajo y queda mucho más expuesta al oídio.

Se riega comprobando el sustrato, no por calendario, y con más frecuencia en verano y en el año de plantación. Dos precauciones prácticas: regar al pie y no por aspersión, porque mojar el follaje favorece las enfermedades, y regar a primera hora de la mañana en lugar de al atardecer, para que las hojas no pasen la noche húmedas.

Un acolchado de cinco centímetros sobre el suelo, de compost, corteza o restos de siega secos, ayuda mucho a mantener la frescura de la raíz durante el verano peninsular y reduce la necesidad de riego.

Abonado

Un aporte de compost o de estiércol bien descompuesto a la salida del invierno cubre las necesidades del año en la mayoría de los casos. Si se busca una floración muy abundante, un abono con más fósforo y potasio que nitrógeno aplicado a finales de la primavera es lo adecuado.

Lo que hay que evitar es el exceso de nitrógeno: produce tallos largos, blandos y que se tumban, retrasa la floración y hace la planta más apetecible para el pulgón y más sensible al oídio.

El pinzado de finales de primavera

Es la intervención que más mejora el resultado y la que menos se hace. A finales de mayo o principios de junio, cuando la mata ya ha crecido, se cortan los tallos a un tercio o a la mitad de su altura. Suena drástico y funciona: la planta ramifica desde abajo, queda mucho más compacta, no necesita tutores y produce más cabezuelas, aunque algo más pequeñas y con una floración que se retrasa una o dos semanas.

Se puede pinzar solo la mitad delantera de un grupo, con lo que se consigue un perfil escalonado y una floración más larga, porque los tallos pinzados abren después que los que se han dejado enteros. En las variedades altas, las que pasan del metro, el pinzado es prácticamente obligatorio si no se quiere acabar atando la mata a un tutor.

División de las matas

Los ásteres se agotan por el centro con los años: la mata se abre, la parte central se queda leñosa y sin brotes, y la floración decae. La solución es dividir cada tres o cuatro años, que además es la forma más rápida de multiplicarlos.

El momento es a finales del invierno o a comienzos de la primavera, cuando empieza a rebrotar, o justo después de la floración en las zonas de invierno suave. Se levanta la mata, se descarta la parte central envejecida y se replantan solo los fragmentos exteriores, los que tienen brotes vigorosos y raíces sanas, a la misma profundidad y regando bien después. También se multiplican por esqueje de brote tierno en primavera.

Oídio y roya

El oídio es el problema por excelencia del áster. Se manifiesta como un polvillo blanco harinoso en el haz de las hojas, que empieza por las bajas y sube, y en un otoño húmedo y templado puede dejar la mata desnuda justo cuando está floreciendo. La roya es menos frecuente y aparece como pústulas de color herrumbre en hojas y tallos.

Contra el oídio, la prevención vale mucho más que cualquier tratamiento, y consiste en cuatro cosas concretas:

  • Elegir variedades resistentes. Es la medida más eficaz con diferencia. El Aster x frikartii 'Mönch', el Aster amellus y los ásteres de flor menuda tipo Symphyotrichum ericoides son bastante resistentes; los novi-belgii de flor grande son los más castigados.
  • Plantar aireado y a pleno sol, sin apretar las matas y sin colocarlas contra un muro que corte la ventilación.
  • No dejar que pasen sed. Es contraintuitivo, pero el oídio ataca sobre todo a plantas estresadas por falta de agua, no a las bien regadas.
  • Regar al pie y por la mañana, nunca mojando el follaje al atardecer.

Si aun así aparece, se retiran las hojas afectadas y no se echan al compost. Solo cuando el ataque compromete a la planta merece la pena recurrir a un fungicida autorizado para jardinería doméstica, respetando las indicaciones de la etiqueta.

Caracoles y babosas

Los brotes tiernos de primavera son de sus alimentos favoritos, y una mata recién dividida puede desaparecer en un par de noches húmedas. Lo que funciona sin producto: revisar al anochecer o a primera hora tras la lluvia y recoger a mano, retirar piedras, tablas y restos donde se resguardan durante el día, y mantener la zona del pie despejada. Las trampas de cerveza enterradas a ras de suelo dan buen resultado en superficies pequeñas.

Final de temporada

Ir cortando las flores marchitas alarga la floración y evita que la planta gaste en semilla. Terminada la temporada, hay dos escuelas. La clásica corta los tallos a ras de suelo y cubre con compost. La otra deja la mata seca en pie durante el invierno, porque los tallos y las cabezuelas secas dan estructura al arriate en los meses vacíos y sirven de refugio a insectos, y se corta a finales del invierno justo antes de que rebrote.

Las dos son válidas. En zonas de invierno muy húmedo, cortar y limpiar reduce el inóculo de oídio para el año siguiente; en clima seco, dejar en pie compensa.

Los ásteres de verano

No todos florecen en otoño. El Aster alpinus, oriundo de las montañas europeas, es un áster rastrero de quince a treinta centímetros que abre entre el final de la primavera y mediados del verano. Soporta muy bien el frío, admite los suelos calizos y prefiere clima fresco y buen drenaje, de modo que es una planta de rocalla y de jardines de montaña, no de veranos tórridos.

El Aster tongolensis, del Himalaya y de China, se reconoce por el disco central anaranjado sobre lígulas azul lavanda o violeta, y florece desde mediados del verano. Ronda los cuarenta o sesenta centímetros, con cultivares más bajos, y es de los más resistentes al oídio.

En resumen

Los ásteres piden pleno sol, espacio entre matas para que ventilen y un suelo que drene pero se mantenga fresco, y su momento crítico es el final del verano, cuando forman las yemas florales: una mata que pasa sed en agosto florece mal en octubre. Riego al pie y por la mañana, acolchado sobre el suelo y ningún exceso de nitrógeno.

Dos trabajos concretos marcan la diferencia: el pinzado de finales de mayo, que deja las matas compactas y sin necesidad de tutor, y la división cada tres o cuatro años, sin la cual el centro de la planta se agota y la floración decae. Y frente al oídio, la medida realmente eficaz no es el tratamiento sino la elección de variedad, empezando por el Aster x frikartii 'Mönch' y el Aster amellus, que además son los que mejor toleran los suelos calizos y el calor español.


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