El arce japonés es de las plantas que más se compran por impulso y más se pierden en España. Y no por falta de cuidados: por geografía. Acer palmatum es una especie de bosque húmedo de suelo ácido, y buena parte del territorio español tiene exactamente lo contrario, suelos calizos, agua de riego dura, verano seco y aire con muy poca humedad relativa.
Eso no significa que no se pueda tener uno. Significa que antes de comprarlo conviene saber en cuál de los dos escenarios está uno: si el suelo del jardín es ácido y el clima húmedo, el arce japonés se planta en tierra y prospera durante décadas; si el suelo es calizo, la vía es la maceta con sustrato para acidófilas y agua de lluvia, y hay que asumir que es una planta con mantenimiento.
Los arces japoneses son una joya de la jardinería por las variaciones cromáticas de su follaje a lo largo del año.
Dónde funcionan de verdad
La zona natural del arce japonés en España es la cornisa cantábrica y el noroeste: Galicia, Asturias, Cantabria, el País Vasco y el norte de Navarra reúnen suelos ácidos o neutros, agua blanda, lluvia repartida y veranos suaves con humedad ambiental alta. Allí se plantan en tierra y crecen sin más atención que la de cualquier otro arbusto.
También funcionan en enclaves de suelo silíceo del interior, en las sierras del Sistema Central, en el norte de Extremadura o en zonas de montaña con suelo ácido, siempre que se les dé sombra en las horas centrales del verano y riego durante la sequía estival.
Donde no funcionan en tierra es en el arco mediterráneo, en el valle del Ebro, en buena parte de Castilla, en Andalucía y en el litoral levantino, por la combinación de caliza en el suelo, cal en el agua, calor seco y viento. Ahí el arce japonés es una planta de maceta.
La cal es el enemigo
El arce japonés es acidófilo y quiere un pH entre 5,5 y 6,5. En suelo calizo el hierro del terreno queda bloqueado, la planta no puede absorberlo y aparece la clorosis férrica: hojas nuevas amarillentas con los nervios todavía verdes, brotes cada vez más cortos y, con los años, secado de puntas de rama y muerte del ejemplar.
Y hay un segundo frente que se olvida: el agua. Aunque se plante en un sustrato ácido perfecto, regar durante años con agua dura del grifo va subiendo el pH del sustrato hasta anular el trabajo. En las zonas de agua muy calcárea, el arce japonés se riega con agua de lluvia recogida, o con agua descalcificada, y no queda otra. Los quelatos de hierro corrigen el síntoma temporalmente, pero no la causa.
Sol, viento y quemaduras de hoja
La segunda causa de fracaso son las quemaduras del follaje, ese aspecto de hoja con los bordes marrones y crujientes que aparece en julio. No es un hongo: es la planta perdiendo por transpiración más agua de la que la raíz puede reponer.
Lo provocan tres factores que en el interior peninsular suelen darse juntos: sol directo de tarde, aire seco y viento. Por eso la orientación importa tanto. En España la posición buena es la de sol de mañana y sombra a partir del mediodía, típicamente una fachada este, o bajo la sombra ligera de un árbol de copa alta. La orientación oeste, con el sol de las cuatro a las ocho de la tarde en agosto, es la peor de todas.
Los cultivares de hoja verde aguantan bastante más sol que los de hoja roja o variegada, y estos últimos, en clima seco, se queman con facilidad. Los de hoja muy dividida, del grupo dissectum, son los más delicados de todos porque su lámina fina se deshidrata antes.
Los tres grupos de follaje
- Palmatum. La hoja clásica, con cinco o siete lóbulos, de perfil palmeado. Son los de porte más erguido y los que alcanzan mayor tamaño, entre tres y seis metros en jardín. También los más resistentes al sol.
- Dissectum. Hoja profundamente dividida, casi de encaje, y porte llorón y extendido, casi siempre más ancho que alto. Rara vez pasan del metro y medio o los dos metros. Son los que mejor quedan en maceta y junto a un estanque, y también los más sensibles al calor seco y al viento.
- Linearilobum. Lóbulos reducidos a tiras estrechas, separados hasta la base, que dan un aspecto de bambú o de hoja de sauce. Porte estrecho y airoso. Es el grupo menos común y el que da un follaje más ligero.
Cultivares que se comportan bien
Entre las centenares de variedades disponibles, unas cuantas destacan por ser más fáciles que la media. 'Bloodgood' es el rojo oscuro de referencia, vigoroso y de los que mejor mantienen el color todo el verano. 'Osakazuki' tiene la hoja verde en temporada y probablemente el mejor rojo de otoño del género. 'Sango Kaku' aporta un valor añadido en invierno, cuando la madera joven se pone de un coral intenso que se ve desde lejos con la planta desnuda. 'Seiryu' es el único dissectum de porte erguido, útil cuando se quiere hoja de encaje sin la silueta llorona. Y entre los pequeños, 'Shaina' y 'Red Dragon' se quedan en torno al metro y medio, tamaño de maceta grande o de jardín reducido.
Un apunte sobre el color de otoño: depende del contraste térmico entre el día y la noche en octubre y noviembre. En zonas de otoño templado y sin oscilación, como el litoral suave, la misma variedad da colores mucho más apagados que en un valle de interior. No es un defecto de la planta.
En maceta
Es el cultivo mayoritario en media España, y funciona bien porque el arce japonés tiene raíz superficial y no necesita profundidad. La maceta debe ser ancha más que honda, de material que no se caliente (barro o resina antes que metal o plástico negro) y con agujeros amplios.
El sustrato: una mezcla de sustrato para plantas acidófilas con un tercio de corteza de pino de grano fino y algo de perlita o pómez. Lo que se busca es un medio ácido, aireado y que drene de inmediato, porque el arce tolera mal el sustrato encharcado.
El punto crítico del cultivo en maceta es el verano. Un tiesto al sol se calienta y el cepellón se seca en horas, y las raíces superficiales son las primeras en cocerse. Conviene colocarlo en sombra durante los meses duros, agrupar macetas para que se den sombra entre sí y acolchar la superficie del sustrato. Trasplante cada dos o tres años, a finales del invierno, recortando ligeramente las raíces exteriores.
Plantación, riego y acolchado
Se planta en otoño, de octubre a diciembre, para que enraíce antes del verano. El hoyo, ancho, y si el suelo es pesado conviene levantar el punto de plantación unos centímetros para evitar que el cuello quede en zona húmeda.
El riego debe ser regular pero sin encharcar: el arce japonés no soporta ni la sequía prolongada ni el suelo saturado. Y el acolchado es casi obligatorio, una capa de cinco a diez centímetros de corteza de pino, hojarasca o restos de poda triturados sobre el alcorque, sin tocar el tronco. Mantiene fresca la raíz superficial, reduce la evaporación y, en el caso de la corteza de pino, ayuda a acidificar poco a poco.
Abonado, poco. Un abono para acidófilas de liberación lenta a la salida del invierno es suficiente. El exceso de nitrógeno produce brotes largos y blandos que se queman en verano.
Poda y problemas
La poda es mínima. Se limita a retirar madera seca, ramas cruzadas y algún brote que rompa la silueta, y siempre respetando la forma natural del cultivar, que es lo que se ha comprado. El momento es después de la caída de la hoja o a finales de verano, nunca a final del invierno ni en primavera, porque los arces sangran savia abundantemente cuando empieza el movimiento y esa herida tarda mucho en cerrar.
De los problemas sanitarios, el más grave con diferencia es la verticilosis, un hongo de suelo que provoca el marchitamiento repentino de una rama entera con la hoja todavía puesta, y que suele acabar con la planta. No tiene tratamiento curativo, así que lo único que cabe es no plantar arces donde haya habido la enfermedad y evitar heridas en la base. Aparte de eso, cochinilla y pulgón en primavera, ambos manejables, y la clorosis y las quemaduras de sol, que no son plagas sino errores de emplazamiento.
Si tu suelo es calizo: los arces de aquí
Cuando el jardín es de terreno calizo y no se quiere pelear, la alternativa lógica son los arces autóctonos, que hacen un papel ornamental parecido y no piden nada. El Acer monspessulanum, arce de Montpellier, es un arbolito mediterráneo perfectamente adaptado a la caliza y a la sequía, con un dorado intenso en otoño. El Acer campestre es más grande y se usa incluso en seto. Y el Acer opalus subsp. granatense, propio de las montañas del sur y del este peninsular, es un árbol notable y prácticamente desconocido en jardinería. Están tratados en los arces nativos de la península.
En resumen
El arce japonés es una planta de suelo ácido y clima húmedo. En la cornisa cantábrica, en Galicia y en zonas de suelo silíceo se planta en tierra y no da problemas; en el resto de España se cultiva en maceta, con sustrato para acidófilas y riego con agua de lluvia, porque el agua dura del grifo termina provocando clorosis por más quelato de hierro que se aplique.
Las dos decisiones que más determinan el resultado son la orientación y el acolchado: sol de mañana y sombra desde el mediodía, resguardo del viento y una capa gruesa de corteza sobre la raíz superficial. Con eso se evitan las quemaduras de hoja de julio, que es lo que estropea la mayoría de los ejemplares. Y si el suelo del jardín es calizo, los arces autóctonos hacen el mismo papel ornamental sin pelearse con el terreno.