La imagen del árbol que se traga el templo de Ta Prohm, en Angkor, es la versión espectacular de algo que ocurre todos los días a escala doméstica: en un muro de un patio de Córdoba, bajo la acera de una calle de Valencia o en la arqueta de un chalet. La diferencia es de tamaño y de siglos, no de mecanismo.

Y ese mecanismo casi nunca es el que la gente imagina. Una raíz no perfora la piedra ni revienta un tubo sano: se cuela por una junta, por una grieta que ya estaba, por el hueco de un mortero degradado, y una vez dentro engorda. Es el engorde, el crecimiento en grosor año tras año, el que abre la fábrica. Entender eso cambia por completo lo que hay que vigilar en un jardín.

Árbol y templo fundidos en la imagen más icónica de Ta Prohm, el complejo jemer construido en el siglo XII y abandonado en el XV. A lo largo de cinco siglos, la selva fue colonizando su estructura. Foto: Elita Acosta

El árbol de Ta Prohm

El gigante de corteza pálida que se derrama sobre los muros de arenisca del templo es un Tetrameles nudiflora, al que en Camboya llaman spung. Es un árbol caducifolio del Sudeste Asiático que puede pasar de los treinta metros, con un tronco limpio y recto y unos contrafuertes en la base, esas aletas planas que salen del pie, con las que se estabiliza en suelos poco profundos. Un techo de templo es exactamente eso: un suelo poco profundo.

Ta Prohm se levantó a finales del siglo XII y quedó abandonado en el XV. Durante los cinco siglos siguientes la selva hizo su trabajo. Lo que resulta llamativo es que hoy los árboles se conservan deliberadamente: cuando se decidió mantener el conjunto en el estado en que fue encontrado, se asumió que retirarlos habría derrumbado buena parte de la estructura, porque el árbol ya no es un agente externo sino parte del muro. Sostiene tanto como empuja.

El otro protagonista del lugar es distinto y merece capítulo aparte, porque es el modelo de casi todos los árboles que rompen construcciones en cualquier parte del mundo: la higuera.

Los estranguladores

Varias especies del género Ficus tienen una estrategia de vida que empieza en el aire. Un pájaro deja una semilla en una horquilla de otro árbol, o en la junta de un muro, y allí germina como epífita, sin tocar el suelo. Desde esa posición la planta lanza raíces hacia abajo que, al llegar a tierra, engordan y se sueldan entre sí formando una malla que va envolviendo el soporte. Si el soporte es otro árbol, acaba muriendo dentro de esa jaula, y de ahí el nombre de higuera estranguladora. Si el soporte es un muro, ocurre lo mismo pero al muro.

Esa capacidad de germinar en una grieta, sin sustrato apreciable, es lo que convierte a los Ficus en los mayores demoledores de fábrica del planeta, y lo que explica que la higuera común (Ficus carica) sea la planta que uno encuentra saliendo de los muros de casi cualquier pueblo español. Una semilla depositada por un pájaro en una junta con algo de humedad basta para tener, diez años después, un tronco que ha abierto el paramento.

Lo mismo, a escala española

No hace falta ir a Camboya. En las ciudades del litoral mediterráneo y del sur, los grandes Ficus macrophylla plantados hace más de un siglo en plazas de Valencia, Cádiz o Málaga levantan aceras y bordillos en varios metros a la redonda: son ejemplares de porte enorme con raíces superficiales potentísimas, magníficos como patrimonio urbano e imposibles en un jardín particular.

En los muros de piedra o de tapial de medio país crecen higueras, saúcos y ailantos nacidos de semilla en las juntas. Y en el subsuelo, los chopos, los álamos y los sauces plantados cerca de una vivienda son los responsables habituales de las obstrucciones de saneamiento, porque son especies de ribera, adaptadas a buscar agua, y una tubería con una junta que rezuma es para ellas exactamente lo que un arroyo.

Cómo entra una raíz donde no debe

Conviene tener claro el orden de los hechos, porque determina la solución.

  • La raíz no rompe lo que está sano. Una tubería de PVC bien ejecutada y sin fugas no es atacada. Lo que atrae a la raíz es la humedad que escapa por una junta defectuosa o por una fisura previa; el agua y el aire de esa zona son mejores que los del suelo circundante y allí es donde prolifera.
  • El daño lo hace el engorde. Una raicilla del grosor de un hilo pasa por una grieta de un milímetro. Diez años después esa misma raíz tiene el grosor de un brazo, y la presión que ejerce al engrosar es capaz de desplazar sillares. Es lento, constante e imparable.
  • Casi todo ocurre arriba. Contra la imagen del árbol con una raíz principal que baja en vertical, la mayor parte del sistema radicular de un árbol adulto se concentra en el primer metro de suelo, y se extiende horizontalmente bastante más allá de la proyección de la copa, a menudo el doble o el triple de su radio. Es en ese plano superficial donde están las aceras, las soleras y las conducciones.

A qué distancia plantar

No hay una tabla universal, porque depende del tamaño adulto de la especie, del tipo de suelo y de cómo esté construido lo que se quiere proteger. Como orientación práctica sirve pensar en el porte final del árbol, no en el que tiene en el vivero.

Porte adultoDistancia mínima a muros, soleras y conducciones
Arbolito de menos de 6 m3 m
Árbol medio, de 6 a 12 m6 a 8 m
Árbol grande, más de 12 m10 m o más

Las especies especialmente conflictivas cerca de una vivienda son los chopos y álamos (Populus), los sauces (Salix), las higueras y demás Ficus, el ailanto, la falsa acacia, las moreras, los plátanos de sombra y los olmos. En un jardín pequeño la solución no es alejarlos sino cambiarlos: un Cercis siliquastrum, un Lagerstroemia indica, un Arbutus unedo o un almendro dan flor, sombra y carácter sin poner en riesgo nada.

En suelos arcillosos el problema es otro

Hay una segunda vía de daño que no tiene que ver con la presión de las raíces sino con el agua, y que en España afecta a zonas con arcillas expansivas, frecuentes en el valle del Guadalquivir, en parte de Madrid y en varios puntos del interior. Estos suelos se hinchan cuando se humedecen y se retraen cuando se secan.

Un árbol grande plantado cerca de una casa extrae en verano una cantidad de agua considerable del suelo bajo la cimentación, lo que provoca retracción del terreno y asientos diferenciales que se manifiestan como grietas en los tabiques y en la fachada. Aquí no hay ninguna raíz tocando el muro: el mecanismo es puramente hídrico, y afecta sobre todo a construcciones antiguas con cimentación superficial. Por eso, en terreno arcilloso, las distancias del cuadro anterior se quedan cortas y conviene ser más generoso todavía.

Qué se puede hacer

Lo más eficaz es elegir bien y plantar lejos, porque todo lo demás son parches. Aun así hay medidas que funcionan razonablemente.

Las barreras antirraíces son láminas rígidas y nervadas que se entierran verticalmente entre el árbol y lo que se quiere proteger, de sesenta a cien centímetros de profundidad. No detienen la raíz, la desvían hacia abajo, y solo sirven si se instalan en el momento de plantar y en toda la longitud del frente que se protege. Colocar un trozo corto es inútil: la raíz lo rodea.

Un alcorque amplio y una zona de suelo permeable alrededor del pie hacen mucho, porque dan a la raíz un sitio cómodo donde estar y reducen la necesidad de buscar en otra parte. Los alcorques diminutos de las calles son la causa de que las raíces vayan a levantar el pavimento contiguo.

Cuando ya hay un pie creciendo en un muro, lo importante es actuar mientras es pequeño y sacar la raíz entera. Cortar por la base no mata a una higuera ni a un ailanto: rebrotan con más fuerza y con varios tallos. En muros de valor histórico, o cuando el ejemplar ya tiene un tronco apreciable, la retirada puede desestabilizar la fábrica y conviene que lo valore alguien que sepa de estructuras, no de jardinería.

En resumen

Ta Prohm es un caso extremo de algo cotidiano: las raíces no rompen la piedra sana, se instalan en una grieta o en una junta que ya existía y la abren al engordar, año tras año. Las especies que dan problemas son las de raíz superficial y potente y las adaptadas a buscar agua, chopos, sauces, higueras y demás Ficus, ailanto, falsa acacia, moreras, plátanos y olmos, y el riesgo se concentra en el primer metro de suelo, donde están las aceras, las soleras y las conducciones.

La medida que de verdad evita el problema es la distancia, calculada sobre el tamaño adulto del árbol y no sobre el que tiene al plantarlo, con márgenes todavía mayores en suelos arcillosos, donde el daño llega por la retracción del terreno y no por contacto. Las barreras antirraíces y los alcorques amplios ayudan si se piensan al plantar, y una plántula asomando en una junta se resuelve en cinco minutos el primer año y en una obra diez años después.


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