El amarilis que se vende en noviembre y diciembre es un bulbo forzado: ha pasado por un tratamiento controlado de frío y calor en el vivero para que emita la vara floral en pleno invierno, fuera de su ciclo natural. Desde que se planta hasta que abre la primera flor suelen pasar entre seis y ocho semanas, y de ahí que quien lo quiera florido en Nochebuena tenga que plantarlo a principios de noviembre. Los bulbos que se venden ya brotados en tiesto acortan mucho esa espera.
Lo que caracteriza a esta planta es la desproporción. De un bulbo del tamaño de un puño sale una vara hueca de medio metro rematada en dos, tres o cuatro flores de hasta veinte centímetros, y todo eso ocurre antes de que aparezca una sola hoja. La planta está gastando reservas acumuladas, no fabricando alimento, y entender eso resuelve casi todas las dudas de cultivo que vienen después.
Un minijardín de amarilis contra una ventana que les proporciona mucha luz. El tamaño de los tiestos de estos bulbos facilita sus posibilidades decorativas.
Amarilis no es Amaryllis
Aquí hay una confusión de nombres que conviene tener clara. Lo que en España se vende como amarilis pertenece al género Hippeastrum, un grupo de bulbosas americanas repartidas entre México, el Caribe, Brasil y Argentina. El género Amaryllis propiamente dicho es otra cosa: sudafricano, con una única especie de jardín, Amaryllis belladonna, que florece a finales del verano sobre tallos sin hojas y que en España se cultiva al aire libre.
Ambos son amarilidáceas, la familia de los narcisos, los agapantos y los allium, pero no se cultivan igual ni florecen en la misma época. Si alguien busca información y da con la de Amaryllis belladonna creyendo que habla de su bulbo de interior, no le va a cuadrar nada.
Elegir un bulbo que funcione
Con los amarilis se cumple una regla poco frecuente en jardinería: cuanto mayor es el bulbo, más varas florales dará. Un bulbo grande puede sacar dos varas, e incluso tres si es muy grande, mientras que uno pequeño se conformará con una. El calibre se mide en centímetros de circunferencia y suele figurar en la etiqueta.
Al margen del tamaño, hay que mirar que el bulbo esté firme al apretarlo, sin zonas blandas ni manchas de moho, con las túnicas exteriores secas pero enteras y con raíces vivas en la base. Si ya asoma la yema floral por arriba, mejor: significa que el forzado ha funcionado. Un bulbo ligero para su tamaño está deshidratado y probablemente no dé nada.
Tiesto, sustrato y profundidad
El error más común es plantarlo en un tiesto grande. El amarilis quiere estrechez: un contenedor que deje apenas dos o tres centímetros de holgura alrededor del bulbo. En una maceta amplia la planta dedica energía a producir raíces y hojas y retrasa la floración. Sí importa que el tiesto sea hondo, porque las raíces son largas y carnosas, y que sea pesado o de barro, porque una vara de medio centímetro con cuatro flores en lo alto tiene un vuelco fácil.
El sustrato debe drenar bien. Sirve un sustrato universal de calidad al que se añade un tercio de arena gruesa, perlita o pómez. Y la profundidad es clave: el bulbo se entierra solo hasta la mitad o dos tercios, dejando el hombro y el cuello por encima del sustrato. Enterrarlo entero es la vía rápida a que se pudra el cuello.
Temperatura, luz y riego
Al plantar se riega una vez, en abundancia, y después se espera. Hasta que la vara no empieza a alargarse hay que regar muy poco, porque el bulbo todavía no tiene raíces activas que absorban esa agua y el exceso lo pudre. A medida que la vara crece se va aumentando la dosis, siempre dejando que la capa superior del sustrato se seque entre riegos y sin que quede agua estancada en el plato.
La temperatura decide dos cosas distintas. Para que arranque, el bulbo agradece calor, en torno a 20 o 22 grados, que es lo que suele haber en una casa con calefacción. Una vez abiertas las flores ocurre lo contrario: cuanto más fresco esté, más duran. Un salón a 15 o 18 grados puede alargar la floración hasta tres semanas, mientras que junto a un radiador se pasa en pocos días.
Luz, mucha y sin sol directo abrasador. Y girar el tiesto un cuarto de vuelta cada dos o tres días, porque la vara se inclina hacia la ventana con una decisión notable y acaba torcida. Si aun así cabecea, un tutor fino y discreto resuelve el problema.
Mientras está en flor no hace falta abonar. El bulbo lleva dentro todo lo que necesita para esa floración; el abono empieza a tener sentido después, cuando la planta tenga hojas con las que reponer reservas.
Cuando se marchitan las flores
Aquí se decide si el bulbo será de un solo uso o durará años. En cuanto una flor se pasa, se corta. Cuando toda la vara ha terminado, se corta también a unos centímetros de la base del bulbo, sin apurar y sin tirar de ella, porque arrancarla puede desgarrar tejido y abrir la puerta a la pudrición.
Lo que no se corta bajo ningún concepto son las hojas. Las hojas largas y acintadas que salen después de la flor son la fábrica que va a rellenar el bulbo para el año siguiente. Durante esos meses el amarilis pasa a ser una planta verde normal: riego regular, mucha luz y un abono líquido equilibrado cada diez o quince días. En primavera se puede sacar el tiesto al balcón o al jardín, en semisombra, donde se desarrollará mucho mejor que dentro de casa.
Hacerlo florecer un segundo año
Hacia finales del verano se le da el reposo. Se deja de regar, se deja que las hojas amarilleen y se sequen del todo, se retiran, y el tiesto se guarda en un sitio fresco y oscuro, en torno a los diez o quince grados, durante unos dos meses. Un trastero, un garaje o una habitación no calefactada valen.
Pasado ese periodo se saca, se renueva la capa superior del sustrato, se vuelve a la luz y se empieza a regar poco a poco. En dos o tres semanas debería asomar la yema. Contando hacia atrás desde la fecha en que se quiera la flor, el reposo empieza a finales de agosto y el despertar hacia mediados de octubre.
El trasplante completo se hace cada dos o tres años, en el momento de despertarlo, sacando el bulbo, retirando raíces secas y separando los hijuelos que hayan salido al lado, que se plantan aparte y tardarán dos o tres años en florecer por su cuenta. Un aviso realista: el segundo año la floración suele ser más modesta que la del bulbo forzado comprado, porque el forzado industrial arranca de bulbos engordados durante años en campo.
Al aire libre en el litoral
En la costa mediterránea, en el sur peninsular y en Canarias, donde no hiela o hiela muy poco, los Hippeastrum se pueden plantar directamente en tierra, en un sitio soleado o de sombra ligera y con buen drenaje. Ahí abandonan el calendario forzado y vuelven al suyo, floreciendo en primavera, y forman con los años matas que se multiplican solas. Es un cultivo mucho menos exigente que el de interior. En el interior peninsular, con heladas fuertes, esto no funciona y hay que mantenerlos en maceta.
Cuidado con los bulbos si hay niños o animales
Los Hippeastrum, como las demás amarilidáceas, son tóxicos por ingestión. La concentración mayor está en el bulbo, que es además la parte más accesible cuando queda medio asomando en el tiesto y la que más tienta a un perro o a un gato aburrido. Hojas y tallos también contienen los mismos compuestos. La savia, además, puede irritar la piel en personas sensibles al manipular los bulbos, de ahí que convenga lavarse las manos después de plantarlos. Si hay sospecha de que alguien ha mordido o ingerido cualquier parte de la planta, la consulta corresponde al médico o al veterinario.
En resumen
El amarilis de invierno es un bulbo forzado que florece entre seis y ocho semanas después de plantarlo, en un tiesto estrecho y hondo, enterrado solo hasta la mitad y regado con mucha moderación hasta que arranca la vara. Calor para que salga, fresco para que la flor dure, mucha luz y giros regulares del tiesto para que no se tuerza.
Que vuelva a florecer al año siguiente depende de lo que se haga después de la flor: cortar la vara pero conservar las hojas, regar y abonar durante toda la primavera y el verano, y darle luego un reposo seco y fresco de un par de meses antes de despertarlo en octubre. Y conviene recordar que el bulbo es tóxico por ingestión, algo a tener en cuenta cuando el tiesto está al alcance de un niño o de un animal.