Los allium ornamentales son bulbos de otoño que florecen entre mayo y julio, según la especie, y que se plantan una vez para quedarse: no hay que desenterrarlos cada año, aguantan bien el frío y se dan sin problemas en los suelos calizos y pedregosos que abundan en buena parte de España. Su virtud en el jardín no es la de una mancha de color, sino la de un signo de puntuación: esferas florales sostenidas sobre tallos limpios que se leen de lejos y ordenan la vista.

El problema de los allium no es cultivarlos, que es fácil, sino colocarlos. Las hojas de la mayoría se marchitan justo cuando abre la flor, así que un allium plantado solo deja un tallo desnudo saliendo de un montón de hojas amarillas. La respuesta es siempre la misma: se plantan dentro de otra cosa, entre vivaces o entre gramíneas que tapen esa base fea y dejen ver únicamente la esfera.

Jardín de grava en junio, con los Allium 'Purple Sensation' como grandes protagonistas, entre gramíneas y Verbascum en flor.

Qué es un allium ornamental

El género Allium reúne varios centenares de especies de bulbosas repartidas por todo el hemisferio norte, y a él pertenecen la cebolla, el ajo, el puerro y el cebollino. Botánicamente se encuadra hoy en las amarilidáceas, la misma familia de los narcisos y los amarilis, y no en las liliáceas donde se le situaba antes.

La parte ornamental del género es amplia y en España está bien representada de forma silvestre. El Allium sphaerocephalon, con sus cabezuelas ovaladas que pasan del verde al granate, crece de forma espontánea en secanos y bordes de camino de media península. El Allium moly, de flores amarillas, es propio del nordeste ibérico y de los Pirineos. El Allium roseum y el Allium neapolitanum, de flores rosadas y blancas, son plantas de campo mediterráneo que cualquiera reconoce sin saber su nombre. Que sean de aquí importa, porque significa que no hay que forzarles nada.

Tres formas de flor, tres usos distintos

No todos los allium hacen la misma figura, y conviene distinguirlas porque cada una sirve para algo diferente.

  • La esfera compacta. Es la silueta que todo el mundo tiene en la cabeza: decenas de florecillas estrelladas apretadas en una bola sobre un tallo recto. El Allium hollandicum y sus cultivares, el Allium christophii (esfera enorme y translúcida) o el Allium giganteum pertenecen a este grupo. Funcionan como acento y como elemento de repetición.
  • La umbela colgante. El Allium siculum y el Allium cernuum no forman bola sino un ramo de campanillas que cabecean hacia el suelo. El efecto es mucho más suelto y encaja mejor en plantaciones informales. En el siculum, además, las cápsulas de semilla se yerguen hacia arriba una vez polinizada la flor, lo que cambia por completo el aspecto de la planta a mitad de temporada.
  • La cabezuela pequeña. El Allium sphaerocephalon y el Allium moly tienen flores discretas y tallos finos. No son puntos focales: son textura. Repartidos en gran número dentro de una masa de hierba ornamental dan la impresión de que es la propia hierba la que florece.

Cómo colocarlos para que funcionen

La regla práctica es sencilla: un allium suelto no se ve y veinte allium en corro se convierten en un bodrio. Lo que funciona es la repetición dispersa, un grupo aquí, tres tallos allá, la misma variedad reapareciendo a lo largo de un arriate de varios metros. Ese eco es lo que da ritmo a una plantación y lo que hace que se lea como una escena y no como una colección.

Los compañeros que mejor resuelven el problema del follaje marchito son las gramíneas ornamentales de mata baja, que en el momento de la floración del allium ya están en pleno crecimiento. En clima peninsular funcionan bien Stipa tenuissima, Sesleria autumnalis y los Pennisetum, y en jardines de suelo más fresco la Deschampsia cespitosa. También sirven las vivaces de mata densa: Nepeta, Geranium de porte extendido o Alchemilla mollis en las zonas donde el verano no la castiga.

El otro uso evidente es el de contraste de forma. En jardinería mediterránea abundan las plantas almohadilladas, esas bolas apretadas de lavanda, santolina, Teucrium o festuca que dan una silueta continua y algo monótona. Una esfera de allium flotando por encima rompe esa línea sin introducir un color nuevo. Y al revés: junto a plantas de espiga vertical, como Salvia nemorosa, Digitalis o Verbascum, el allium no contrasta sino que refuerza, porque repite la misma verticalidad con otra cabeza.

Conviene además pensar en lo que queda después. La cabeza seca del allium aguanta en pie meses, pardo claro y estructural, y es uno de los pocos elementos que dan interés a un arriate en agosto y septiembre. Si se cortan las flores marchitas por prolijidad, se pierde esa segunda mitad de la temporada.

Suelo, sol y agua

Los allium quieren pleno sol y drenaje, y con eso está casi todo dicho. Toleran bien los suelos calizos y pobres del este y el sur peninsular, y de hecho prefieren ese terreno duro a una tierra rica y húmeda. Lo único que no perdonan es el encharcamiento: un bulbo en suelo pesado que retiene agua en invierno se pudre. En terreno arcilloso hay dos salidas, plantarlos en un caballón o montículo, o cultivarlos en maceta con sustrato bien drenante, cosa que admiten sin dificultad porque su raíz es corta.

Riego, el justo. Desde la brotación hasta la floración conviene que el suelo no se seque del todo. En cuanto las hojas empiezan a amarillear se corta el riego por completo: el bulbo entra en reposo estival y el agua de verano es lo que más lo mata. Esto encaja de forma natural con un jardín mediterráneo, donde julio y agosto son meses secos de todas formas.

Abonado, poco o ninguno. Si el suelo es muy pobre, un aporte a la salida del invierno con un fertilizante bajo en nitrógeno basta. El exceso de nitrógeno produce hoja abundante y flor floja.

Cuándo y cómo plantar los bulbos

La época buena es el otoño, entre octubre y diciembre. El bulbo necesita enraizar antes del invierno y pasar frío para florecer bien. Se puede plantar más tarde, en enero, y en las zonas frías del interior todavía dará resultado, pero cuanto más se retrasa más se nota en el tamaño de la flor. Un bulbo plantado en febrero suele salir adelante, aunque con una floración corta y baja; no es lo mismo.

La profundidad orientativa es de dos a tres veces la altura del bulbo, con la punta hacia arriba. En suelos ligeros conviene ir a lo profundo de ese rango, porque el bulbo queda mejor anclado y el tallo no cabecea. Distancia entre bulbos, unos tres o cuatro dedos para las especies pequeñas y un palmo para las de esfera grande.

En maceta funcionan bien, con la condición de usar un contenedor hondo, con agujeros amplios, y un sustrato con arena gruesa o pómez. El mismo tiesto puede llevar dos pisos de bulbos a distinta profundidad si se quiere escalonar la floración.

Después de la floración

Lo importante es no cortar las hojas aunque estén feas. Mientras se marchitan están devolviendo reservas al bulbo, y ese es el capital con el que florecerá el año siguiente. Se retiran cuando se sueltan solas.

Los allium no se desentierran en verano como se hacía con los tulipanes de jardín clásico. Se quedan donde están, y muchos se naturalizan: se multiplican por bulbillos y, en las especies que cuajan semilla como el Allium cernuum o el Allium sphaerocephalon, aparecen plántulas nuevas alrededor. Al cabo de tres o cuatro años, si una mata florece menos, se levanta pasada la floración, se separan los bulbos y se replantan más espaciados.

Cuidado si hay perros o gatos

Conviene saberlo porque no es evidente en una planta de jardín: las plantas del género Allium son tóxicas para perros y gatos, y eso incluye tanto la cebolla y el ajo de cocina como los allium ornamentales. La parte más concentrada es el bulbo, pero hojas y tallos también lo son, tanto frescos como secos. Si se cultivan en un jardín donde un perro escarba, o en macetas al alcance de un gato, merece la pena tenerlo en cuenta al elegir el sitio. Ante cualquier sospecha de ingestión, la consulta es al veterinario.

En resumen

Los allium ornamentales son de los bulbos más agradecidos que se pueden plantar en España: quieren sol, drenaje y poco más, aguantan la cal y la sequía estival, se plantan una sola vez y se naturalizan. Su valor en el jardín no está en la cantidad de flor sino en la forma, esa esfera limpia sobre un tallo desnudo que sirve igual para dar ritmo a un arriate largo que para romper la monotonía de un macizo de plantas almohadilladas.

La única precaución de diseño real es acompañarlos, porque su follaje se marchita en plena floración y necesitan algo delante que lo tape, normalmente gramíneas o vivaces de mata baja. Y las dos reglas de cultivo que no admiten excepción son plantar en otoño, entre octubre y diciembre, y dejar que las hojas se sequen solas sin cortarlas. Con eso, la mata vuelve todos los años.


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