En clima mediterráneo, una pradera de césped es la parte del jardín que más agua consume y más trabajo da. La alternativa no es renunciar al verde: es cambiar de planta. Hay vivaces tapizantes que forman una alfombra de pocos centímetros, dan flor, resisten la sequía una vez establecidas y necesitan una fracción del riego, del abono y de la siega.
Antes de decidir, una advertencia honesta: ninguna de ellas sustituye a un césped en una zona de juego intensivo. Aguantan el paso normal de un jardín doméstico, un camino, unas sillas y el ir y venir de la casa a la puerta, no un partido de fútbol todas las tardes. Si eso es lo que hace falta, la solución es reducir la pradera a la superficie estrictamente necesaria y resolver el resto con tapizantes.
Falkia repens (1), Frankenia laevis (2), Matricaria tchihatchewii (3), Phyla nodiflora o Lippia nodiflora (4), Dymondia margaretae (5) y Thymus praecox 'Pseudolanuginosus' (6).
Tres preguntas antes de elegir
- ¿Cuánto se va a pisar? No es lo mismo una superficie de paso continuo que un tapiz ornamental entre parterres o las juntas de un enlosado.
- ¿Sol o sombra? Casi todas las tapizantes de secano exigen pleno sol. Para la sombra, que es donde el césped nunca funciona bien, el repertorio es distinto y más limitado.
- ¿Qué suelo y qué agua hay? En el litoral, con suelos salinos y aerosol marino, solo unas cuantas especies prosperan. En suelo calizo, que es lo habitual en el este y el sur, conviene comprobar la tolerancia de cada una.
Para sol y paso frecuente
Phyla nodiflora (citada también como Lippia nodiflora) es la más resistente al pisoteo de todas. Forma un tapiz verde fresco de unos pocos centímetros, tanto más bajo cuanto más sol recibe, cubierto en primavera y verano de florecillas rosadas muy visitadas por las abejas. Se extiende rápido por estolones, tolera la caliza y el aire marino y funciona muy bien en las juntas del pavimento. Con el frío pierde la hoja y recupera en primavera, así que en invierno se ve parda en el interior peninsular.
Tomillos rastreros. El Thymus praecox y sus cultivares son los que mejor toleran el pisoteo del género, en especial 'Pseudolanuginosus', de hojas minúsculas cubiertas de pelos blancos que le dan aspecto lanoso. Forman un tapiz aromático de uno o dos centímetros, con flores rosadas en mayo y junio, blancas en 'Albiflorus' y rojizas en 'Red Carpet'. Piden pleno sol, suelo con drenaje impecable y agua solo durante la implantación. Son perennes y no se agostan en invierno.
Para sol y paso ocasional
Frankenia laevis, el brezo de mar, es una planta de saladares y costas atlánticas y mediterráneas. Enraíza con sus tallos rastreros y forma un manto denso, verde oscuro, que se tiñe de tonos cobrizos y violáceos con el frío, con pequeñas flores rosadas en primavera. Es la mejor opción en jardines junto al mar: tolera la salinidad del suelo y la salpicadura marina, y no necesita siega.
Dymondia margaretae, sudafricana, forma un tapiz muy plano de hojas estrechas, coriáceas, verdes por el haz y grises por el envés, salpicado de pequeñas margaritas amarillas de primavera a verano. Aguanta la sequía mejor que casi ninguna otra tapizante y acepta suelos calizos e incluso algo salinos, pero necesita drenaje y cierta profundidad de suelo. Es lenta en cubrir y admite solo un pisoteo moderado: perfecta para superficies pequeñas y para las juntas entre losas.
Matricaria tchihatchewii, de Asia Menor, es la más exuberante en floración: se convierte en una alfombra de margaritas blancas en primavera y de nuevo en verano. Crece rápido, resiste bien el frío y, a cambio, es la que más agua pide de esta lista y prefiere suelo suelto con materia orgánica. Se siega tras la floración y solo debe pisarse cuando no está en flor.
Falkia repens, también sudafricana y pariente de las ipomeas, tiene hojas pequeñas y redondeadas de un verde muy vivo y flores casi blancas con tono rosado. Da una sensación de frescor difícil de conseguir con tan poca agua. Va bien al sol o en sombra ligera, en jardines de grava, bajo los árboles y entre losas, y tolera la sequía una vez establecida, pero no acepta la sal ni el aire marino, y necesita clima suave.
Para sombra, donde el césped nunca cuaja
Dichondra repens tiene hojas diminutas en forma de riñón y forma un tapiz denso cuyo grosor depende de la luz y la humedad: muy raso al sol y en suelo seco, mucho más mullido en sombra y suelo fresco. Apenas tolera el pisoteo, así que es ornamental. La Dichondra argentea 'Silver Falls', plateada, aguanta algo más el paso pero su color llama tanto la atención que conviene reservarla a superficies pequeñas.
Soleirolia soleirolii, nativa de Córcega y Cerdeña, resuelve rincones húmedos y sombríos con un tapiz de aspecto de musgo. Conviene saber que en jardines frescos y regados se expande sin freno, se cuela entre las piedras y resulta difícil de erradicar. Es la única de esta lista que exige contención activa.
En los climas templados y cálidos, estas tres mantienen la hoja todo el año si reciben riego regular en verano, pero se marchitan si pasan sed o si hiela.
Cómo se plantan
La implantación es el único momento realmente exigente, y el que decide el resultado.
- Preparar bien el suelo. Descompactar, eliminar las raíces de las hierbas perennes y aportar arena o grava fina si el terreno es pesado. Una vez plantado el tapiz ya no se puede enmendar el suelo.
- Plantar en otoño en las zonas de invierno suave, o a comienzos de la primavera en las de heladas fuertes, para que la planta tenga meses por delante antes del verano.
- Densidad. Con plantas en alvéolo o en maceta pequeña, del orden de nueve a dieciséis unidades por metro cuadrado según la velocidad de crecimiento de la especie. A menos densidad, más tiempo cubierto de malas hierbas.
- Riego de implantación. Regular durante el primer año, incluido el primer verano. A partir del segundo, la mayoría se sostiene con muy poco o con nada, según la especie y la zona.
- Escarda manual hasta que el tapiz cierre. Es el trabajo principal del primer año y no hay atajo: un herbicida no distingue entre la tapizante y la hierba espontánea.
Qué mantenimiento tienen después
Muy poco, pero no ninguno. Según la especie puede hacer falta una siega o un recorte al año, normalmente después de la floración, para igualar el tapiz y evitar que se apelmace. Conviene revisar los bordes, porque las especies estoloníferas invaden los parterres vecinos y las juntas del pavimento, y reponer las calvas que dejan el pisoteo concentrado o un verano especialmente duro.
Y hay que asumir el aspecto estacional. Varias de estas plantas pierden hoja o cambian de color con el frío, y en invierno el tapiz no será el verde uniforme de un césped. A cambio, en agosto seguirá vivo sin regar a diario.
Y si se quiere conservar césped
La opción intermedia suele ser la más razonable: reducir la pradera a la zona que de verdad se usa, y elegir para ella especies de clima cálido en lugar de las mezclas de gramíneas de climas fríos. La grama (Cynodon dactylon) y las zoysias consumen bastante menos agua, aguantan el pisoteo y el calor, y a cambio se agostan y se vuelven pajizas en invierno. El resto de la superficie se resuelve con tapizantes, gravas, acolchados y macizos de aromáticas, que además dan flor y alimentan a los polinizadores.
En resumen
Las tapizantes mediterráneas sustituyen al césped en todo salvo en el uso intensivo: Phyla nodiflora y los tomillos rastreros para las zonas de paso al sol, Frankenia laevis junto al mar, Dymondia margaretae donde más aprieta la sequía, Matricaria tchihatchewii si se busca floración y se dispone de algo más de agua, y Dichondra, Falkia o Soleirolia para la sombra.
El éxito se juega en la implantación: suelo bien preparado, plantación en otoño o a comienzos de primavera, densidad suficiente, riego durante el primer año y escarda manual hasta que el tapiz cierre. Después, un recorte anual, vigilancia de los bordes y la aceptación de que en invierno el color cambie. Es un cambio de expectativas tanto como de planta.