La Akebia quinata es una trepadora de hoja compuesta que florece muy temprano, antes que casi cualquier otra planta de jardín. Sus flores, de color burdeos oscuro, cuelgan en racimos abiertos y desprenden un perfume que recuerda a la vainilla y al chocolate, de ahí su nombre popular en inglés. En el litoral mediterráneo y en el sur asoman ya en febrero; en el interior y el norte, en marzo o abril.
Es vigorosa, resistente al frío, se adapta a suelos difíciles y aguanta bastante sombra. Todo eso la hace muy fácil, y esa facilidad es precisamente lo que hay que tener en cuenta antes de plantarla: sin poda anual se come lo que tenga alrededor.
Entre el follaje nuevo, las flores burdeos de una Akebia quinata. Esta trepadora puede perder o conservar las hojas según el clima.
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Cómo es
Pertenece a la familia de las lardizabaláceas y es originaria de Japón, Corea y China. Sus hojas son palmeadas, con cinco foliolos ovales de unos dos a siete centímetros (el epíteto quinata alude precisamente a ese número), verde oscuro por el haz y de tono glauco por el envés. Según la dureza del invierno conserva el follaje, lo pierde en parte o se queda desnuda: en el litoral suele comportarse como semipersistente y en el interior frío, como caduca.
Trepa enrollando los tallos alrededor del soporte, sin ventosas ni zarcillos, y puede alcanzar unos diez metros. Necesita, por tanto, algo a lo que agarrarse: alambres, celosía, malla o una estructura de pérgola. Sobre un muro liso no sube.
Las flores son unisexuales y aparecen en el mismo racimo: las masculinas, más pequeñas y numerosas, con estambres curvos, y las femeninas, mayores, con carpelos oscuros y una gota de fluido pegajoso en el extremo donde queda retenido el polen. Las visitan abejas y otros insectos, aunque su polinización es poco eficaz en cultivo, como se explica más abajo.
Dónde plantarla
Resiste heladas fuertes, del orden de quince grados bajo cero, así que sirve en casi toda la Península salvo en las zonas de montaña más extremas. Florece más y mejor a pleno sol, pero acepta media sombra e incluso sombra bastante marcada, donde dará menos flor y más hoja. En el sur y en el interior seco agradece que las raíces queden a la sombra aunque la parte alta esté al sol.
De suelo no es exigente: admite todo tipo de terrenos, incluidos los calizos, algo que se agradece en el este y el sur peninsulares, donde tantas trepadoras de moda acaban cloróticas. Prefiere suelos profundos, fértiles y bien drenados, y no tolera el encharcamiento permanente.
Un detalle a tener presente desde el principio: enraíza en profundidad y lleva muy mal los trasplantes. Hay que decidir bien el sitio, porque moverla al cabo de unos años suele significar perderla.
Plantación y riego
El mejor momento para plantarla es el otoño, de octubre a diciembre, o el final del invierno, de manera que arraigue antes del primer verano. Hoyo amplio, con compost o mantillo mezclado con la tierra del sitio, y el soporte instalado ya desde el primer día.
Los dos primeros años necesita riegos regulares, sobre todo en verano. Una vez establecida soporta cierto grado de sequía, aunque en un verano mediterráneo largo agradece un par de riegos profundos al mes para que no se agoste la hoja. Un acolchado de corteza sobre el alcorque mantiene el suelo fresco y reduce mucho esa necesidad.
La poda: después de florecer
Es el punto donde se equivoca más gente. La akebia florece sobre la madera del año anterior, de modo que podarla en invierno equivale a cortar todas las flores de la temporada. La poda se hace justo después de la floración, en primavera, cuando aún se ven las flores marchitas.
En ese momento se acortan los tallos que se hayan ido demasiado lejos, se aclaran los que se enredan entre sí y se eliminan los secos. Cuando la mata se apelmaza tanto que por dentro es un amasijo de tallos leñosos, tolera una poda severa, incluso a un par de palmos del suelo: rebrota con fuerza, aunque se pierda la floración de un año.
El fruto, y por qué casi nunca aparece
El fruto es una vaina carnosa, alargada, de color violeta, que al madurar se abre longitudinalmente y deja ver una pulpa blanca con numerosas semillas negras. Es muy vistoso, y también muy raro de ver en los jardines europeos.
La razón es que la planta es en gran medida autoincompatible: aunque tenga flores de los dos sexos en el mismo racimo, el polen de un ejemplar no fecunda sus propias flores. Para tener fruto hacen falta dos plantas de origen genético distinto, es decir, procedentes de semilla o de clones diferentes, no dos esquejes del mismo pie. Con frecuencia se recurre además a la polinización manual con un pincel, porque las flores femeninas abren antes que las masculinas y los insectos no siempre coinciden.
En Japón y Corea la pulpa del fruto maduro tiene uso tradicional en la cocina. Aquí la planta se cultiva como ornamental, y en general no conviene comer frutos de plantas de jardín cuya identidad o cuyos tratamientos no se conozcan con certeza.
Vigor: lo que hay que vigilar
Es una trepadora de crecimiento rápido que, además de trepar, se echa por el suelo y emite raíces allí donde un tallo queda en contacto con la tierra húmeda. En condiciones favorables cubre un arbusto vecino en un par de temporadas y lo ahoga por falta de luz.
En el este de Estados Unidos se ha convertido en un problema serio en bosques, con poblaciones asilvestradas que desplazan al sotobosque autóctono. Sin llegar a esa situación, conviene manejarla con la misma prudencia: no plantarla junto a un lindero con monte o vegetación natural, revisar una vez al año los tallos que se hayan tumbado y arrancarlos antes de que enraícen, y no tirar restos de poda con tallos vivos al medio natural.
Multiplicación
Lo más sencillo es el acodo: se tumba un tallo, se entierra un tramo dejando la punta fuera y en unos meses ha enraizado. También se hacen esquejes semileñosos a final de verano, con hormona de enraizamiento y bajo plástico. La siembra funciona con semilla fresca, aunque tarda más y da plantas variables, lo cual, si se busca fruto, resulta una ventaja: genera los ejemplares genéticamente distintos que hacen falta para la polinización cruzada.
Para qué usarla
Va muy bien en pérgolas y porches, donde su floración temprana y perfumada se aprecia de cerca, y en celosías o vallas que haya que tapar rápido. También se emplea como cubresuelos en taludes, sobre montículos y muros de piedra, donde su capacidad de enraizar al contacto con el suelo, que en otro contexto es un inconveniente, ayuda a sujetar la tierra.
Se combina bien con trepadoras de floración posterior, como el jazmín estrellado o un rosal trepador remontante, de modo que la misma estructura tenga flor desde febrero hasta el otoño.
En resumen
La Akebia quinata aporta la floración más temprana y perfumada del jardín, aguanta el frío, la sombra y los suelos calizos, y sube diez metros por cualquier soporte al que pueda enroscarse. Se planta en otoño en su sitio definitivo, porque no soporta el trasplante, y se riega los dos primeros años hasta que arraiga.
La poda se hace siempre después de la floración, ya que la flor sale sobre madera del año anterior. Para que fructifique hacen falta dos ejemplares genéticamente distintos. Y hay que contar con su vigor: revisar cada año los tallos tumbados que enraízan y no plantarla junto a vegetación natural.