Detrás de muchos nombres de plantas hay una persona. Unas veces es el botánico que la describió, otras el mecenas que pagó la expedición, y con frecuencia una mujer que estuvo en la historia sin figurar en ella: la esposa que clasificaba el herbario, la hija, la madre, la ayudante de campo. El nombre quedó; el resto, casi siempre, no.
Conviene saber además que hay dos sistemas distintos de dar nombre a una planta, con reglas propias, y que confundirlos lleva a comprar mal. Uno es el nombre científico, que identifica a la especie; el otro es el nombre de cultivar, que identifica a una variedad obtenida en cultivo. Aquí van los dos, con los ejemplos que mejor los explican.
Los obtentores británicos David Austin bautizaron Lady Emma Hamilton a esta rosa en homenaje al almirante Horatio Nelson a través de su bella amante (en el retrato).
Cómo se construye un nombre científico
El sistema binomial que usamos viene de Linneo y de su Species Plantarum, publicado en 1753: un nombre de género con mayúscula y un epíteto específico en minúscula, los dos en cursiva. Hoy lo regula el Código Internacional de Nomenclatura para algas, hongos y plantas, que fija cómo se publica válidamente un nombre nuevo y cuál tiene prioridad cuando hay varios.
Cuando el epíteto honra a una persona, la terminación indica a quién. Un nombre acabado en -ii dedica la especie a un hombre; en -iae, a una mujer; en -orum y -arum, a varias personas. Por eso Primula florindae, Lilium mackliniae, Omphalodes luciliae o Fargesia murielae se leen de inmediato como dedicatorias femeninas. Es un detalle menor pero muy útil para interpretar una etiqueta.
El nombre de cultivar juega con otras reglas
Las variedades obtenidas en cultivo (los cultivares) no se rigen por ese código sino por el Código Internacional de Nomenclatura para Plantas Cultivadas. Sus normas son visibles a simple vista y sirven para no equivocarse en el vivero:
- El nombre de cultivar se escribe entre comillas simples y sin cursiva: Aeonium arboreum 'Zwartkop', Skimmia japonica 'Rubella'.
- Desde 1959, un nombre de cultivar nuevo no puede estar en latín: debe ir en una lengua moderna. Los nombres latinos que se ven, como 'Albiflorus', son anteriores a esa fecha.
- Muchas plantas se venden bajo un nombre comercial, que es una marca registrada y no un nombre de cultivar. Es habitual en rosales: el nombre bonito del catálogo es la marca, y el nombre real de la variedad, el que sirve para saber qué se está comprando, suele figurar en letra pequeña como un código alfanumérico.
Esa distinción tiene consecuencias legales. Las variedades nuevas pueden estar protegidas por el título de obtención vegetal, regulado en la Unión Europea por el Reglamento (CE) 2100/94 y en España por la Ley 3/2000, lo que implica que su multiplicación con fines comerciales requiere autorización del obtentor durante el periodo de protección. Multiplicar un rosal moderno para venderlo no es lo mismo que hacer un esqueje para el jardín de un vecino.
Esposas, hijas y madres en el herbario
El explorador británico Frank Kingdon-Ward dedicó plantas a sus dos mujeres: Primula florindae lleva el nombre de su primera esposa, Florinda, y Lilium mackliniae, un lirio de flor acampanada del noreste de la India, el de la segunda, Jean Macklin.
Ernest Henry Wilson, uno de los grandes recolectores en China, bautizó al bambú Fargesia murielae en honor a su hija Muriel y al rosal trepador Rosa helenae por su esposa Helen. Y el botánico suizo Pierre Edmond Boissier, autor de una obra monumental sobre la flora de Oriente, dedicó a su mujer Chionodoxa luciliae y Omphalodes luciliae. Lucile Boissier había trabajado con él en el campo y murió muy joven durante un viaje por España. Del género Dorotheanthus, descrito por Gustav Schwantes, se ha dicho siempre que honra a su madre, Dorothea.
El caso de Rosa banksiae es distinto y también revelador: la terminación en -iae indica que no está dedicada a Joseph Banks, el naturalista, sino a su mujer, Dorothea. Es el rosal que en muchos jardines mediterráneos cubre pérgolas enteras con flores diminutas en abril.
Jeanne Baret, la historia real detrás de una leyenda
Circula desde hace tiempo el relato de un grumete de una expedición botánica que resultó ser una mujer disfrazada. No es una leyenda: es la historia de Jeanne Baret, y merece contarse bien.
Baret era ayudante y colaboradora del naturalista Philibert Commerson y se embarcó en la expedición de circunnavegación de Louis Antoine de Bougainville, entre 1766 y 1769, vestida de hombre, porque la ordenanza francesa prohibía la presencia de mujeres a bordo de los barcos del rey. Recolectó y preparó una parte muy considerable del herbario que se atribuyó a Commerson y se convirtió en la primera mujer que dio la vuelta al mundo. La buganvilla, que lleva el apellido del comandante de la expedición, salió de aquel viaje.
Commerson quiso dedicarle un género, pero aquel nombre no llegó a consolidarse en la nomenclatura. La reparación llegó mucho después: en 2012 se describió una especie sudamericana, Solanum baretiae, nombrada en su honor.
Hortensia: un nombre con varias explicaciones
El nombre popular de la hortensia procede de Hortensia, denominación que Commerson dio a la planta y que hoy no tiene validez nomenclatural, porque el género correcto es Hydrangea. Sobre su origen circulan al menos tres versiones: que honraba a la astrónoma y calculadora Nicole-Reine Lepaute, cuyo nombre de casada era Hortense; que se refería a otra dama de la época; o que deriva simplemente del latín hortensis, es decir, de jardín.
Ninguna está demostrada, y las tres se repiten como certezas en libros y catálogos. Es un buen ejemplo de cómo funciona la etimología botánica popular: una explicación bonita se copia hasta convertirse en dato.
Rosales con nombre propio en España
La tradición de dedicar variedades tiene también capítulo español, sobre todo en rosales. Pedro Dot, obtentor catalán activo durante buena parte del siglo XX y reconocido internacionalmente, bautizó sus variedades con nombres de personajes y aristócratas de su tiempo, entre ellas 'Condesa de Sástago' o 'Duquesa de Peñaranda'. La casa Camprubí siguió la misma costumbre.
El criterio no ha cambiado en la jardinería comercial contemporánea: David Austin llamó 'Lady Emma Hamilton' a una de sus rosas de flor anaranjada en el bicentenario de la batalla de Trafalgar, homenajeando al almirante Nelson a través de la mujer con la que se le relacionó. La dedicatoria es, casi siempre, también una estrategia de venta.
Para qué sirve todo esto al comprar
Más allá de la anécdota, saber leer un nombre ahorra dinero. Si en la etiqueta solo hay un nombre comercial llamativo y ningún nombre científico, no se sabe qué se compra ni cómo cuidarlo. Si aparece un nombre de cultivar entre comillas simples, se puede buscar información fiable sobre su porte, su rusticidad y su comportamiento. Y si el nombre de la especie termina en -iae o en -ii, al menos se sabe que hubo alguien detrás.
En resumen
Los nombres de plantas dedicados a personas siguen reglas precisas: el nombre científico se rige por el Código Internacional de Nomenclatura, con terminaciones que distinguen dedicatorias masculinas y femeninas, y el nombre de cultivar por un código propio que exige comillas simples, lengua moderna y distinción respecto de las marcas comerciales. Las variedades modernas pueden además estar protegidas por el Reglamento (CE) 2100/94 y la Ley 3/2000.
Detrás de Primula florindae, Fargesia murielae, Omphalodes luciliae o Rosa banksiae hay mujeres que trabajaron en el campo, en el herbario o en la sombra de un marido célebre. El caso mejor documentado es el de Jeanne Baret, primera mujer en circunnavegar el globo, recordada hoy en Solanum baretiae. Leer bien una etiqueta es, de paso, leer esa historia.