Salvia leucantha es un subarbusto de la familia Lamiaceae originario del centro y el este de México, conocido en jardinería como salvia mexicana. Forma una mata amplia y redondeada, de en torno a un metro de alto y a menudo más de ancho, con los tallos y el envés de las hojas cubiertos de un fieltro blanco que le da al conjunto un tono grisáceo muy característico. Es una de las salvias arbustivas que mejor se han adaptado al clima español, y en la costa mediterránea, en Canarias y en el suroeste peninsular se comporta como planta permanente que apenas pide nada.
Su seña de identidad son las espigas. Al final del verano y sobre todo en otoño levanta inflorescencias largas y arqueadas en las que lo llamativo no es la corola, sino el cáliz, densamente lanoso y de color violeta o morado intenso, de tacto aterciopelado. Sobre ese cáliz asoma una corola normalmente blanca, aunque hay variedades en las que también es morada. El resultado es que la espiga conserva el color durante semanas incluso después de que las flores hayan caído, porque el cáliz peludo permanece en la planta. Pocas plantas de jardín aportan color en octubre y noviembre con esta intensidad, y ese es el motivo por el que se planta.
Cómo reconocerla
Los tallos son cuadrados, algo leñosos en la base y blanquecinos por la pubescencia. Las hojas van opuestas, son lanceoladas y estrechas, con el margen finamente dentado o casi entero, rugosas y de verde grisáceo por el haz, y claramente blancas y afieltradas por el envés. Al pasar la mano por la mata se nota el tacto suave y se desprende un aroma resinoso ligero, propio del género pero distinto del de la salvia de cocina.
Las inflorescencias son espigas terminales de hasta un palmo o más, con verticilos apretados de flores. Los cálices, cubiertos de pelos largos, son lo que da el color violeta. La ficha de cultivo sitúa su rusticidad en las zonas 8 a 11 y le atribuye tolerancia hasta unos diez grados bajo cero, siempre entendiendo que se trata de heladas puntuales y con la mata bien asentada y el suelo seco, no de inviernos largos bajo cero.
Sobre la época de floración conviene matizar. En el clima español la floración fuerte llega a finales de verano y en otoño, y se prolonga hasta que aparecen las primeras heladas. En zonas de invierno suave y con la planta bien establecida puede dar además una primera tanda de espigas a finales de primavera, aunque menos abundante que la de otoño.
Dónde y cómo plantarla
Pleno sol, sin discusión. En semisombra vegeta, se ahíla y da la mitad de espigas. Es una planta de sitios abiertos y calurosos, y agradece el calor reflejado de un muro o de un pavimento. Lo que sí necesita es espacio: se planta a metro o metro y medio de sus vecinas, porque la mata se abre mucho y arquea las ramas hacia fuera. Colocada demasiado apretada acaba tapando lo que tiene al lado y se ahueca por el centro.
La plantación se hace en primavera, para que tenga toda la temporada cálida por delante y llegue al invierno con raíz hecha. Plantarla en otoño en zonas frías es arriesgarse a perderla el primer año. En el interior peninsular, con heladas fuertes y prolongadas, funciona mejor cultivada en maceta grande que se protege en invierno, o asumiendo que la parte aérea se pierde y que rebrotará desde la base en primavera si la raíz no se ha helado. Un buen acolchado en la base ayuda mucho a que eso ocurra.
En la costa, en cambio, es una planta agradecida para taludes, jardines de bajo mantenimiento y arriates amplios, donde una sola mata llena varios metros cuadrados en un par de temporadas.
Riego y sustrato
Quiere un suelo de riqueza media, ligero y bien drenado. No es exigente y tolera los suelos calizos y pobres habituales del área mediterránea; lo que no admite es el terreno pesado que retiene agua en invierno. La combinación de frío y raíz mojada es lo que mata a esta planta, mucho más que la temperatura por sí sola. En arcilla conviene plantarla elevada, sobre un caballón o en un arriate levantado, y mezclar arena gruesa o grava en el hoyo.
El riego es moderado. Durante el primer año necesita agua regular para arraigar bien. A partir del segundo se vuelve notablemente resistente a la sequía, y en clima mediterráneo se puede mantener con riegos profundos y espaciados en verano, uno por semana o incluso menos en suelo profundo. En invierno no se riega. En maceta la cosa cambia, porque el cepellón se seca deprisa y en verano puede pedir agua cada dos días; ahí es fundamental que el tiesto sea grande y que drene de verdad.
Con el abono, poco y bien. Un aporte de compost en primavera basta. El exceso de nitrógeno produce una mata enorme, blanda, que se tumba con la primera lluvia de otoño justo cuando debía estar en flor.
Poda
La poda es el cuidado que de verdad marca la diferencia en esta especie, porque tiende a ahuecarse y a quedarse con la base pelada y las ramas tumbadas.
La poda principal se hace al final del invierno, antes del rebrote, y es una poda severa: se recorta toda la mata a unos veinte o treinta centímetros del suelo, eliminando lo seco y lo helado. Rebrota con fuerza desde la base y forma una planta compacta que florecerá en la temporada. Podar en otoño es un error frecuente: deja los cortes expuestos al frío y sacrifica la floración, que es precisamente la de esa época.
A mediados de temporada, si la planta se está estirando demasiado, se le puede dar un despunte general a principios de verano. Retrasa un poco la floración pero produce una mata más baja y con más espigas. Las espigas gastadas se cortan a lo largo del otoño para mantener el aspecto ordenado, aunque muchas se dejan porque el cáliz seco sigue teniendo color.
Multiplicación
Por esqueje es facilísima y es la vía normal. Se toman en primavera o a principios de verano trozos de tallo no florido de unos diez o doce centímetros, se les quitan las hojas de la mitad inferior y se plantan en una mezcla de turba y perlita, en sombra, con humedad ambiental y sin dejar que el sustrato se seque. Enraízan en tres o cuatro semanas. Merece la pena hacer esquejes en verano como seguro de vida allí donde el invierno puede llevarse la planta madre.
También se multiplica por división de mata en primavera, separando trozos con raíz de la periferia, y por acodo natural: las ramas que se tumban y quedan en contacto con el suelo húmedo enraízan solas, y basta con separarlas después.
Plagas y problemas frecuentes
- Podredumbre de raíz. El problema serio, y casi siempre por drenaje insuficiente o riego de invierno.
- Oídio. Con humedad ambiental alta y mata muy cerrada, sobre todo a final de verano. Se combate aclarando y no mojando el follaje.
- Mosca blanca y pulgón. En brotes tiernos, con más frecuencia en plantas muy abonadas y en cultivo en maceta.
- Araña roja. En veranos secos y en plantas de terraza con poco riego y mucho calor reflejado.
- Mata abierta y desnuda por el centro. No es plaga, es falta de poda de renovación. Se corrige con el recorte fuerte de final de invierno.
Variedades y usos en el jardín
Además del tipo de cáliz morado y corola blanca, existen selecciones de flor enteramente morada, en las que la espiga se ve más oscura y uniforme, y variedades de porte más compacto pensadas para jardines pequeños y para maceta. Al elegir conviene mirar el tamaño final, porque la diferencia entre una selección compacta y la forma común es notable en un arriate estrecho.
Funciona muy bien en jardines de bajo consumo de agua junto a gramíneas ornamentales, lavandas, teucrios y otras salvias arbustivas, y su momento culminante coincide con el de las gramíneas en espiga, que es cuando el jardín mediterráneo suele estar más apagado. Sus flores atraen abejas, abejorros y mariposas. Las espigas cortadas duran bien en jarrón y conservan el color morado del cáliz al secarse, así que sirven también para ramos secos.
En resumen
Salvia leucantha es un subarbusto mexicano de follaje gris y espigas de cálices lanosos morados que llena el jardín de color justo cuando el verano se acaba. Pide pleno sol, suelo ligero y bien drenado, riego moderado y sitio de sobra, porque forma matas anchas. En clima suave es permanente y en zonas frías se pierde la parte aérea y rebrota, siempre que la raíz no quede encharcada.
Todo su mantenimiento se resume en una poda fuerte a finales de invierno, antes del rebrote, y en no regarla de más. Con eso mantiene un porte compacto y florece de forma fiable año tras año, con el añadido de que se multiplica por esqueje sin ninguna dificultad.