El ciclamen es la planta que florece cuando ya no florece casi nada: de otoño a primavera levanta sobre un tubérculo aplanado un ramillete de pedúnculos con flores de pétalos reflejados hacia atrás, como si el viento los hubiera dado la vuelta, en blanco, rosa, rojo y ese magenta intenso que ha acabado dando nombre a un color. Debajo, un mechón de hojas acorazonadas marcadas con dibujos plateados que valen por sí solas.
El que se vende en floristería y en centros de jardinería es casi siempre el Cyclamen persicum, la violeta persa, o alguno de sus muchos híbridos, con flores grandes en una gama muy amplia. Los nombres comunes se solapan: violeta de los Alpes designa unas veces a esta misma planta en el comercio y otras a las especies de montaña del género. Todas pertenecen a la familia de las primuláceas y comparten lo esencial del cultivo.
Cómo es la planta
Bajo tierra hay un tubérculo aplanado y redondeado del que salen las raíces por la parte inferior o por los lados, según la especie, y del que brotan hojas y flores por la superficie superior. Ese tubérculo es un órgano de reserva: le permite pasar el verano seco sin nada verde y volver a brotar con las primeras lluvias.
La hoja es acorazonada o reniforme, de peciolo largo y carnoso, verde oscuro con manchas y arabescos plateados o gris verdoso que cambian de una planta a otra y son parte del atractivo. La flor tiene cinco pétalos vueltos hacia arriba y hacia atrás, con la boca mirando al suelo, y en muchas variedades desprende un aroma suave.
La floración va del invierno a la primavera en el ciclamen de maceta, aunque los ejemplares comprados en otoño empiezan antes. Después de la flor, el pedúnculo de las especies silvestres se enrolla en espiral y acerca la cápsula al suelo, un detalle curioso que se pierde en muchos híbridos comerciales.
Luz y temperatura: aquí está la clave
Si un ciclamen de interior se estropea en dos semanas, casi siempre es por temperatura. Necesita ambiente fresco, de temperatura media-baja, y sufre con el calor de una casa con calefacción. Un salón a veintitrés grados con el radiador cerca es un mal sitio; una habitación fresca, una galería sin heladas, un porche cubierto o una terraza protegida es lo que busca. Con calor, las hojas amarillean, los tallos florales se doblan y los botones se abortan sin llegar a abrirse.
De luz quiere mucha, pero sin sol directo. Junto a una ventana clara, filtrada por un visillo, o al exterior bajo sombra ligera. El sol directo a través del cristal quema la hoja en poco tiempo.
Y agradece el aire. Un ambiente estancado y caliente favorece la podredumbre gris, que es su enfermedad más común.
Riego y sustrato
El sustrato debe ser rico, profundo y bien drenado, con materia orgánica y algún componente que asegure la aireación, como perlita o arena gruesa. En maceta vale un buen sustrato universal aligerado.
El riego es abundante pero sin encharcar, y sobre todo con una regla que evita la mayoría de los desastres: no mojar nunca el centro de la planta. El agua que se queda entre el tubérculo y la base de los peciolos es la puerta de entrada de los hongos que pudren la corona. Se riega por el borde de la maceta o, mejor, poniendo el tiesto unos minutos en un recipiente con agua para que absorba por abajo, y después se retira el sobrante.
El plato con agua permanente es otro error de manual. Entre riego y riego, la capa superficial debe secarse un poco. Las hojas caídas y blandas pueden significar sed, pero también raíz asfixiada, así que antes de regar conviene comprobar la humedad del sustrato.
El reposo de verano
Terminada la floración, hacia la primavera, la planta empieza a amarillear y a perder hojas. No está muriéndose: entra en reposo estival, que es su ciclo natural.
Lo que corresponde entonces es reducir el riego de forma progresiva hasta suspenderlo, dejar de abonar y guardar la maceta en un sitio fresco, seco, ventilado y a la sombra durante el verano. A finales de verano o principios de otoño se reanuda el riego poco a poco, y con las primeras hojas nuevas se puede trasplantar a sustrato fresco, dejando el tubérculo con la parte superior asomando, no enterrado del todo, porque enterrarlo entero favorece que se pudra.
Muchos ciclámenes de floristería se tiran cada año por desconocer esto. Con el reposo bien hecho, la misma planta vuelve a florecer varias temporadas y suele hacerlo mejor que el primer año.
Mantenimiento durante la floración
Retirar flores marchitas y hojas amarillas es la tarea principal, y hay una forma correcta de hacerlo: se agarra el pedúnculo cerca de la base y se tira con un giro seco para que salga entero del tubérculo. Cortar con tijera deja un trozo de tallo carnoso que se pudre y contagia a la corona.
Durante la floración, un abono para plantas de flor cada dos o tres semanas, a dosis baja y con poco nitrógeno, mantiene la producción de botones. Se suspende al empezar el amarilleo.
Plagas y problemas frecuentes
La podredumbre gris, un moho grisáceo sobre flores y peciolos, aparece con humedad alta, poca ventilación y agua sobre la planta. Se combate quitando de inmediato lo afectado, aireando y corrigiendo la forma de regar.
La pudrición del tubérculo por hongos de suelo es la consecuencia final del exceso de agua y del riego por el centro. Cuando el tubérculo está blando, no hay vuelta atrás.
Entre los animales, el ácaro del ciclamen deforma y ennegrece las hojas y los botones nuevos, y es difícil de ver a simple vista; el pulgón acude a los brotes tiernos; en exterior, caracoles y babosas se comen las hojas nuevas y los tallos florales. El amarilleo generalizado, en cambio, casi nunca es plaga: es calor.
Ciclámenes de jardín
Además del ciclamen de maceta hay especies pequeñas y muy rústicas que se plantan directamente en el jardín, en suelo suelto y con humus, bajo la sombra ligera de árboles y arbustos de hoja caduca. Ahí forman con los años manchas que florecen solas, unas a finales de verano y otoño y otras a finales de invierno.
El género tiene además representación silvestre en España, con especies propias del Mediterráneo occidental y de las Baleares. Nunca deben arrancarse tubérculos del medio natural: son poblaciones sensibles, su recolección está regulada y una planta de vivero, propagada en cultivo, se adapta mejor al jardín que un ejemplar silvestre desenterrado.
Atención: el tubérculo es tóxico
El tubérculo del ciclamen contiene saponinas y es tóxico por ingestión. Es la parte con mayor concentración, aunque el resto de la planta tampoco es comestible.
La consecuencia práctica es sencilla: no debe ingerirse ninguna parte de la planta, ni usarse con fines caseros de ningún tipo, y conviene ponerla fuera del alcance de niños pequeños y de mascotas que roan macetas, en especial perros y gatos que puedan escarbar el sustrato. Si se sospecha una ingestión, hay que consultar con un servicio médico o veterinario, no esperar a ver qué pasa.
En resumen
El ciclamen no es una planta delicada, es una planta malinterpretada. Quiere frío, luz sin sol directo, sustrato que drene y agua por abajo sin mojar la corona, justo lo contrario de lo que recibe cuando se coloca en un salón caldeado y se riega desde arriba. Con esas cuatro condiciones florece durante meses en pleno invierno.
Al final de la floración no hay que tirarla: se deja secar, se guarda fresca y seca el verano y se vuelve a arrancar en otoño, con el tubérculo asomando en el sustrato. Y conviene recordar que ese tubérculo es tóxico si se ingiere, así que la maceta se coloca donde niños y animales no puedan alcanzarla.