Viajar con la mascota

¿Qué vas a hacer este verano con tu perro o tu gato? Dejarlo en casa de un familiar o un conocido puede ser a veces la solución. Pero si has decidido viajar con tu amigo de cuatro patas, ten en cuenta estos detalles.

Los perros han de viajar en el asiento trasero del coche. Si es familiar, en la parte de atrás, pero separado del resto de los ocupantes mediante una red que le impida entorpecer la conducción.

Viajar con un perro o un gato se resuelve en tres frentes: la documentación, el transporte seguro y el destino. La documentación se prepara con semanas de antelación, no la víspera. El transporte tiene una regla que no admite excepciones: el animal va sujeto, nunca suelto en el habitáculo ni en el maletero abierto. Y el destino, sobre todo si es una casa con jardín o el campo, es donde aparecen los riesgos que nadie tenía previstos, y casi todos vienen de plantas.

Lo primero que hay que tener resuelto: la identificación con microchip es obligatoria para los perros en todas las comunidades autónomas, y en varias también para gatos y hurones. Comprueba antes de salir que los datos del registro están actualizados con tu teléfono actual, porque un microchip asociado a un número antiguo no sirve de nada cuando el animal se pierde a doscientos kilómetros de casa. Para salir de España hacia otro país de la Unión Europea hace falta el pasaporte europeo para animales de compañía, con la vacuna antirrábica en vigor; esa vacuna solo es válida a efectos de viaje transcurridos veintiún días desde la primovacunación, así que no se puede dejar para la última semana.

En coche

El animal debe ir sujeto, y no solo por su seguridad. La norma de circulación exige que el conductor conserve la libertad de movimientos y el campo de visión, y que nada dentro del vehículo interfiera con la conducción. Un perro suelto es una distracción y, en una frenada fuerte, un proyectil.

Los sistemas válidos son el transportín rígido bien anclado, colocado en el suelo detrás de los asientos delanteros o en el maletero contra el respaldo, y el arnés homologado con doble anclaje al cinturón para los perros medianos y grandes. La rejilla divisoria separa el maletero del habitáculo, pero por sí sola no retiene al animal en un impacto. Los gatos viajan siempre en transportín, sin excepciones, y agradecen que se cubra con una tela ligera que deje ventilación.

Antes del viaje, mejor no darle una comida copiosa; agua sí, toda la que quiera. Conviene parar cada dos o tres horas para que el perro estire y beba, y en esas paradas el gato no sale del transportín, o sale con arnés puesto y sujeto desde dentro.

Y la regla que salva vidas en verano: el animal no se queda solo en el coche. Ni cinco minutos, ni con las ventanillas entreabiertas, ni a la sombra, porque la sombra se mueve. El interior de un coche parado alcanza temperaturas letales en muy poco tiempo, y el golpe de calor en un perro es una urgencia veterinaria con mal pronóstico si se demora.

Tren, autobús, barco y avión

Las condiciones cambian con frecuencia y por compañía, así que lo único fiable es consultarlas al comprar el billete y avisar de que se viaja con animal, porque casi todas fijan un número máximo por trayecto.

En tren, la norma general es transportín de dimensiones limitadas y animal en compañía del titular del billete, aunque los servicios de larga distancia han ido ampliando lo que admiten. En autobús, lo habitual es que el animal viaje en la bodega en un transportín propio, con plazas limitadas. En barco, los animales suelen ir en jaulas habilitadas en cubierta, y algunas navieras permiten que permanezcan con su dueño atado y con bozal; en ningún caso deben quedarse en el vehículo aparcado en la bodega, donde el calor y el ruido son un peligro. En avión, los animales pequeños viajan en cabina en un bolso homologado y el resto en bodega presurizada, con restricciones frecuentes por temperatura en los meses de verano y limitaciones adicionales para razas braquicéfalas, que toleran mal la falta de ventilación. Los perros de asistencia viajan siempre con su usuario y de forma gratuita.

Peligros vegetales en el destino

Esta es la parte que casi nunca se prepara y la que llena las consultas veterinarias en verano.

Las espigas. Es el problema más frecuente y el más subestimado. Las espiguillas de gramíneas silvestres, sobre todo la cebadilla (Hordeum murinum), secan a partir de mayo y se desprenden con forma de arpón: sus barbillas solo permiten avanzar en un sentido. Se clavan entre los dedos, en el conducto auditivo, en la nariz, en el ojo y bajo el párpado, y desde ahí migran hacia dentro. Un perro que estornuda de forma explosiva y repetida después de pasear por un descampado, que sacude la cabeza de un lado o que se lame sin parar un espacio interdigital muy probablemente tiene una espiga, y eso no se resuelve en casa. La prevención es evitar los pastizales secos entre mayo y septiembre, revisar patas, orejas, axilas e ingles al volver del paseo y recortar el pelo entre las almohadillas.

La procesionaria del pino (Thaumetopoea pityocampa). Si el destino es un pinar, y en España lo es muy a menudo, este es el riesgo grave de invierno y primavera. Los pelos urticantes de las orugas provocan una reacción intensa al contacto: un perro que las olfatea o las lame sufre inflamación de lengua y hocico, y puede llegar a perder tejido. No hace falta que la oruga esté viva ni que la procesión esté en marcha, los pelos de un nido caído siguen siendo urticantes. Si hay bolsones blancos en los pinos, el perro va con correa y lejos de la base de los árboles, y ante cualquier contacto se acude al veterinario de inmediato.

Las adelfas de las áreas de servicio. La adelfa (Nerium oleander) es la planta más plantada en medianas de autovía, rotondas y zonas de descanso de todo el litoral mediterráneo, precisamente porque aguanta sequía y contaminación. Toda la planta es tóxica, incluidas las hojas secas caídas al suelo, y afecta al corazón. Justo en el sitio donde se saca al perro a estirar las piernas.

El jardín de la casa de destino. Un jardín ajeno no está pensado para tu animal. Merece la pena dar una vuelta antes de soltar al perro y localizar lo evidente: adelfas, cicas (Cycas revoluta), tejo (Taxus baccata), ricino (Ricinus communis) muy común en cunetas y ramblas, dedalera (Digitalis purpurea) y castaño de Indias (Aesculus hippocastanum), cuyos frutos atraen a los perros. Si hay gato en casa, los lirios de los géneros Lilium y Hemerocallis son el peligro serio: provocan fallo renal agudo y basta el polen. Fíjate también en si hay cebos antibabosas repartidos por los arriates y en si acaban de abonar, porque los abonos con harina de hueso o de sangre atraen mucho al perro.

Frutos y semillas de temporada. En otoño, las bellotas verdes y las castañas de indias caídas causan cuadros digestivos y obstrucciones. En zonas de huerta, los restos de poda y las hojas de tomatera o de patata tampoco son inofensivos.

La casa y el jardín que dejas atrás

Si el animal se queda, la Ley 7/2023 de protección de los derechos y el bienestar de los animales establece que no se puede dejar a un animal de compañía sin supervisión durante más de tres días consecutivos, y en el caso de los perros ese límite baja a veinticuatro horas. Es decir, dejar comida y agua para una semana no es una opción legal ni razonable: hay que organizar visitas diarias o una residencia.

Quien pase a atender al animal puede encargarse a la vez de las plantas, y ahí conviene dejar por escrito qué se riega y con qué frecuencia. Para las macetas, un riego a fondo antes de salir, agruparlas en el sitio más sombreado y un acolchado de corteza sobre el sustrato reducen mucho la pérdida de agua. Si se instala riego automático por goteo, hay que comprobar que el perro no puede morder los tubos ni beber de un depósito con abono disuelto.

Un último apunte de calendario: cuando alguien deja el jardín en manos de otra persona, es fácil que se aplique un tratamiento fitosanitario o un abono sin pensar en el animal. Merece la pena decirlo expresamente antes de irse.

En resumen

Prepara los papeles con antelación, revisa que el microchip esté a tu nombre y con tu teléfono actual, y no dejes la vacuna antirrábica para la última semana si sales de España. En el trayecto, transportín o arnés homologado, paradas para beber, comida ligera y jamás el animal solo dentro del coche.

Y al llegar, dedica diez minutos a mirar el terreno. Los pastizales secos con espigas, los pinos con bolsones de procesionaria, las adelfas de las áreas de descanso y las plantas del jardín de destino son la fuente real de sustos en un viaje con animales, mucho más que el trayecto en sí. Ante cualquier contacto o ingestión, la indicación siempre es la misma: veterinario cuanto antes, y llevar un trozo de la planta para que puedan identificarla.


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