Ante un accidente o una intoxicación, lo único que decide de verdad es la rapidez con la que el animal llega a un veterinario. Todo lo que se hace en casa sirve para ganar esos minutos: sacar al animal del peligro, evitar que empeore, moverlo lo menos posible y salir hacia la clínica con la información que allí van a pedir. Nada de lo que sigue sustituye a esa consulta, y menos aún los remedios caseros: provocar el vómito, dar leche o administrar un medicamento humano puede agravar el cuadro.

Conviene tener anotados dos teléfonos donde se puedan leer sin buscarlos: el de la clínica veterinaria habitual y el de la de urgencias que atienda de noche y en festivos. Al llamar, la información útil es concreta: qué ha pasado, hace cuánto, qué peso aproximado tiene el animal y, si ha comido algo, qué era. Si sospechas de una planta, arranca un trozo con hoja y flor y llévalo contigo. La identificación de la especie cambia por completo la valoración del caso, y una hoja en una bolsa vale más que una descripción de memoria.

El botiquín y lo que hay que tener localizado

Un botiquín para animales no necesita mucho. Gasas estériles, vendas de crepé y esparadrapo, suero fisiológico en monodosis para lavar heridas y ojos, un antiséptico apto para animales, tijeras de punta roma, guantes, una manta fina y un bozal de la talla del perro. El bozal no es un capricho: un animal con dolor muerde aunque nunca lo haya hecho, y la mordedura suele llevársela quien intenta ayudarlo.

Fuera del botiquín, conviene tener localizado el número de microchip y la cartilla de vacunación. La identificación con microchip es obligatoria para los perros en todas las comunidades autónomas, y en varias de ellas también para los gatos y los hurones. En una urgencia, ese número da acceso al historial del animal.

Plantas tóxicas: la urgencia que se puede evitar

Buena parte de las intoxicaciones domésticas de perros y gatos vienen de plantas que están en el salón o en la terraza. No es un riesgo teórico y tampoco afecta a todas las especies por igual. Estos son los casos mejor documentados y por eso los que conviene conocer.

Lirios y gatos. Es la asociación más grave que existe entre una planta y un animal doméstico. Las especies del género Lilium y del género Hemerocallis (los llamados lirios de día) provocan en el gato un fallo renal agudo. Son tóxicas todas las partes de la planta, incluidos el polen y el agua del jarrón, y basta con que el gato se acicale después de rozar las anteras. En el perro el cuadro es mucho más leve, lo que confunde a quien ha tenido perros antes. Si en casa hay gato, la regla práctica es no meter lirios ni ramos que los lleven. Los llamados lirios de la paz (Spathiphyllum) y el lirio de agua o cala (Zantedeschia) no pertenecen a esos géneros y su toxicidad es distinta, de tipo irritante.

Aráceas de interior. El potos (Epipremnum aureum), la difenbaquia (Dieffenbachia), el filodendro (Philodendron) y la monstera (Monstera deliciosa) contienen cristales de oxalato cálcico en hojas y tallos. Al morderlas producen dolor, salivación abundante e inflamación de la boca y la lengua. Rara vez es mortal, pero en casos de inflamación importante puede comprometer la vía respiratoria, y el animal deja de comer y de beber.

Adelfa (Nerium oleander). Está en medianas de carretera, en setos y en muchas terrazas del Mediterráneo. Toda la planta es tóxica, hojas incluidas, secas o verdes, y afecta al corazón. Es peligrosa para perros, gatos, caballos y aves, y también lo son los restos de poda, que a veces se quedan en el suelo del jardín.

Cica (Cycas revoluta). Se vende como planta ornamental de patio y de interior. Toda ella es tóxica para el perro y provoca daño hepático grave; las semillas son la parte más concentrada. Es un caso conocido en clínica veterinaria precisamente porque los perros roen el tronco y los cogollos.

Tejo (Taxus baccata). Hojas, corteza y semilla contienen alcaloides cardiotóxicos. Solo el arilo rojo carnoso está libre de ellos, y no es una distinción que un animal vaya a hacer.

Ricino (Ricinus communis). Naturalizado en muchas zonas costeras y de ribera de España. La semilla es la parte peligrosa y una sola puede bastar en un perro pequeño.

Bulbos. Los de narciso (Narcissus), tulipán (Tulipa) y jacinto (Hyacinthus) concentran la toxicidad en el bulbo, mucho más que en la hoja. Los problemas suelen aparecer en otoño, cuando se plantan y quedan bolsas al alcance del perro, o cuando el animal excava el arriate recién plantado.

Otros de jardín. La hiedra (Hedera helix), el acebo (Ilex aquifolium), el muérdago (Viscum album), la hortensia (Hydrangea macrophylla), la dedalera (Digitalis purpurea) y el aguacate (Persea americana, sobre todo problemático en aves) completan la lista de lo que se ve con más frecuencia por aquí.

Junto a las plantas hay dos productos de jardinería que causan intoxicaciones y se olvidan. El acolchado de cáscara de cacao contiene teobromina, la misma sustancia del chocolate, y algunos perros lo comen porque huele bien. Los abonos organominerales con harina de hueso o de sangre también atraen al perro, y los cebos de metaldehído para caracoles y babosas son una urgencia grave y frecuente en primavera. Guardarlos cerrados y no aplicarlos donde el animal tiene acceso resuelve el problema de raíz.

Si el animal ha comido una planta

La secuencia es corta. Retira los restos de la boca si se ven y se pueden coger sin forzar. Guarda un trozo de la planta. Llama a la clínica y sal hacia allí. No provoques el vómito por tu cuenta: con sustancias irritantes o cáusticas el vómito daña el esófago al subir, y en un animal aturdido hay riesgo de que aspire. Tampoco des agua a la fuerza a un animal somnoliento.

Si el contacto ha sido con la piel, por ejemplo con savia de adelfa o de euforbia, lava la zona con agua abundante y tibia para que el animal no se lama al acicalarse. Cortar el pelo de alrededor ayuda a que no quede producto retenido.

Golpe de calor

En verano es la urgencia más previsible y la que más se subestima. El perro no suda, regula la temperatura jadeando, y en cuanto el aire está caliente y húmedo ese mecanismo se queda corto. Los braquicéfalos, los animales mayores, los obesos y los de pelo largo son los más expuestos. Las señales son un jadeo intenso que no cede, encías muy rojas o azuladas, tambaleo y desorientación.

Lo primero es sacarlo del sol y del coche, llevarlo a un sitio ventilado y mojarle el cuerpo con agua a temperatura ambiente, empezando por las patas, el vientre y el cuello, con aire moviéndose alrededor. Ofrécele agua si está consciente, sin obligarlo. No uses agua helada ni hielo: el frío extremo cierra los vasos de la piel y frena la pérdida de calor. Y aunque el animal parezca recuperado, hay que llevarlo igual, porque el daño interno puede aparecer horas después.

La prevención se hace en el jardín. Sombra real durante las horas centrales, un bebedero a la sombra que no se caliente, y evitar el paseo sobre asfalto entre las once y las siete en verano. Un árbol de copa ancha o un emparrado hacen más por un perro en agosto que cualquier accesorio.

Heridas, hemorragias y fracturas

En una herida superficial, lava con suero fisiológico, corta el pelo de alrededor para que no se pegue y cúbrela con una gasa limpia. Si sangra, la maniobra es presión directa y sostenida con una gasa durante varios minutos, sin levantarla cada poco para mirar. Si la gasa se empapa, se pone otra encima sin retirar la primera. El torniquete solo tiene sentido en hemorragias masivas de una extremidad y cuando no hay otra opción, y es una decisión que conviene tomar por teléfono con el veterinario.

Ante una posible fractura, lo mejor es no entablillar. Un vendaje mal puesto desplaza el hueso y añade dolor. Se traslada al animal sobre una superficie rígida, una tabla o una bandeja con una manta encima, moviéndolo en bloque. Si es un gato o un perro pequeño, el transportín con la parte de arriba desmontable permite meterlo sin doblarlo.

Las quemaduras se enfrían con agua templada corriente y se cubren con una gasa húmeda. No se aplican pomadas ni aceite, y no se revientan las ampollas.

Un jardín que evita urgencias

Casi todo lo anterior se previene en el momento de comprar las plantas y de diseñar el espacio. Merece la pena revisar qué hay ya plantado, retirar lo que es claramente peligroso si el animal tiene acceso, y elegir para las zonas donde corre especies inofensivas. Bambú, calatea, maranta, peperomia, la palmera Chamaedorea, la Nephrolepis y los aromáticos de cocina como el romero, el tomillo y la albahaca son alternativas de bajo riesgo.

Con gato, ofrecer alternativas funciona mejor que prohibir. Una maceta de hierba de trigo o de avena germinada le da algo que masticar que no es la planta del salón, y la hierba gatera (Nepeta cataria) o el Cyperus alternifolius desvían el interés. En el sitio hay más detalle en gatos y plantas y en perro y jardín.

En resumen

Los primeros auxilios en un animal se reducen a estabilizar y trasladar. Sacarlo del peligro, cortar una hemorragia con presión, bajar la temperatura despacio en un golpe de calor, moverlo en bloque si hay sospecha de fractura y salir hacia la clínica con el teléfono ya avisado. Lo que no se hace es tan importante como lo que sí: ni vómitos provocados, ni medicamentos humanos, ni torniquetes por rutina, ni hielo.

Y la mitad del trabajo está hecha antes de que pase nada. Saber qué plantas hay en casa, retirar los lirios si convives con un gato, guardar los bulbos y los cebos antibabosas bajo llave, dar sombra y agua en verano, y tener a mano el teléfono de urgencias y el número de microchip. Con eso, muchas de las urgencias que llenan las clínicas en verano y en otoño no llegan a producirse.


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