Un diccionario para entender a tu perro

Un perro escucha las palabras, pero lee sobre todo el cuerpo: la postura, las orejas, la cola y hacia dónde miras. Aquí va lo que dice con cada gesto y lo que significa el capítulo que más disgustos causa en las casas con jardín, el de escarbar los parterres.

La lógica humana no coincide con la del perro. Entender sus señales evita la mayoría de los conflictos, dentro de casa y en el jardín.

Un perro escucha las palabras, pero lee sobre todo el cuerpo. La postura, la altura de la cabeza, la tensión de la boca, hacia dónde miras y cómo te acercas le dicen mucho más que el contenido de la frase. De ahí el malentendido más común en las casas: llamarle con voz dulce para regañarle en cuanto llega. Lo que aprende es que acudir sale caro, y al día siguiente no viene.

Este es un repaso de lo que un perro dice con el cuerpo y de lo que entiende del nuestro, incluido el capítulo que más disgustos causa en las casas con jardín: qué significa que se dedique a escarbar los parterres. Casi nunca es maldad, y casi siempre es una información concreta sobre cómo está.

El cuerpo entero, no solo la cola

Ninguna señal significa nada por separado. Se leen juntas y se leen en contexto:

  • Peso del cuerpo: adelantado y erguido indica seguridad o intención de avanzar; echado hacia atrás, con las patas flexionadas, indica que quiere irse.
  • Orejas: hacia delante, atención puesta en algo; pegadas al cráneo, incomodidad o miedo.
  • Boca: relajada y entreabierta, todo bien; comisuras muy tirantes o labios levantados enseñando los dientes delanteros, aviso serio.
  • Pelo erizado en la cruz o a lo largo del lomo: activación intensa. No significa forzosamente agresión, significa que está muy alterado, y puede ser de miedo.
  • Ojos: mirada blanda y parpadeo, tranquilidad; ojos muy abiertos con el blanco a la vista y la cabeza quieta, tensión.
  • Reverencia de juego, con el pecho abajo y el trasero en alto: invitación clara a jugar, y también una forma de pedir disculpas por un juego que se pasó de bruto.

La cola no siempre dice alegría

Mover la cola significa activación, no felicidad. Una cola alta y rígida con un movimiento corto y rápido es de un perro muy tenso, no de uno contento. Una cola a media altura con un barrido amplio que arrastra la cadera sí es la de un perro relajado. Y una cola metida entre las patas es miedo. Acercarse a un perro desconocido porque mueve la cola es una de las causas habituales de mordisco en niños.

Las señales con las que pide calma

Cuando un perro se siente presionado, antes de gruñir despliega un repertorio de gestos discretos: bostezar sin sueño, lamerse el hocico, girar la cabeza para apartar la mirada, olfatear el suelo de repente, rascarse, quedarse quieto o acercarse describiendo una curva en lugar de en línea recta. Son peticiones de espacio. Si se ignoran una y otra vez, el perro deja de molestarse en avisar así y pasa antes a lo siguiente.

El gruñido es la última etiqueta de esa escalera, y es información valiosa. Castigar el gruñido no elimina el motivo del malestar, solo elimina el aviso, y entonces aparece el perro que muerde sin previo aviso. Un perro que gruñe está diciendo que pares, así que se para y se busca por qué.

El cachorro que no se está quieto

El cachorro que corretea sin parar, salta y mordisquea todo lo que pilla suele estar diciendo dos cosas a la vez: que le faltan límites claros y que le sobra energía sin gastar. Reírle las gracias es enseñarle que la fórmula funciona. La salida no es reñirle, es darle una rutina previsible, ratos de juego con reglas que terminan cuando la boca aprieta, y sobre todo actividad que le canse la cabeza: buscar comida escondida por la casa o por el jardín cansa más que media hora de correr detrás de una pelota.

Cuando un perro desconocido se muestra amenazante

Mirarle fijo a los ojos y agacharse hacia él son dos gestos que él lee como desafío, justo lo contrario de lo que se pretende. Tampoco sirve echar a correr ni tirarle cosas. Lo que funciona es quedarse quieto de lado, con los hombros relajados, la mirada baja y desviada, y retirarse despacio sin darle la espalda de golpe. Si el encuentro pasa a mayores, cubrirse cabeza y cuello con los brazos y quedarse encogido y quieto. Después, sea cual sea el desenlace, se avisa a quien corresponda: en España el propietario tiene obligaciones legales sobre el control de su animal.

El perro que destroza el jardín

Escarbar es lo primero que se interpreta como maldad y lo último que lo es. Un perro cava por razones concretas y cada una tiene su solución:

  • Calor. Cava un hoyo en la tierra fresca y se tumba dentro. Es la causa más frecuente en verano en España, y se ve porque el agujero es ancho, poco profundo y él está tumbado ahí. La solución es sombra de verdad y agua, no una reprimenda.
  • Presas. Si hay topillos, lombrices o grillos, hay perros que se pasan la tarde persiguiendo el ruido bajo tierra. Los agujeros son estrechos y aparecen siempre en la misma zona.
  • Aburrimiento y soledad. Los destrozos ocurren cuando no hay nadie, se reparten por todo el jardín y suelen venir acompañados de otras cosas rotas.
  • El olor del abono. Los fertilizantes con harina de hueso o harina de sangre huelen a comida. Un parterre recién abonado que amanece removido no es un misterio de conducta, es una cuestión de menú.
  • Guardar cosas. Enterrar huesos y juguetes es normal y no se corrige, se le da un sitio donde hacerlo.

Contra todo esto, lo que no funciona es el castigo a distancia, del tipo manguerazo por sorpresa. Un perro que recibe agua o un susto sin entender de dónde viene termina asociando el jardín entero con algo desagradable, y aparecen conductas nuevas peores que la de cavar. Lo que sí funciona es rediseñar el espacio para que sus necesidades y las tuyas no compitan.

Un jardín pensado para los dos

La pieza central es darle un lugar donde cavar sea legal: un arenero o un rincón de tierra suelta, a la sombra, con algún juguete o algún premio enterrado los primeros días para que descubra que ahí sí merece la pena. En cuanto lo usa, el resto del jardín pierde interés.

Alrededor de eso, unas cuantas decisiones de jardinería ahorran discusiones:

  • Cercar la zona de plantación con un vallado bajo o un seto, en vez de intentar defenderla a gritos.
  • Dejarle su camino. Los perros patrullan siempre por el mismo recorrido, casi siempre pegado a la valla. Pelearse con esa ruta es perder; convertirla en un paso de grava o de corteza es ganar.
  • Plantas duras en la primera línea: romero, lavanda, salvia, santolina, gramíneas ornamentales y arbustos de porte firme aguantan mucho mejor los pisotones que las anuales delicadas.
  • Bulbos y siembras protegidos con malla las primeras semanas. Un bulbo recién enterrado es una invitación explícita.
  • Abonar con cuidado. Los abonos de harina de hueso y de sangre se entierran bien o directamente no se usan; el saco, cerrado y en alto.

Lo que no debe haber en un jardín con perro

Además del diseño, hay una lista de cosas que sobran cuando el animal anda suelto. El acolchado de cáscara de cacao huele a chocolate, atrae a los perros y contiene teobromina, así que se sustituye por corteza de pino o grava. Los cebos antilimacos con metaldehído son una de las causas más frecuentes de intoxicación en perros de jardín. Y hay plantas ornamentales que conviene no tener a su alcance: la adelfa (Nerium oleander), muy común en setos y medianas del sur de España y tóxica en todas sus partes, incluida la hoja seca; el tejo (Taxus baccata); la cica (Cycas revoluta), especialmente peligrosa para el hígado; el ricino (Ricinus communis), cuyas semillas son gravemente tóxicas; las azaleas y rododendros; el laurel cerezo (Prunus laurocerasus) y los bulbos de narciso y de tulipán, que son justo lo que un perro que escarba acaba encontrando.

Si te lo encuentras masticando algo de esa lista, la respuesta es ir al veterinario con un trozo de la planta o una foto. Ni remedios caseros ni esperar a ver.

En resumen

Entender a un perro consiste en mirar el cuerpo entero y en el contexto: la cola indica activación y no alegría, las señales de calma son peticiones de espacio y el gruñido es un aviso que hay que agradecer, no castigar. Y consiste sobre todo en ser coherente, porque la voz amable con el gesto amenazante lo deja sin saber qué se espera de él.

En el jardín, el destrozo también es un mensaje: calor, presas bajo tierra, aburrimiento o el olor del abono. Se responde con sombra, con un rincón donde cavar sea legal, con la zona de plantación cercada y con plantas resistentes en la primera línea. Y con la lista corta de lo que no debe estar ahí: acolchado de cacao, cebos con metaldehído, adelfa, tejo, cica y ricino.


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