Una planta carnívora no come insectos para obtener energía. La energía la saca de la fotosíntesis, exactamente igual que un rosal. Lo que caza son nitrógeno y fósforo, dos nutrientes que en su hábitat no puede sacar del suelo porque sencillamente no están disponibles allí.

Ese hábitat es siempre el mismo tipo de sitio: turberas ácidas encharcadas, arenales lavados por la lluvia, paredes rezumantes. Suelos permanentemente anegados y muy ácidos, con pH entre 3,5 y 5, donde la falta de oxígeno frena la actividad de los microorganismos que descomponen la materia orgánica y liberan nitratos. Hay agua de sobra y luz de sobra, pero el nitrógeno está bloqueado. Atrapar un mosquito es, en ese contexto, una forma rentable de fertilizarse.

Sarracenia, planta carnivora de jarra

Qué tiene que hacer una planta para ser carnívora

La definición aceptada exige cinco pasos, y hay que cumplirlos todos:

  1. Atraer a la presa, con color, néctar u olor.
  2. Capturarla, mediante una hoja modificada.
  3. Matarla.
  4. Digerirla, con enzimas propias o con ayuda de bacterias asociadas.
  5. Absorber los nutrientes resultantes.

Las que se quedan a medio camino se llaman protocarnívoras. El caso más elegante es Roridula, un arbusto sudafricano con hojas pegajosas que atrapa insectos pero no produce enzimas digestivas: quien se los come es una chinche que vive sobre la planta, y esta absorbe el nitrógeno de los excrementos del insecto a través de la cutícula. Es una carnivoría subcontratada.

En total se conocen alrededor de ochocientas sesenta especies carnívoras, repartidas en unos veinte géneros y doce familias sin apenas parentesco entre sí. La carnivoría ha aparecido de forma independiente al menos once veces en la historia de las plantas, siempre en el mismo tipo de ambiente. Es un caso de manual de evolución convergente.

Los cinco tipos de trampa

1. Cepo o trampa de resorte. Solo dos especies en el mundo la tienen: la venus atrapamoscas, Dionaea muscipula, y la acuática Aldrovanda vesiculosa. El mecanismo es asombrosamente selectivo: la trampa lleva tres pelos gatillo en cada lóbulo y no se cierra al primer contacto. Hacen falta dos estímulos en un intervalo de unos veinte o treinta segundos, y entonces se cierra en menos de un décimo de segundo. Esa doble comprobación evita gastar la trampa con una gota de lluvia o una brizna. Después, si la presa sigue moviéndose y suma más estímulos, la planta empieza a segregar enzimas. Cada trampa solo puede cerrarse un número limitado de veces antes de agotarse, así que hacerlas saltar por diversión las mata.

2. Jarra o trampa pasiva. La hoja forma un recipiente con un borde resbaladizo, pelos dirigidos hacia abajo y un fondo con líquido digestivo. Aquí están Sarracenia, Darlingtonia y Heliamphora en América, Nepenthes en el sudeste asiático y Cephalotus follicularis en un rincón del suroeste de Australia. No tienen ninguna parte móvil: la trampa funciona por pura geometría.

3. Adhesiva o papel matamoscas. Hojas cubiertas de tentáculos con una gota de mucílago en la punta. Es el grupo más numeroso, con las droseras (unas doscientas cincuenta especies), las grasillas del género Pinguicula, Byblis y Drosophyllum. En las droseras los tentáculos se doblan lentamente hacia la presa a lo largo de minutos u horas, y en algunas especies la lámina entera se enrolla.

4. Succión. El género Utricularia, con más de doscientas especies acuáticas y terrestres, lleva vejigas microscópicas con la pared bajo presión negativa. Cuando un microcrustáceo roza los pelos sensores, la trampilla se abre y el agua entra arrastrando a la presa. Todo ocurre en menos de un milisegundo: es el movimiento más rápido conocido en el reino vegetal.

5. Nasa o langostera. Exclusiva de Genlisea. Sus hojas subterráneas, incoloras y retorcidas en espiral, tienen una hendidura tapizada de pelos rígidos orientados hacia dentro: la presa (protozoos y microfauna del suelo) puede avanzar pero no retroceder, y acaba en la cámara digestiva. Es una trampa sin partes móviles y sin pegamento.

Las carnívoras que viven en España

Hay bastantes más de las que la gente imagina, y todas en enclaves muy concretos.

  • Drosera rotundifolia, D. intermedia y D. longifolia en turberas de esfagno de la cornisa cantábrica, Galicia, el Pirineo y el Sistema Central.
  • Pinguicula en varias especies, entre ellas P. grandiflora y P. vulgaris en montaña húmeda, P. lusitanica en el oeste peninsular y P. vallisneriifolia, endemismo de las paredes rezumantes de las sierras de Cazorla y Segura.
  • Utricularia en lagunas, charcas y turberas.
  • Drosophyllum lusitanicum, el caso más singular de todos.

Merece un párrafo aparte. Drosophyllum es la única planta carnívora del mundo adaptada al verano seco mediterráneo. Vive en suelos arenosos ácidos, pobres y bien drenados del suroeste peninsular (Cádiz, Huelva, sur de Portugal y norte de Marruecos), en jarales y brezales, y a diferencia de todas las demás no soporta el encharcamiento: se riega poco y desde arriba, jamás con bandeja. Sus hojas filiformes cubiertas de mucílago desprenden un olor dulzón que atrae moscas a distancia. Tiene además una manía famosa: su raíz no tolera ser trasplantada, así que se siembra directamente en la maceta definitiva. La ficha completa está en Drosophyllum lusitanicum.

Una advertencia obligada: todas las poblaciones silvestres españolas están en retroceso por la destrucción de turberas y humedales, varias especies figuran en catálogos de protección autonómicos y ninguna debe recolectarse en el campo. Se compran en viveros especializados, que las propagan por semilla y esqueje.

Por qué abonarlas las mata

Es la pregunta clave y tiene una respuesta económica.

Una trampa es una hoja modificada, y modificada precisamente en la dirección que perjudica a la fotosíntesis: superficie reducida, tejido grueso, pigmentos que absorben mal, y en las jarras una estructura hueca que no produce casi nada. Construirla y mantenerla cuesta carbono. Ese gasto solo compensa cuando el nitrógeno del suelo es tan escaso que la ganancia obtenida por vía animal supera lo que se pierde por vía solar. Es un cálculo al límite, y la planta lo ajusta continuamente.

Cuando se le proporciona nitrógeno por la raíz, la ecuación se invierte y la planta hace lo lógico: deja de fabricar trampas. Y si el aporte es un abono mineral corriente, ocurre además algo peor, porque sus raíces (adaptadas a un medio con menos de cincuenta partes por millón de sales disueltas) no tienen ningún mecanismo para expulsar el exceso, y se queman.

Lo mismo pasa con la luz. En sombra, la fotosíntesis rinde poco, las trampas no se amortizan y la planta se ahíla, pierde color rojo y deja de capturar. Casi todos los cuidados de estas plantas se deducen directamente de esta lógica.

Las cinco reglas de cultivo

1. El agua es lo primero. Solo agua de lluvia, destilada o de ósmosis inversa. El agua del grifo en buena parte de España lleva entre 300 y 800 partes por millón de sales disueltas, y esas sales se acumulan en el sustrato hasta niveles letales en unos meses. No es una recomendación de perfeccionista: es la causa número uno de muerte. Detalles en el riego de las plantas carnívoras.

2. Sustrato inerte y ácido. Turba rubia de esfagno mezclada con perlita lavada, en proporción de dos o tres partes de turba por una de perlita. Nada de sustrato universal, nada de compost, nada de tierra de jardín, nada de cal. Conviene saber que la extracción de turba destruye exactamente el hábitat que se quiere imitar, y que en el mundo del cultivo hay una tendencia creciente a sustituirla por fibra de coco muy lavada u otras alternativas.

3. Método de la bandeja. Durante el crecimiento, la maceta se mantiene en un platillo con uno o dos centímetros de agua, que reproduce el suelo encharcado de la turbera. Sirve para Dionaea, Sarracenia, Drosera y Utricularia. En invierno se reduce, y para Nepenthes y Drosophyllum no se usa en absoluto.

4. Sol. Pleno para venus atrapamoscas, sarracenias y la mayoría de las droseras, que además necesitan luz intensa para desarrollar el color rojo. Las Pinguicula y las Nepenthes de montaña prefieren luz brillante pero filtrada.

5. Reposo invernal. Dionaea y Sarracenia son plantas de clima templado y necesitan tres o cuatro meses entre 2 y 10 °C, con reducción de riego y pérdida de las trampas viejas. Sin ese reposo aguantan una temporada, se debilitan y mueren en la segunda o la tercera. Es la razón por la que tantas venus atrapamoscas de supermercado no pasan del año: se mantienen en el salón todo el invierno. Ampliado en hibernación de las plantas carnívoras.

Qué hacer con la del supermercado

Suelen venderse dentro de una cúpula de plástico transparente, en una maceta pequeña con turba muy compactada. Los primeros pasos:

  • Retirar la cúpula progresivamente, en cuatro o cinco días, para que la planta se aclimate a la humedad ambiental sin quemarse.
  • Sacarla al exterior, a pleno sol, si es Dionaea o Sarracenia. Son plantas de intemperie, no de interior.
  • Cambiar a agua de lluvia desde ese mismo momento, con el sistema de bandeja.
  • Trasplantar en primavera a una maceta más alta con turba y perlita, deshaciendo con cuidado el cepellón original.
  • No darle carne, ni queso, ni insectos a mano. Si está fuera, cazará lo que necesite. La carne roja pudre la trampa y la mata.
  • No hacer saltar las trampas. Cada cierre en vacío es energía tirada.

Las instrucciones específicas de la especie más vendida están en cómo cuidar una venus atrapamoscas, y un repaso de los fallos habituales en errores más comunes en el cultivo de plantas carnívoras.

Dudas frecuentes

¿Son peligrosas para personas o mascotas? No. Ninguna especie conocida es tóxica ni tiene tamaño para hacer daño a un vertebrado. Las trampas mayores del género Nepenthes pueden capturar ocasionalmente pequeños animales, pero no son un riesgo doméstico.

¿Sirven para acabar con los mosquitos de casa? No como método de control. Capturan lo que pasa cerca, y su eficacia sobre una población de mosquitos es anecdótica.

¿Por qué se ponen negras las trampas? Es normal: cada trampa tiene una vida limitada y se ennegrece al agotarse. Si ennegrecen todas a la vez y muy deprisa, sospecha del agua.

¿Puedo tenerlas en un acuario o terrario cerrado? Las tropicales sí; las de clima templado, no, porque necesitan el frío invernal.

En resumen

Las plantas carnívoras no cazan por energía sino por nitrógeno y fósforo, porque viven en turberas ácidas y encharcadas donde esos nutrientes están bloqueados. Se conocen unas ochocientas sesenta especies y la carnivoría ha surgido de forma independiente al menos once veces. Hay cinco tipos de trampa: el cepo de la venus atrapamoscas, que exige dos estímulos en treinta segundos antes de cerrarse; las jarras pasivas de Sarracenia y Nepenthes; las hojas adhesivas de droseras y grasillas; las vejigas de Utricularia, que succionan en menos de un milisegundo; y las nasas subterráneas de Genlisea. En España hay droseras, pingüículas y utricularias en turberas de montaña, además de Drosophyllum lusitanicum, única carnívora adaptada al verano seco, que muere si se encharca. Abonarlas las mata porque su carnivoría solo es rentable con el suelo pobre, y el agua del grifo las mata porque no saben expulsar sales. Agua de lluvia, turba con perlita, bandeja, sol pleno y tres meses de frío invernal para las de clima templado: con eso viven años.


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