No adelgaza. Conviene decirlo en la primera línea, porque la promesa lleva más de una década circulando con aparato de ciencia detrás y la respuesta corta es que los ensayos clínicos hechos con aceite de coco no encuentran pérdida de peso, ni de perímetro de cintura, ni de grasa corporal frente a otros aceites. Lo que sí encuentran, de forma consistente, es una subida del colesterol LDL.

La idea no salió de la nada: hay una confusión real de por medio, y es una confusión bastante fina, del tipo que engaña a gente informada. Los estudios sobre triglicéridos de cadena media que dieron pie a todo esto no se hicieron con aceite de coco, sino con un producto distinto. Merece la pena entender exactamente dónde está el salto, porque explica también por qué el argumento sonaba tan convincente.

Cucharada de aceite de coco sólido sobre fondo claro

El malentendido de los MCT, paso a paso

Los triglicéridos de cadena media (MCT, por sus siglas en inglés) son grasas cuyos ácidos grasos tienen entre 6 y 12 átomos de carbono. Su gracia metabólica es que, al ser más cortos, se absorben directamente por la vena porta hacia el hígado en lugar de empaquetarse en quilomicrones y pasar por el sistema linfático. Llegan rápido, se oxidan rápido y se almacenan peor. Sobre ese mecanismo se construyó la hipótesis de que podían favorecer el gasto energético.

Los ensayos que exploraron eso, sobre todo los del grupo de Marie-Pierre St-Onge en los años 2000, usaron aceite MCT purificado: un producto de laboratorio obtenido por fraccionamiento y destilación, líquido, compuesto casi exclusivamente por ácido caprílico (C8) y ácido cáprico (C10). Y ahí el aceite de coco entra por la puerta de atrás, porque el fraccionamiento se hace a partir de coco. De ahí el atajo: "el aceite MCT viene del coco, luego el aceite de coco es MCT". Eso es lo que no se sostiene.

Ácido grasoAceite de cocoAceite MCT comercial
Caproico (C6)~0,5 %trazas
Caprílico (C8)~7 %50-60 %
Cáprico (C10)~6 %40-50 %
Láurico (C12)45-50 %casi nulo
Mirístico (C14) y más largos~35 %casi nulo

Lo que salta a la vista es que casi la mitad del aceite de coco es ácido láurico, y el láurico es justamente el que se elimina para fabricar aceite MCT. Se hace por una razón: aunque sobre el papel tiene 12 carbonos y cabe en la definición de cadena media, en el cuerpo no se comporta como tal. La mayor parte del láurico absorbido (los trabajos que lo han medido apuntan a en torno a tres cuartas partes) viaja por la vía linfática, igual que una grasa de cadena larga. No hay atajo hepático, no hay oxidación acelerada, no hay ventaja metabólica.

Y aún queda un detalle: en los ensayos con MCT purificado, el efecto sobre el peso fue pequeño, del orden de medio kilo en varias semanas, y no se ha replicado bien en estudios largos. Aunque el aceite de coco fuera MCT (que no lo es) la promesa seguiría siendo modesta.

Qué salió cuando se estudió el aceite de coco de verdad

Hay ensayos hechos directamente con el producto, no con su fracción. El más citado es la revisión sistemática y metanálisis de Neelakantan, Seah y van Dam publicada en Circulation en 2020, que agrupó dieciséis ensayos controlados comparando aceite de coco con otros aceites vegetales. Resultados:

  • Peso corporal: sin diferencia significativa.
  • Perímetro de cintura: sin diferencia significativa.
  • Porcentaje de grasa corporal: sin diferencia significativa.
  • Colesterol LDL: aumento medio de unos 10,5 mg/dl respecto a los aceites insaturados.
  • Colesterol HDL: aumento de unos 4 mg/dl.

El aumento del HDL es el dato que suele destacarse en la publicidad. Conviene ser honesto con él: subir el HDL por vía dietética no ha demostrado reducir infartos en ningún ensayo, mientras que el LDL sí es un factor causal establecido de enfermedad cardiovascular. Un cambio que sube los dos no es neutro, es desfavorable.

Sobre la ecuación básica no hay discusión posible: el aceite de coco aporta unas 890 kcal por cada 100 gramos, exactamente como cualquier otra grasa. Una cucharada rondan las 115-120 kcal. Añadirla a lo que ya se comía es sumar energía, no restarla.

De dónde viene la fama

Vale la pena reconstruirlo, porque nadie se inventó esto de la nada.

En los años sesenta y setenta, dos estudios sobre poblaciones del Pacífico (los tokelauanos y los habitantes de Pukapuka) describieron dietas con mucho coco y una prevalencia baja de enfermedad cardiovascular. Eran estudios observacionales, en comunidades que comían coco entero, con su fibra y su matriz vegetal, dentro de una alimentación sin ultraprocesados y con una actividad física diaria alta. Extraer de ahí que un tarro de grasa refinada en un piso de Madrid produce el mismo efecto es un salto que los propios autores nunca hicieron.

Después llegó la clínica: el aceite MCT se usa desde hace décadas en nutrición hospitalaria, en malabsorción de grasas y en dietas cetogénicas para epilepsia refractaria, con indicación médica. Y en la década de 2010, la divulgación comercial juntó las dos cosas (tribus sanas del Pacífico y grasa metabólicamente especial) y las vendió en un tarro.

Es un razonamiento con partes verdaderas mal ensambladas. Por eso resulta creíble.

Los dos argumentos que quedan en pie, examinados

La saciedad. Se dice que una grasa saciante hace comer menos después. Hay algún estudio de corto plazo con MCT purificado que muestra reducción del apetito, pero los datos con aceite de coco son escasos y no coherentes entre sí. Y aunque saciara algo, seguiría siendo grasa añadida a la dieta: la única manera de que la saciedad ayude es que sustituya calorías, no que se sume a ellas.

Las cetonas. La versión moderna del argumento sostiene que el aceite de coco genera cuerpos cetónicos y "activa el modo quemagrasa". Una parte de sus C8 y C10 sí produce algo de cetonas, pero en cantidad pequeña y sin cambiar la situación metabólica general: no induce cetosis si la dieta lleva hidratos de carbono. Y la cetosis en sí no es un mecanismo de adelgazamiento independiente del balance de energía; una dieta cetogénica adelgaza si genera déficit calórico, igual que cualquier otra.

Lo que cuesta creérselo

No es un error inocuo, y no por el aceite en sí, que a dosis culinarias no le hace daño a nadie sano, sino por lo que arrastra.

Primero, el coste de oportunidad: sustituir el aceite de oliva virgen extra por aceite de coco en la cocina de diario empeora el perfil lipídico sin ninguna contrapartida. Segundo, el coste directo: son calorías añadidas todos los días. Tercero, y más importante, el tiempo perdido: meses buscando el resultado en un producto que no lo puede dar son meses sin abordar lo que sí funciona, y en obesidad el tiempo cuenta.

Si el objetivo es perder peso, quien lo tiene que valorar es un profesional sanitario: el médico de familia, un dietista-nutricionista colegiado o el endocrino. Hay alternativas con evidencia sólida, incluidas opciones farmacológicas que solo se manejan con prescripción, y hay causas médicas de aumento de peso que conviene descartar antes de nada.

Entonces, ¿tiro el tarro?

No hace falta. El aceite de coco sigue siendo una grasa útil para lo que es: cocinar recetas concretas donde su sabor y su punto de fusión aportan algo, y varios usos externos que sí tienen base, como su efecto oclusivo sobre la piel o la reducción de pérdida de proteína en el cabello. Lo que no es, es un producto de adelgazamiento.

Haberlo creído no dice nada malo de nadie. La historia venía con estudios reales citados de forma tramposa, y desmontar eso exige ir a leer qué producto se usó en cada ensayo, que es algo que no se le puede pedir a quien compra un tarro en el supermercado. El problema estaba en quien lo vendía, no en quien lo compró.

En resumen

El aceite de coco no adelgaza. Los estudios sobre triglicéridos de cadena media se hicieron con aceite MCT purificado (caprílico y cáprico), un producto del que se ha eliminado precisamente el ácido láurico que constituye la mitad del aceite de coco y que en el cuerpo se comporta como una grasa de cadena larga. Cuando se ha estudiado el aceite de coco directamente, el metanálisis publicado en Circulation en 2020 no encontró efecto sobre peso, cintura ni grasa corporal, y sí un aumento del colesterol LDL de unos 10 mg/dl. Aporta 890 kcal por cada 100 gramos, como toda grasa. Para perder peso, la consulta es con el médico o con un dietista-nutricionista colegiado, no con el lineal del supermercado.


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