Keukenhof, en Lisse, entre Leiden y Haarlem, abre solo unas ocho semanas al año, desde finales de marzo hasta mediados de mayo. En ese plazo florecen los aproximadamente siete millones de bulbos que se plantan cada otoño en sus algo más de treinta hectáreas. No es un jardín botánico ni un parque histórico: nació en 1949 como escaparate comercial del sector holandés del bulbo y sigue siéndolo, aunque hoy reciba más de un millón de visitantes por temporada.
Conviene saber dos cosas antes de ir. La primera, que el momento de máxima floración depende del tiempo y no del calendario: un marzo frío retrasa la apertura de las flores y un episodio de calor la acelera y la acorta. La segunda, que lo que se ve allí es una plantación anual, arrancada y repuesta cada año, no un jardín que se sostenga solo. Eso importa mucho a la hora de trasladar la idea a casa.
El gran espectáculo de Keukenhof son los parterres de distintas bulbosas de primavera. En la foto, tulipanes, jacintos, fritillarias, narcisos... Abajo, el tulipán Semper Augustus, que ostenta un récord histórico de venta.
Qué se ve además de tulipanes
El tulipán es el protagonista, con miles de variedades expuestas, pero la parte más útil para quien planta en casa son las combinaciones con otras bulbosas de primavera: narcisos (Narcissus), jacintos (Hyacinthus), muscaris (Muscari), fritilarias (Fritillaria), anémonas (Anemone), camasias y alliums. Los parterres se plantan por capas de profundidad y por épocas de floración escalonadas, de modo que el mismo metro cuadrado da flor durante seis o siete semanas seguidas en vez de dos.
Ese es el recurso que sí se copia en una maceta o en un arriate pequeño: bulbos grandes abajo (tulipanes, narcisos), bulbos pequeños arriba (muscaris, crocus), y variedades tempranas, medias y tardías mezcladas en el mismo hueco.
Del Imperio otomano a Leiden
El tulipán no es holandés. El género Tulipa es originario de Asia Central y de Anatolia, y fueron los otomanos quienes lo seleccionaron y lo convirtieron en flor de jardín y de corte siglos antes de que llegara a Europa. Los primeros bulbos viajaron a Viena a mediados del siglo XVI de la mano de Ogier Ghiselin de Busbecq, embajador de los Habsburgo ante la corte otomana.
El salto a los Países Bajos lo dio el botánico Carolus Clusius, que en 1593 se trasladó a Leiden como profesor y llevó consigo su colección de bulbos para el jardín botánico de la universidad. De ahí arrancó el cultivo comercial holandés, favorecido por unos suelos arenosos ganados al mar que resultan ideales para el bulbo: drenan mucho y no encharcan el cuello en invierno.
La tulipomanía y los tulipanes 'Rembrandt'
En la década de 1630 los bulbos raros alcanzaron precios delirantes en los Países Bajos hasta que el mercado se hundió, en febrero de 1637, en el episodio conocido como tulipomanía. Los ejemplares más cotizados, como el célebre 'Semper Augustus', eran los de pétalos flameados, con vetas de un color sobre otro.
Aquellas rayas no eran una variedad estable: las causaba un virus, el tulip breaking virus, transmitido por pulgones, que rompe la distribución del pigmento. La planta infectada resulta espectacular, pero se debilita y termina degenerando. Los tulipanes que hoy se venden como 'Rembrandt' reproducen ese aspecto con variedades sanas obtenidas por mejora genética. Si en un macizo aparece un ejemplar flameado que antes era liso, lo prudente es arrancarlo y no dejarlo junto a los demás.
Por qué los tulipanes no se comportan igual en España
Un bulbo de tulipán necesita pasar frío para que el embrión floral se desarrolle y el tallo se alargue. En su origen lo consigue con inviernos continentales duros. En el norte peninsular y en el interior, ese frío llega solo; en el litoral mediterráneo, en el valle del Guadalquivir y en Canarias, no.
De ahí viene la decepción más frecuente: tulipanes que salen con el tallo cortísimo, con la flor casi a ras de hoja, o que directamente no florecen. No es un problema de riego ni de abono, es falta de frío. La solución en zonas de invierno suave es comprar bulbos ya tratados en frío o meterlos en la parte baja de la nevera entre seis y ocho semanas antes de plantarlos, en una bolsa de papel y nunca junto a fruta, porque el etileno que desprenden manzanas y peras estropea la yema floral.
Cómo plantarlos aquí
- Cuándo. En el norte y el interior, de octubre a noviembre. En el litoral y el sur, más tarde, de finales de noviembre a diciembre, para que el bulbo no brote demasiado pronto con un otoño templado.
- Dónde. A pleno sol y, sobre todo, en suelo que drene. El encharcamiento invernal pudre el bulbo, y ese es el fallo que mata más tulipanes en España. En terreno pesado, plantar en caballón elevado o en maceta.
- A qué profundidad. Unas dos o tres veces la altura del bulbo, entre 10 y 15 centímetros, con la punta hacia arriba y una separación de 8 a 12 centímetros entre bulbos.
- Riego. Un riego abundante al plantar y después solo si el otoño y el invierno vienen muy secos. Cuando asoma la hoja, riego regular pero moderado hasta que la flor pasa.
- En maceta. Recipiente hondo, de al menos veinticinco centímetros, con drenaje libre, sustrato ligero con arena o perlita y los bulbos plantados casi tocándose para que la mata resulte densa.
Un apunte de seguridad: los bulbos de tulipán son tóxicos por ingestión y su manipulación repetida puede provocar irritación de la piel en personas sensibles. Se guardan fuera del alcance de niños y de animales, y conviene usar guantes si se plantan muchos.
Después de la floración
En cuanto la flor se marchita se corta el tallo floral, pero las hojas no se tocan hasta que amarillean por completo. Es en esas semanas cuando el bulbo rehace sus reservas para el año siguiente; cortar la hoja verde equivale a tirar el bulbo.
Cuando la parte aérea se seca, hay dos caminos. En zonas de verano seco, dejarlos en tierra funciona si el sitio no se riega en verano, porque el bulbo necesita ese periodo caluroso y seco de reposo. Si el arriate se riega, es mejor arrancarlos, dejarlos secar a la sombra y guardarlos en un sitio fresco, oscuro y aireado hasta el otoño. Aun así, hay que asumir que la mayoría de los tulipanes híbridos de flor grande dan su mejor año el primero y van a menos a partir del segundo.
Los que sí repiten año tras año
Si lo que se quiere es un tulipán que se instale y vuelva solo, la respuesta está en los tulipanes botánicos, especies o cultivares muy próximos a las especies, de flor más pequeña y tallo corto pero mucho mejor adaptados al verano seco mediterráneo. Tulipa clusiana, con sus pétalos exteriores rojos y el interior blanco, Tulipa saxatilis, Tulipa bakeri, Tulipa praestans o el tulipán silvestre (Tulipa sylvestris), presente en la Península, se naturalizan con facilidad en suelo bien drenado y no piden frío invernal intenso.
Entre los tulipanes de jardín, los híbridos Darwin son los que mejor aguantan varios años seguidos. Y para asegurar color de primavera sin depender del frío, los narcisos y los muscaris son una apuesta mucho más segura en el sur: se plantan una vez, se multiplican y vuelven cada año sin ningún cuidado.
En resumen
Keukenhof concentra en ocho semanas la floración de millones de bulbos plantados cada otoño, y su mejor lección no es la escala sino el método: mezclar tulipanes con narcisos, jacintos, muscaris y fritilarias, y escalonar variedades tempranas, medias y tardías para estirar la floración de dos semanas a casi dos meses.
En España el tulipán exige adaptaciones: frío previo, natural o en nevera, en las zonas de invierno suave; plantación más tardía en el litoral; suelo con drenaje impecable; y hojas intactas hasta que amarilleen. Para tener flor todos los años sin replantar, los tulipanes botánicos y los narcisos son la opción realista, y los bulbos deben guardarse fuera del alcance de niños y animales porque son tóxicos por ingestión.