El Sítio Roberto Burle Marx es la finca que el paisajista brasileño compró en Barra de Guaratiba, al oeste de Río de Janeiro, y en la que vivió, coleccionó plantas y ensayó durante décadas las ideas que luego aplicaba en sus encargos. Funcionó a la vez como casa, vivero, laboratorio botánico y obra propia. Burle Marx lo donó al Estado brasileño en vida y, en 2021, fue inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.
Se visita como un jardín, pero se entiende mejor como un taller. Allí están las especies que él mismo recolectó en expediciones por el interior de Brasil, muchas descritas por primera vez a partir de esos ejemplares, y allí se ve, sin la escala monumental de sus obras públicas, cómo componía: por masas, por texturas y por bloques de color.
La imagen del paraíso soñado, de la mano de Roberto Burle Marx en su jardín experimental. Infinitos verdes, pinceladas de color de flores y hojas, espejos de agua, rocas: el material del artista.
Un pintor que plantaba
Roberto Burle Marx (1909-1994) fue pintor, dibujante, escenógrafo, ceramista y cantante antes que paisajista, y nunca dejó de serlo. Su formación decisiva ocurrió en Berlín, siendo muy joven, cuando vio en el jardín botánico de Dahlem un invernadero lleno de plantas brasileñas que en su país solo se consideraban maleza. La escena es célebre porque explica su obra entera: volvió a Brasil decidido a hacer jardines con la flora de allí.
Hasta entonces, el jardín público brasileño se diseñaba con criterios europeos y plantas europeas, en un país con una de las floras más ricas del planeta. Burle Marx dio la vuelta a eso desde sus primeros encargos en los años treinta, entre ellos los jardines del edificio del Ministerio de Educación de Río, proyectado por el equipo de arquitectos que iba a definir el modernismo brasileño. Después vinieron el Parque do Flamengo, el paseo de Copacabana con su pavimento de ondas y varios centenares de proyectos más.
Cómo componía
Lo que hace útil a Burle Marx para cualquiera que diseñe un jardín, del tamaño que sea, es que su método se puede enunciar. Cinco decisiones se repiten en toda su obra.
- Masas amplias de una sola especie. No plantaba ejemplares sueltos, sino manchas grandes de la misma planta que se leen como un color plano desde lejos. Es lo contrario de la colección, que es como se planta la mayoría de los jardines domésticos y por lo que acaban pareciendo confusos.
- La hoja antes que la flor. El follaje dura todo el año y la flor dura dos semanas. Sus jardines se sostienen sobre el contraste de formas de hoja: la enorme y entera frente a la fina y dividida, la brillante frente a la mate, la vertical frente a la horizontal.
- Bloques de color con borde definido. Las manchas tienen contorno, como en un cuadro. Los bordes curvos y contrastados que dibujaba en planta son su firma visual.
- El suelo como parte del dibujo. Pavimentos, gravas, mosaicos y espejos de agua entran en la composición con el mismo peso que las plantas.
- La roca y el agua como material. Bloques de granito recuperados de demoliciones, muros, láminas de agua quieta que duplican el jardín por reflejo.
La colección del Sítio
La finca reúne una de las mayores colecciones de plantas tropicales en cultivo del mundo, con miles de especies, buena parte de ellas brasileñas. Hay grupos enteros representados con una profundidad que no se encuentra en casi ningún botánico: bromeliáceas, aráceas, palmeras, heliconias, marantáceas. Varias especies llevan el epíteto burle-marxii porque se describieron a partir de material que él recolectó.
El jardín de sombra, un gran espacio cubierto y protegido, alberga las especies del sotobosque de la selva, que necesitan luz filtrada y humedad constante. Sobre las estructuras trepa la flor de jade (Strongylodon macrobotrys), una leguminosa de Filipinas con racimos colgantes de un azul verdoso que no existe en ninguna otra flor.
La lección que sirve en España
Copiar las plantas de Burle Marx aquí no tiene sentido: casi todas son tropicales y solo sobreviven en invernadero o en puntos muy concretos del sur y de Canarias. Lo que se copia es la idea de fondo, que además responde a un problema actual: usar la flora del propio sitio, que ya está adaptada al clima y al suelo, en lugar de importar un modelo ajeno que hay que sostener a base de agua.
En clima mediterráneo, con veranos secos de tres o cuatro meses, esa idea se traduce en un repertorio muy concreto. Para las masas grandes de follaje: lentisco (Pistacia lentiscus), mirto, Teucrium fruticans, romero rastrero, Cistus, Phlomis, Euphorbia characias. Para el contraste vertical: palmito (Chamaerops humilis), Iris germanica, Phormium, agaves y áloes. Para el color en bloque y las texturas finas: lavandas, salvias, santolinas, Gaura, esparto (Stipa tenacissima) y otras gramíneas autóctonas.
Con esas plantas se pueden hacer exactamente las mismas operaciones: manchas amplias de una sola especie con el contorno bien definido, contraste entre hoja fina gris y hoja ancha oscura, y una lámina de agua o una superficie de grava clara que actúe de fondo. El resultado no se parece a un jardín tropical, pero sí obedece a la misma gramática.
Un aviso sobre las gramíneas ornamentales
El gusto por las masas de gramíneas ha traído a los jardines españoles especies que se comportan como invasoras. El plumero de la pampa (Cortaderia selloana) y el rabo de gato (Pennisetum setaceum) figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, regulado por el Real Decreto 630/2013, lo que prohíbe su comercio, posesión y plantación. Las dos producen enormes cantidades de semilla que el viento lleva muy lejos, de modo que un ejemplar de jardín acaba colonizando taludes y descampados del entorno. Para el mismo efecto visual hay alternativas autóctonas como el esparto, el Lygeum spartum o el carrizo ornamental de porte contenido.
Lo que el Sítio enseña sobre el mantenimiento
Un detalle poco comentado del Sítio es que fue, sobre todo, un vivero de producción. Burle Marx aclimataba, multiplicaba y ensayaba allí las plantas antes de usarlas en sus proyectos, y descartaba las que no aguantaban. Ese paso, el ensayo previo, es el que casi nunca se da en jardinería doméstica: se compra por la foto de la etiqueta y se planta en el sitio definitivo.
La versión casera es modesta pero eficaz: probar una especie nueva en dos o tres ejemplares durante un año completo, verano incluido, antes de plantar los treinta que exige una masa. En un jardín mediterráneo, la planta que ha pasado un agosto sin riego de rescate es la única que se puede considerar fiable.
En resumen
El Sítio Roberto Burle Marx, en Río de Janeiro, es a la vez la casa, el vivero y la obra personal del paisajista que convirtió la flora tropical brasileña en material de jardín moderno. Reúne miles de especies, muchas recolectadas por él, y desde 2021 es Patrimonio Mundial de la Unesco.
Su método se resume en cinco decisiones que funcionan en cualquier clima: masas amplias de una sola especie, prioridad de la hoja sobre la flor, bloques de color con contorno definido, el suelo como parte del dibujo y el agua y la roca como materiales más. Aplicado a un jardín español con lentiscos, mirtos, jaras, lavandas y esparto, produce un jardín reconocible, coherente y sostenible con el agua de la que se dispone.