En El paso de la laguna Estigia, la tabla que Joachim Patinir pintó hacia 1520 y que cuelga en el Museo del Prado, el barquero Caronte lleva un alma por un río que separa la orilla del Paraíso de la del Infierno. Lo que convierte ese cuadro en una cita para cualquiera que sepa algo de plantas no es la escena, sino el suelo: en la ribera derecha, la del Infierno, hay un puñado de especies pintadas con detalle suficiente para identificarlas por género y, en casi todos los casos, por especie.
El jardinero e investigador Eduardo Barba catalogó el repertorio vegetal de la pintura del Prado y publicó el resultado en El jardín del Prado. De su recorrido salió una lista concreta para esta tabla: manzano, azucena blanca, llantén menor, celidonia, fresa silvestre, rosa de boticarios, escaramujo y lirio amarillo. Todas son plantas europeas comunes, y todas se pueden ver hoy en un campo o en un jardín español.
En El paso de la laguna Estigia, el barquero Caronte transporta a un alma entre la abrupta costa del Paraíso y la orilla del Infierno. Foto: Wikimedia Commons
Las plantas que aparecen en la tabla
| Nombre común | Nombre científico | Qué es |
|---|---|---|
| Manzano | Malus domestica | Árbol frutal caducifolio |
| Azucena blanca | Lilium candidum | Bulbosa de flor blanca |
| Llantén menor | Plantago lanceolata | Vivaz de roseta basal |
| Celidonia | Chelidonium majus | Vivaz de flor amarilla y látex naranja |
| Fresa silvestre | Fragaria vesca | Vivaz estolonífera de fruto pequeño |
| Rosa de boticarios | Rosa gallica | Rosal arbustivo antiguo |
| Escaramujo | Rosa canina | Rosal silvestre sarmentoso |
| Lirio amarillo | Iris pseudacorus | Iris de ribera, flor amarilla |
Por qué se pueden reconocer
La pintura flamenca de principios del siglo XVI trabajaba con óleo sobre tabla y con veladuras que permiten un grado de detalle que el fresco no alcanza. A esa técnica se sumaba una costumbre de taller: dibujar del natural. El resultado es que las plantas de estos cuadros no son manchas verdes decorativas sino retratos, y se identifican por los mismos caracteres que usa cualquier clave botánica.
En el caso de esta tabla, la distinción entre los dos rosales es el ejemplo más claro. Rosa canina es un arbusto sarmentoso, de tallos largos y arqueados que se apoyan en lo que pillan, con hojas de foliolos pequeños y aguijones ganchudos. Rosa gallica forma una mata más baja, densa y erguida, que rebrota de raíz y no trepa. Pintados uno al lado del otro, los dos portes se leen sin esfuerzo. Con el llantén menor pasa algo parecido: la roseta de hojas lanceoladas con nervios paralelos marcados y la espiga corta sobre un tallo largo y estriado son inconfundibles, y no se parecen a las de Plantago major, que tiene la hoja ancha y ovalada.
Conviene una precisión sobre lo que se puede afirmar y lo que no. Que las especies sean identificables es una observación verificable ante la tabla. La intención simbólica que se atribuye a cada una es interpretación: la azucena blanca como emblema de pureza, el manzano cargado de fruta en la orilla equivocada como reclamo, la fresa como signo ambiguo. Son lecturas razonables y muy repetidas en la iconografía cristiana, pero lecturas al fin y al cabo, no datos botánicos.
El manzano, la azucena y el resto, fuera del cuadro
Lo interesante de la lista es que no es exótica. Salvo el manzano cultivado, que es un híbrido de origen antiguo, todas son plantas que crecen espontáneas en buena parte de Europa y de la península ibérica, y que un jardinero español puede tener sin dificultad.
El manzano (Malus domestica) es un frutal caducifolio de clima templado que necesita frío invernal para florecer bien. En el norte peninsular, en la meseta y en zonas de montaña se cultiva sin problema; en el litoral mediterráneo cálido y en el sur, los inviernos suaves no cubren esa necesidad de horas de frío y la producción se resiente, por eso allí dominan otros frutales. Necesita además polinización cruzada: un solo manzano de una variedad autoestéril da poca fruta si no tiene cerca otra variedad que florezca a la vez.
La azucena blanca (Lilium candidum) es una bulbosa mediterránea, y eso la hace más fácil aquí que la mayoría de los lirios de jardinería. Su ciclo es particular: emite una roseta de hojas en otoño que pasa el invierno verde, florece a principios del verano y luego se seca. Quiere suelo bien drenado, sol y, a diferencia de casi todos los demás Lilium, tolera bien la caliza. El bulbo se planta poco profundo, con la punta casi a ras de suelo, y agradece que se le deje seco en pleno verano una vez pasada la floración.
La fresa silvestre (Fragaria vesca) es la fresa de bosque, mucho más pequeña y aromática que la de cultivo. Vive bien en media sombra fresca, se extiende por estolones y funciona muy bien como tapizante bajo arbustos de suelo húmedo. En el sur seco necesita sombra y riego para no achicharrarse.
El escaramujo (Rosa canina) es el rosal silvestre más extendido en setos y linderos ibéricos. Se ha usado tradicionalmente como patrón de injerto de rosales cultivados por su rusticidad. En jardín tiene sentido en setos informales y en zonas naturalizadas, no en un arriate ordenado: crece mucho y se defiende con aguijones. La rosa de boticarios (Rosa gallica) es otra cosa: uno de los rosales antiguos de los que descienden muchas variedades europeas, de flor densamente perfumada, floración única en primavera y porte contenido. Aguanta suelos pobres mejor que los rosales modernos de flor continua.
El lirio amarillo (Iris pseudacorus) es la especie de ribera de nuestros ríos y acequias. Vive con el rizoma encharcado o en suelo permanentemente húmedo, y es la planta de borde de estanque más agradecida que hay en España: no necesita cuidados y florece en primavera. Su único inconveniente es la fuerza con la que coloniza: en un estanque pequeño se come el borde entero en pocos años, así que conviene plantarla en cesta y dividirla cada dos o tres.
Dos plantas de las que conviene saber algo más
La celidonia (Chelidonium majus) es una vivaz de la familia de las amapolas que aparece sola en muros, cunetas y suelos removidos con algo de sombra. Se reconoce al instante por el látex naranja intenso que sueltan el tallo y las hojas al romperlos. Ese látex es irritante para la piel y las mucosas, y la planta es tóxica por ingestión. Se le han atribuido usos tradicionales que no procede repetir aquí: si alguien se ha manchado o ha ingerido parte de la planta, la consulta es al médico, y si el afectado es un animal, al veterinario.
El lirio amarillo también merece la advertencia. Su rizoma es tóxico por ingestión y la savia puede irritar la piel de las personas sensibles. Es una planta de estanque perfectamente normal, pero conviene manejar los rizomas con guantes al dividirla y no plantarla al alcance de niños pequeños que exploren con la boca.
Del llantén menor hay poco que advertir salvo un dato práctico y molesto: su polen es una causa reconocida de alergia estacional en primavera. En un jardín usado por alérgicos no compensa dejarlo espigar.
Recrear la orilla del cuadro en un jardín
La combinación de la tabla funciona como grupo de plantación real, y no por casualidad: son especies que comparten hábitat en la Europa templada. Un rincón semisombreado con suelo fresco admite el manzano como árbol de sombra ligera, la fresa silvestre como tapizante a sus pies, la celidonia asomando por la base de un muro y las dos rosas cerrando el fondo. La azucena pide más sol y mejor drenaje, así que va en el borde soleado del grupo. El lirio amarillo solo tiene sentido si hay agua: un estanque, un arroyo o una zona que se encharque en invierno.
En clima mediterráneo seco esa escena hay que traducirla. El manzano se sustituye por un frutal adaptado, la fresa silvestre necesita riego y sombra de verdad, y la celidonia solo prospera en el norte húmedo o en rincones frescos con sombra la mayor parte del día. Lo que aguanta bien el verano peninsular sin más ayuda es Rosa canina, Rosa gallica y la azucena blanca, que es precisamente la parte mediterránea de la lista.
En resumen
La tabla de Patinir en el Prado es un catálogo botánico útil, no solo un cuadro con vegetación de fondo: ocho especies europeas pintadas con detalle suficiente para identificarlas, desde el manzano y la azucena blanca hasta los dos rosales silvestres, la fresa de bosque, el llantén, la celidonia y el lirio amarillo de ribera. La identificación es observable; la carga simbólica que se les atribuye es interpretación, y conviene distinguir las dos cosas.
Fuera del museo, casi toda esa lista es cultivable en España con criterios sencillos: sol y drenaje para la azucena, sombra fresca para la fresa silvestre, agua permanente para el lirio amarillo, y frío invernal suficiente para el manzano. Con dos avisos: la celidonia es tóxica por ingestión y su látex irrita la piel, y el rizoma del lirio amarillo también lo es. Ante cualquier incidente, el médico o el veterinario.