Una planta en maceta vive en un volumen cerrado de sustrato, sin conexión con el suelo y sin reservas a las que recurrir. Todo lo que necesita se lo tiene que dar alguien, y todo lo que le sobra se queda dentro. Por eso el cultivo en contenedor no es una versión reducida de la jardinería de suelo: tiene sus propias reglas, y casi todas tienen que ver con el agua.

Además de recipiente, la maceta es una pieza de mobiliario que sirve para organizar el espacio, y eso resuelve problemas que en una terraza no tienen otra solución. Empezamos por ahí y seguimos con la parte técnica.

Macetas que organizan el espacio

En una terraza no se pueden levantar tabiques, pero sí colocar volúmenes. Una fila de contenedores altos plantados con perennifolias densas hace de biombo entre la zona de comer y la de estar, tapa la vista del vecino o cierra un paso sin necesidad de obra. Es la función más útil del contenedor y la menos aprovechada.

También sirve como pantalla cortavientos, que en un ático es una necesidad práctica: el viento seca las plantas mucho más que el sol y hace inhabitable la terraza media tarde. Coníferas, laureles, mirtos o bambúes cespitosos en línea reducen mucho su fuerza, y a diferencia de una mampara no producen turbulencias detrás.

Y permiten ajardinar el plano vertical, que en una terraza es la mayor superficie disponible. Una maceta profunda al pie de una pared con una celosía o unos cables tensados basta para que una trepadora cubra varios metros cuadrados sin ocupar suelo. Con una pérgola, el mismo recurso da sombra en dos o tres temporadas, que es la única sombra que de verdad refresca.

El peso, antes de comprar nada

Es la comprobación que más veces se salta y la única que puede tener consecuencias graves. Una maceta grande con el sustrato mojado y una planta adulta pesa mucho más de lo que sugiere el catálogo, y varias juntas concentradas en un punto de un forjado son una carga considerable.

Tres precauciones razonables. Consultar a un técnico antes de instalar contenedores grandes o un árbol en un ático o una terraza. Repartir el peso pegado a los muros de carga y al perímetro, que es donde el forjado apoya, en lugar de acumularlo en el centro del vano. Y usar sustratos aligerados con perlita, picón, arlita o fibra de coco, que reducen bastante el peso frente a la tierra de jardín, y contenedores de fibra o resina en lugar de barro y hormigón cuando el volumen sea grande.

Drenaje: lo que hay que hacer y lo que no

El agujero de drenaje es innegociable, salvo en los contenedores con depósito de autorriego, que están diseñados para funcionar de otra manera. Sin salida de agua, el fondo se encharca y las raíces se asfixian, y ese es el final más frecuente de las plantas de terraza.

Aquí conviene desmentir un consejo repetidísimo: la capa de guijarros o de bolas de arcilla en el fondo de la maceta no mejora el drenaje, lo empeora. El motivo es que el agua no pasa con facilidad de un material fino a otro más grueso; se queda retenida en el sustrato hasta que este se satura. Con una capa de grava debajo, la franja saturada de la base sube en lugar de bajar, y además se pierde volumen útil de sustrato. Lo que sí funciona es un sustrato bien estructurado en todo el recipiente, agujeros suficientes y sin obstruir, un trozo de malla o de tela geotextil encima de los agujeros para que no se escape la tierra, y elevar la maceta sobre pies o tacos para que el agua salga y el fondo no quede sellado contra el pavimento.

Sobre los platos: son útiles para no manchar, pero el agua no puede quedarse en ellos. Un plato lleno mantiene el fondo encharcado permanentemente. Se vacía media hora después de regar, y en verano se sustituye por unos tacos que separen la maceta del suelo.

El sustrato

El sustrato de una maceta no es tierra de jardín. La tierra sola se compacta con los riegos, deja de airearse y se convierte en un bloque. Lo que se necesita es una mezcla que retenga agua y a la vez mantenga aire entre las partículas.

Como orientación, para la mayoría de plantas sirve un sustrato universal de calidad al que se le añade entre un veinte y un treinta por ciento de material drenante, sea perlita, arena gruesa de río o picón. Para plantas mediterráneas, cactáceas y crasas, esa proporción sube bastante y se reduce la materia orgánica. Para acidófilas (camelias, azaleas, hortensias azules, arándanos) hace falta un sustrato específico de pH ácido, y además regarlas con agua descarbonatada o de lluvia, porque el agua dura de buena parte de España les sube el pH en pocos meses.

El sustrato se agota y se compacta. Cada primavera conviene retirar los cinco o siete centímetros superficiales y reponerlos con mezcla nueva, y cada dos o tres años trasplantar a un recipiente mayor, o, si la planta ya está en su maceta definitiva, sacar el cepellón, recortar las raíces del exterior y devolverlo con sustrato fresco alrededor.

El riego

Las plantas en maceta se secan mucho más deprisa que en el suelo, y en verano, en una terraza al sur, pueden necesitar riego diario. Regar por encima, mojando solo la superficie, es peor que no regar: la parte baja del cepellón se queda seca y las raíces se concentran arriba.

La forma correcta es regar hasta que salga agua por los agujeros de drenaje, y luego esperar a que el sustrato se seque en los primeros centímetros antes de repetir. Se comprueba metiendo el dedo, no mirando la superficie, que engaña. Y una advertencia: si el cepellón se ha secado del todo, el sustrato se vuelve hidrófobo y el agua resbala por los bordes sin penetrar. En ese caso hay que sumergir la maceta entera en un barreño durante veinte minutos.

Con más de cinco o seis macetas, un goteo con programador deja de ser un lujo y pasa a ser lo sensato, sobre todo por las vacaciones de agosto. Los tubos se llevan pegados a la pared, por detrás de los contenedores, con uno o dos goteros por maceta según el tamaño. Las macetas con depósito de autorriego son una alternativa razonable para quien no puede instalar tubería.

El abonado

En un volumen cerrado, los nutrientes se agotan y además se lavan con cada riego que sale por el drenaje. Una planta en maceta que lleva dos años sin abonarse está pasando hambre, aunque se riegue perfectamente.

Lo más cómodo es un abono de liberación lenta incorporado al sustrato al principio de la primavera, que cubre buena parte de la temporada. La alternativa es un abono líquido en el agua de riego cada dos o tres semanas durante el periodo de crecimiento. En ambos casos se reduce o se suspende en pleno invierno, cuando la planta está parada, y también en los días más duros del verano, porque abonar un cepellón seco quema las raíces. Menos cantidad y más a menudo siempre es mejor que una dosis grande.

Sol, calor y viento

El cepellón de una maceta al sol alcanza temperaturas que en el suelo no se dan nunca, y las raíces sufren antes que las hojas. Los recipientes oscuros y los metálicos son los que más se calientan; el barro claro y la madera, los que menos.

Hay dos soluciones sencillas. Una es el doble contenedor: meter la maceta de cultivo dentro de otra mayor, con la cámara de aire haciendo de aislante. La otra es acolchar la superficie del sustrato con corteza de pino, grava o gravilla, que reduce la evaporación, mantiene la temperatura más estable y en invierno abriga las raíces.

Cuanto más alta es la terraza, más viento y más sol recibe. Eso obliga a regar más y a elegir plantas que lo toleren, y también a pensar en la estabilidad: contenedores anchos de base y bajos de centro de gravedad, y nada de macetas altas y estrechas con arbustos grandes en una barandilla.

El invierno

Una planta rústica en el suelo puede no serlo en maceta. La razón es que las raíces son bastante menos resistentes al frío que la parte aérea, y en un contenedor están expuestas por todos los lados en lugar de protegidas por metros de tierra.

En zonas de heladas conviene agrupar las macetas juntas y contra un muro de la casa, envolver los recipientes con malla, arpillera o plástico de burbujas, dejando siempre libre el drenaje, acolchar la superficie, y reducir mucho el riego, porque el sustrato frío y mojado es lo que mata. Y comprobar que los recipientes de barro son resistentes a heladas: el agua absorbida por la pared se congela, se dilata y los descascarilla.

En resumen

El cultivo en maceta se resuelve con media docena de decisiones: recipiente amplio con agujeros de drenaje libres y elevado del suelo, sustrato aireado y renovado cada año en superficie, riego hasta que salga agua por abajo y no antes de que se seque la capa superior, abonado regular durante el crecimiento y acolchado permanente.

Y dos cosas que no se hacen: no se pone una capa de grava en el fondo, porque empeora el drenaje en lugar de mejorarlo, y no se deja agua estancada en el plato. Antes de instalar contenedores grandes o un árbol en un ático, la carga sobre el forjado la valora un técnico.


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