Villandry, en el valle del Loira, es el jardín que convirtió un huerto en obra de arte. Sus nueve cuadros de hortalizas, trazados con setos recortados y compuestos por bloques de color, son la referencia mundial del huerto ornamental, y probablemente lo más aprovechable que puede llevarse a casa quien cultiva verduras y quiere además que se vean bien.
El castillo es del siglo XVI, el último de los grandes edificios renacentistas construidos a orillas del Loira. Los jardines que se visitan hoy, en cambio, no son originales: son una reconstrucción de principios del siglo XX hecha por un médico español que dedicó su vida a ello. Esa doble condición, jardín renacentista y obra personal de un aficionado obsesivo, explica cómo es.
Desde el belvedere la vista de los jardines de Villandry resulta deslumbrante. Abajo, el castillo. El conjunto es una de las joyas del Valle del Loira.
Un médico de Don Benito en el Loira
Joaquín Carvallo nació en Don Benito, Badajoz, y trabajaba en París en el laboratorio del fisiólogo Charles Richet, que años después recibiría el premio Nobel de Medicina. En 1906 compró con su mujer, la estadounidense Ann Coleman, el castillo de Villandry, que estaba en muy mal estado y con riesgo de demolición.
Lo que se encontró en la explanada no eran los jardines del siglo XVI, sino un parque paisajista de estilo inglés, la moda del XIX, que había borrado el trazado anterior. Carvallo abandonó la investigación científica y se dedicó a documentar la jardinería renacentista para reconstruir el conjunto, apoyándose en grabados de la época y en tratados. El resultado no es una restauración arqueológica, porque no había planos que seguir, sino una recreación coherente con las reglas del período y con su propia imaginación. Es un jardín del siglo XX que piensa como uno del XVI.
El jardín del amor
La parte más fotografiada es el jardín ornamental, y en concreto los cuatro cuadros dedicados al amor, dibujados con filigranas de seto bajo y rellenos de flor de colores distintos según el tema.
El amor tierno se representa con corazones separados por llamas, y máscaras que aluden al baile donde se produce el encuentro. El amor apasionado usa los mismos corazones, pero rotos y mezclados en desorden, con el color más intenso. El amor voluble o inconstante se dibuja con abanicos, con los cuernos del engaño y con los billetes de amor esparcidos, y se rellena de flor amarilla, el color de la traición. El amor trágico se traza con hojas de puñales y espadas, y su relleno es rojo.
Al lado, el jardín de la música traduce en setos las formas de las liras y las arpas y los candelabros que iluminaban las partituras. El jardín de las cruces reúne la cruz de Malta, la del Languedoc y un lauburu vasco, guiño personal del propietario. Y el laberinto no está pensado para perderse: tiene un solo camino hasta el centro, y se sale volviendo sobre los pasos.
Todo esto se entiende de golpe desde el belvedere, la terraza alta desde la que se ve el conjunto. Ese es el punto de vista para el que está compuesto: de cerca se ven plantas, de lejos se ve el dibujo. El escalonamiento en terrazas a tres niveles, herencia del Renacimiento italiano, existe precisamente para eso.
El huerto, que es la pieza importante
En la terraza más baja está el potager, el huerto decorativo, y es lo que hace único a Villandry. Nueve cuadros del mismo tamaño, cada uno con un dibujo geométrico distinto, plantados enteramente con hortalizas y bordeados por setos bajos recortados, con rosales de pie alto en las esquinas de los parterres.
La idea no es un capricho decimonónico. Viene de los huertos monásticos medievales, donde el cultivo de alimento se organizaba en cuadros regulares dentro del claustro, y el Renacimiento la recuperó añadiendo la ambición compositiva. Lo que Villandry demuestra es que una col lombarda, un puerro o una acelga tienen, en masa y a distancia, tanta capacidad de color y textura como una flor.
El sistema funciona así. Cada cuadro se planta dos veces al año, en primavera y en verano, de modo que la imagen cambia por completo entre junio y septiembre. Las hortalizas se agrupan en bloques monoespecíficos de forma geométrica, nunca en filas mezcladas, y se eligen por su color de hoja: el azul verdoso del puerro, el gris del cardo y de la col, el morado intenso de la lombarda, el rojo de la acelga de penca roja, el verde claro de la lechuga, el rizado de la col crespa. Y hay rotación entre cuadros, de manera que ninguna familia repite parcela en años consecutivos.
Cómo trasladar esa idea a un huerto español
Copiar el trazado es fácil; copiar el calendario, imposible. Villandry está en un clima atlántico de veranos suaves, y buena parte de su paleta son cultivos de estación fresca. Una lombarda o un puerro que allí lucen en julio, en Toledo o en Córdoba se espigan o se paran.
La traducción razonable pasa por invertir la temporada de las hortalizas de hoja. En clima mediterráneo, el momento de brillo de coles, lombardas, acelgas, puerros, cardos y lechugas es de octubre a mayo, y ahí es donde el huerto ornamental se ve espectacular, justo cuando el resto del jardín está apagado. Para el verano, la estructura de color la dan otras plantas: berenjena, de hoja grande y grisácea y porte muy escultórico; pimientos y guindillas, que aportan color con el fruto; calabazas y calabacines como masa rastrera; tomate conducido en vertical sobre obeliscos o espalderas; albahaca y perejil como borduras bajas; y cardo y alcachofa, que dan la mata gris de mayor porte que existe en un huerto.
Sobre el seto que enmarca los cuadros hay que hacer una advertencia. El boj, material clásico de Villandry, se enfrenta hoy en España a la oruga del boj (Cydalima perspectalis), una polilla de origen asiático hoy muy extendida que puede defoliar un seto en pocos días, y al hongo del decaimiento del boj. Para un huerto ornamental nuevo tiene más sentido usar mirto, Lonicera nitida, romero recortado o lavandas, o directamente marcar los cuadros con bordillos de madera o de teja, que era como se hacía en muchos huertos tradicionales.
Y una precisión de escala: no hace falta una hectárea. El sistema funciona igual en cuatro cuadros de dos metros por dos, separados por caminos de gravilla de sesenta centímetros. Lo que hace el efecto no es el tamaño, es que cada cuadro esté plantado con una sola cosa, en bloque, y que los caminos estén limpios y rectos.
El agua y el resto del conjunto
Villandry organiza el agua en un gran estanque en forma de espejo, rodeado por un talud de césped, del que parte un canal escalonado con pequeños saltos que se oye desde buena parte del jardín. Es un recurso muy renacentista y muy útil: el sonido del agua en movimiento tapa el ruido de fondo y da sensación de frescor sin necesidad de grandes láminas.
Completan el recorrido un jardín de plantas medicinales y aromáticas, en cuadros pequeños al modo de los huertos de simples medievales, y el jardín del sol, incorporado ya en el siglo XXI a partir de planos preparatorios del propio Carvallo.
Cuándo ir
El huerto tiene dos momentos distintos. La plantación de primavera está en su punto entre finales de mayo y junio, con los colores todavía frescos y los bloques muy definidos. La de verano alcanza el máximo volumen entre agosto y septiembre, con las calabazas ya hechas y las coles a pleno tamaño, y es cuando el conjunto se ve más denso.
El jardín ornamental, en cambio, se lee mejor en primavera, cuando los setos están recién recortados y las flores de relleno recién plantadas. Y para entender el trazado conviene subir al belvedere antes de bajar a recorrerlo, no después.
En resumen
Villandry es un jardín renacentista reconstruido en el siglo XX por un médico extremeño que dejó la ciencia para dedicarse a él, y su interés no se agota en las alegorías del amor recortadas en seto. Lo verdaderamente influyente es el potager: la demostración de que un huerto compuesto en bloques de color, con setos que lo enmarcan y caminos limpios, es tan decorativo como un parterre de flor.
Trasladarlo a España pide una sola adaptación, la del calendario: las hortalizas de hoja que allí lucen en verano aquí lucen de otoño a primavera, y el verano se resuelve con solanáceas, cucurbitáceas y cardos. Con eso, y con cuatro cuadros de dos metros de lado, se tiene la misma idea funcionando en un jardín cualquiera.