Un jardín verde es posible en cualquier punto de España, pero no con las mismas plantas. La lista que funciona en Pontevedra, con lluvia repartida todo el año y suelo ácido, no tiene casi nada que ver con la que aguanta en Murcia, y menos aún con la de un pueblo de Soria, donde hay que sobrevivir a la vez a las heladas y a un verano seco.

La regla que ahorra más disgustos es elegir especies autóctonas o bien adaptadas al clima y al suelo de la zona. Arraigan antes, se enferman menos y, sobre todo, tienen el aspecto que se espera de ellas sin tratamientos ni riegos de rescate. A partir de ahí, la paleta se ordena por regiones.

Coníferas enanas, arbustos perennifolios y helechos llenan de vida verde este muro de contención de un talud en un barrio de París. Abajo, un jardín vertical.

Norte atlántico

Es donde el jardín verde tiene menos límites. La humedad ambiental y los suelos ácidos permiten la gama más amplia de verdes que existe en la Península, desde los brillantes y oscuros de camelia, magnolio, laurel, acebo y pitósporo hasta los tenues del pieris, la nandina, la abelia o el Coleonema.

Los pazos gallegos son el modelo de referencia, y no por casualidad: combinan masas de perennifolias de hoja grande y brillante con piedra, agua y prados segados, que es exactamente la fórmula del jardín verde antes de que se llamase así. Se le puede añadir el estrato de helechos, que en el norte crecen prácticamente solos.

El problema del norte no es el frío ni la sequía, es el exceso de agua en invierno y los hongos. Conviene una plantación aireada, con distancias suficientes, y evitar rincones sin ventilación.

Área mediterránea

Aquí la paleta gira hacia los verdes oscuros y hacia los grises y azulados, y las aromáticas leñosas se convierten en material de construcción del jardín. Mirto, lentisco, filirea, durillo, romero, lavandas, santolina y olivilla dan estructura permanente, admiten recorte y no piden agua una vez establecidas.

Para setos, la Eugenia myrtifolia (hoy Syzygium australe) y el Viburnum lucidum han ganado terreno frente al ciprés por su brote de color bronce y por lo bien que admiten la tijera. En el litoral, donde hay que contar con el viento salino, funcionan además los Metrosideros neozelandeses, las Coprosma de hoja lustrosa, el Ozothamnus rosmarinifolius y la Westringia fruticosa.

La restricción que hay que respetar en el este y el sur es el suelo calizo y el agua dura. Camelias, azaleas, rododendros y pieris quedan descartados salvo en maceta con sustrato ácido, y forzarlos acaba siempre en clorosis.

Interior continental

Es el clima más exigente de los cuatro, porque suma dos filtros: heladas fuertes en invierno y verano seco y caluroso. Muchas perennifolias mediterráneas del litoral no lo pasan, y muchas plantas de sombra del norte tampoco.

Lo que sí aguanta: encina y coscoja, enebros y sabinas, tejo, boj en su papel clásico si se asume el problema de la oruga, laurel en sitio resguardado, durillo, Euonymus japonicus, ligustros, e Iris foetidissima, Liriope, Ophiopogon y acanto en los estratos bajos. Entre las aromáticas, el espliego (Lavandula angustifolia) y la salvia común son las más rústicas.

Sureste árido y Canarias

En Almería, Murcia, el sur de Alicante y buena parte de Canarias, el jardín verde deja de basarse en arbustos de hoja y pasa a basarse en formas escultóricas: ágaves, aloes, Aeonium, euforbias suculentas, cactáceas y palmeras, sobre suelos de picón, grava volcánica o albero.

Dos precauciones. Las euforbias suculentas tienen un látex tóxico e irritante, especialmente peligroso en los ojos, y se podan con guantes. Y conviene comprobar la especie antes de comprar, porque algunas suculentas y crasas muy usadas en jardinería se comportan de forma invasora en el litoral y en las islas, colonizando terrenos alterados a partir de fragmentos.

Coníferas y gramíneas

Las coníferas son el grupo que más matices aporta a un jardín verde y el peor utilizado. Bien empleadas dan la gama entera, del verde casi negro del tejo al azul de algunos enebros y al dorado de las variedades amarillas, y una colección de formas que ninguna otra familia ofrece: columnar, rastrera, en cojín, en cono, en nube.

El error clásico es plantar una conífera de porte grande en un jardín pequeño, y descubrir a los diez años que ocupa toda la parcela. Conviene mirar el tamaño adulto y no el de la maceta, y preferir cultivares enanos o de crecimiento lento, que existen prácticamente para cada especie. En el interior peninsular, enebros y sabinas son la elección natural; en el norte hay más margen.

Las gramíneas aportan lo contrario: ligereza, movimiento y sonido, y un cambio estacional muy marcado que compensa la rigidez de las perennifolias. Stipa gigantea y Nassella tenuissima para clima seco, Festuca glauca para matas azuladas compactas, Miscanthus sinensis para masas altas, Hakonechloa macra para sombra fresca. Se limpian una vez al año, a finales de invierno. Antes de comprar plumero de la Pampa (Cortaderia selloana), conviene saber que está incluido en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras aprobado por el Real Decreto 630/2013, que prohíbe su posesión, comercio y plantación.

Doce plantas para construir la paleta

  • Osmanthus heterophyllus. Arbusto perennifolio de hoja espinosa parecida a la del acebo, con cultivares variegados. Flores blancas diminutas y muy perfumadas a final de verano. Rústico y de crecimiento lento, admite recorte.
  • Hakonechloa macra. Gramínea rizomatosa de treinta o cuarenta centímetros, con hojas largas y arqueadas que caen como una fuente. Verde tierno en la especie, amarillos y cremas en los cultivares. Necesita sombra fresca y suelo que no se seque: es planta de norte, no de meseta.
  • Helleborus argutifolius. Eléboro de Córcega y Cerdeña, con hojas coriáceas de tres foliolos aserrados y grandes flores verdosas desde finales de invierno. Aguanta la sequía estival mejor que otros eléboros. Como todos los del género, es tóxico por ingestión.
  • Brunnera macrophylla. Vivaz de sombra con hojas acorazonadas y una nube de florecillas azules en primavera. Los cultivares de hoja plateada iluminan mucho un rincón oscuro. Quiere suelo rico y fresco, y se resiembra con facilidad.
  • Itea ilicifolia. Arbusto de follaje perenne y brillante que crece mejor apoyado en un muro, donde puede alcanzar los tres metros. En verano da racimos colgantes larguísimos con perfume a miel. Exige sustrato profundo y ligero.
  • Sarcococca. Para sombra densa, incluso seca. Mata redondeada de un metro, hoja perenne estrecha y lustrosa, y flores minúsculas en pleno invierno con una fragancia desproporcionada para su tamaño. Sirve también como cubresuelos.
  • Euonymus japonicus. El evónimo, uno de los arbustos más plantados en España por su resistencia y por el valor decorativo de sus hojas, muchas veces bicolores. Admite bien la tijera. Su punto débil es el oídio, que aparece con humedad y poca ventilación.
  • Festuca glauca. Mata compacta y redondeada de un azul plateado muy limpio, con espigas doradas en verano. Pleno sol, suelo pobre y seco, y muy rústica. Se renueva cada tres o cuatro años, porque se abre por el centro.
  • Euphorbia characias. Vivaz de hojas verdeazules dispuestas en espiral y grandes inflorescencias de brácteas verde limón desde finales de invierno. Sol y suelo seco. Su látex es tóxico e irritante, sobre todo en los ojos: se poda con guantes.
  • Hebe. Numerosos híbridos, algunos variegados, en matas densas y redondeadas que casi no necesitan poda. Sol o semisombra, y espigas de flor violeta, blanca o azulada. Aguantan heladas moderadas, no las del interior más frío.
  • Escallonia rubra. Arbusto perennifolio de hoja pequeña y brillante, muy usado en setos libres, con florecillas rosadas. Resiste bien el viento marino, y por eso es un clásico de los jardines del norte y del litoral. Sol y suelo drenado.
  • Fatsia japonica. Hojas palmeadas enormes, umbelas de flor en otoño y frutos negros en invierno. Es la planta de textura gruesa por excelencia para sombra, y funciona igual de bien en un patio que en maceta grande. No aguanta heladas fuertes ni el sol directo de verano.

En resumen

El jardín verde se adapta a cualquier región española cambiando la paleta, no el planteamiento: hoja grande, brillante y ácida en el norte; perennifolias y aromáticas mediterráneas en el este y el sur; especies rústicas de secano en el interior; y formas escultóricas de suculentas en las zonas áridas.

Las coníferas aportan la gama de tonos y de siluetas, y las gramíneas el movimiento y el cambio estacional que compensa la rigidez del resto. Con doce o quince especies bien elegidas, repetidas en masas amplias, se construye un jardín que se ve igual de bien en enero que en agosto y que no depende de una sola floración.


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