Un jardín verde es el que renuncia a que la flor sea la protagonista y confía el interés al follaje: a los matices de verde, a la textura de las hojas y a la silueta de las plantas. No es un jardín sin flores, es un jardín donde las flores son un acento y no el argumento.
La razón para hacerlo no es solo estética. Un jardín construido con perennifolias tiene el mismo aspecto en enero que en agosto, no depende de que coincidan floraciones que duran tres semanas, y elimina de un plumazo la partida de trabajo y de agua más pesada de la jardinería doméstica, que es la planta de temporada. En un clima como el español, donde el verano quema casi todo lo que florece, esa estabilidad vale mucho.
Todo en verde: bojes recortados en forma de puf, carpes tallados en pirámide y árboles, arbustos y vivaces. Este despliegue formaba parte del Irish Sky Garden que Diarmuid Gavin presentó en el Chelsea Flower Show de 2011.
Por qué es más fácil que un jardín de color
Componer con flor es difícil. Hay que conocer el ciclo de cada especie, calcular qué coincide con qué, prever qué aspecto tiene una mata cuando termina de florecer y resolver los huecos que deja. Componer con follaje es mucho más agradecido, porque lo que se ve en el vivero es aproximadamente lo que habrá todo el año.
A eso se suman ventajas que se notan en el mantenimiento. Las perennifolias no dejan el arriate vacío en invierno. Casi todas son de crecimiento lento o moderado, y una vez establecidas piden poco. La mayoría de las plantas mediterráneas y de las coníferas entran en esta categoría, y son precisamente las que menos riego consumen.
La contrapartida hay que asumirla: un jardín verde bien hecho depende del recorte. Si la forma es parte del argumento, hay que mantenerla, y eso son una o dos sesiones de poda al año en las plantas recortadas. Es un mantenimiento predecible, concentrado en fechas concretas, y bastante menor que el de una plantación de temporada, pero no es cero.
El verde no es un color, son muchos
La primera vez que se proyecta con una sola gama se descubre lo ancha que es. Hay verdes casi negros, como el del tejo; verdes esmeralda brillantes, como el del mirto o el del laurel; verdes amarillentos y ácidos, como los de muchas Hebe y de las variedades doradas de tuyas y ligustros; verdes grisáceos y azulados, como los de la olivilla, la festuca azul o algunos enebros; y verdes tiernos, casi transparentes a contraluz, como el de los helechos y el de la Hakonechloa.
Al color se suman dos cualidades que cambian mucho el resultado. Una es el brillo: una hoja lustrosa como la de la camelia o el laurel refleja luz y se ve dos tonos más clara al sol que una hoja mate del mismo verde. La otra es el envés. Muchas plantas mediterráneas tienen el revés de la hoja claro o plateado, y con el viento la copa entera cambia de color.
El follaje variegado es la herramienta para iluminar rincones oscuros, y también la que antes estropea un esquema si se abusa. Una regla que funciona: un solo variegado por zona, en masa amplia, en el punto que se quiere aclarar, y verdes lisos alrededor.
La textura hace el trabajo del color
Cuando se elimina la flor, lo que organiza la composición es el contraste de texturas, y se controla con el tamaño y la forma de la hoja.
Las hojas grandes y enteras (fatsia, acanto, aspidistra, magnolio, bananera) dan una textura gruesa, se leen desde lejos y funcionan como punto de peso visual. Las hojas pequeñas y densas (mirto, boj, Lonicera nitida, pitósporo enano) dan textura fina, se leen como masa continua y son las que admiten recorte en forma. Las hojas divididas o aciculares (helechos, gramíneas, romero, enebros) dan textura ligera y movimiento.
La composición se hace enfrentándolas. Una masa de hoja fina recortada al lado de una mata de hoja grande y suelta produce un contraste que sostiene la mirada sin necesidad de un solo pétalo. Repetir esa pareja a lo largo del jardín, con las mismas especies, es lo que le da unidad.
La forma: recorte, repetición y ritmo
El otro recurso es la silueta. Un jardín verde suele combinar formas geométricas o redondeadas recortadas con masas de crecimiento libre, y ese contraste entre lo domado y lo suelto es lo que evita que parezca un parterre de rotonda.
Las formas más usadas son la bola, el cono, la pirámide, el cojín bajo y la nube, esta última especialmente en olivos, enebros y pitósporos. La clave no está en la forma sino en la repetición: tres o cinco bolas del mismo tamaño repartidas a lo largo de un arriate crean un ritmo que ordena todo lo demás. Una bola sola es un objeto; cinco son una estructura.
Sobre el boj hay que decir algo que cambia las recomendaciones de hace quince años. El Buxus sempervirens se enfrenta en España a dos problemas serios: la oruga del boj (Cydalima perspectalis), una polilla de origen asiático detectada aquí en la década de 2010 y hoy muy extendida, capaz de defoliar un seto en pocos días, y el hongo del decaimiento del boj, que provoca manchas y desfoliación en condiciones húmedas. Plantar hoy setos y bolas de boj obliga a un seguimiento constante.
Las alternativas que hacen el mismo papel son varias: Ilex crenata, de hoja pequeña y aspecto muy similar, aunque prefiere suelo ácido y fresco; Lonicera nitida, más rápida y más barata, que necesita más recortes; el mirto (Myrtus communis) y el pitósporo enano (Pittosporum tobira 'Nana') en clima mediterráneo; el Teucrium fruticans si se quiere gris; y el tejo (Taxus baccata) para volúmenes mayores, con la precaución de que es tóxico en todas sus partes salvo el arilo rojo carnoso, y de que la intoxicación puede ser grave en personas y en animales.
Los estratos
Un jardín verde se lee mal si todo está a la misma altura, porque sin flor no hay nada que rompa la horizontal. Conviene trabajarlo en tres o cuatro capas.
- Arbolado. Da la escala y la sombra. Puede ser perennifolio (encina, magnolio, laurel, algarrobo) o caducifolio de silueta clara (carpe, tilo, roble fastigiado), que aporta el cambio estacional sin robar el protagonismo.
- Arbustos de estructura. Es el estrato que sostiene el jardín en invierno, y donde van las formas recortadas.
- Vivaces y gramíneas. Aportan movimiento, textura ligera y el único cambio estacional apreciable de la composición.
- Tapizantes. Cierran el suelo, reducen la escarda y evitan el aspecto de plantas sueltas sobre tierra desnuda.
Cómo entra el color
Un jardín verde no excluye el color, lo dosifica. La flor blanca es la que mejor encaja porque funciona como luz, no como color: durillo y Sarcococca en invierno, mirto y aliso marítimo en verano.
Después están los colores que no vienen de la flor. Las bayas de aucuba, durillo, Iris foetidissima o acebo cubren el otoño y el invierno. La corteza de un abedul blanco o de un arce sirve de punto luminoso en la estación fría. Y el follaje otoñal de una o dos caducifolias bien situadas da un golpe de color de tres semanas que se agradece justamente porque es breve.
El criterio para no romper el esquema es de proporción: el color, sea de flor o de hoja, debe quedarse en una fracción pequeña del conjunto y aparecer siempre en el mismo tipo de sitio, para que se lea como una decisión y no como una excepción.
En resumen
El jardín verde cambia el color por la textura y la forma, y a cambio obtiene algo que un jardín de flor no puede dar: el mismo aspecto los doce meses, menos riego y un mantenimiento predecible. Su paleta es mucho más amplia de lo que parece, entre los verdes oscuros, claros, azulados, dorados y variegados, y entre hojas grandes, finas y divididas.
Lo que lo sostiene es la repetición: pocas especies, en masas amplias, con formas recortadas que vuelven a aparecer a lo largo del recorrido y un contraste constante entre lo domado y lo suelto. Y una advertencia práctica antes de dibujar setos: el boj ya no es la elección segura que era, y hay varias alternativas que hacen el mismo papel sin la misma vigilancia.