Un jardín produce plantas, pero también puede producir renta, aprendizaje y vínculo entre quienes lo trabajan. Esa idea, que suena a discurso, tiene detrás una realidad bastante concreta: los cultivos ornamentales, aromáticos y hortícolas son de las actividades agrarias con menor inversión inicial, mayor demanda de mano de obra y más valor añadido por hectárea, y por eso aparecen una y otra vez en proyectos de desarrollo rural y de inserción social.

El ejemplo que ilustra este artículo está en Marruecos, a los pies del Alto Atlas, pero el mismo mecanismo funciona en un huerto municipal de Vallecas o en la parcela de una cooperativa en la Alcarria. Lo que cambia es la escala, no la lógica.

Cosecha de caléndulas en los Jardines Colectivos de Yves Saint Laurent Beauty en el valle del Ourika, Marruecos. Foto: Yves Saint Laurent Beauty

Un antiguo olivar en el valle del Ourika

En el valle del Ourika, a unos treinta kilómetros de Marraquech, los paisajistas Éric Ossart y Arnaud Maurières transformaron un antiguo olivar en un jardín productivo de dos hectáreas aterrazadas, organizado en parcelas donde se cultivan plantas destinadas a la industria cosmética. El cultivo y la recolección los lleva una cooperativa de mujeres de la zona, y el proyecto lo promueve una firma de cosmética francesa que utiliza esas plantas como ingredientes.

El interés jardinero del sitio va más allá del titular. Es un jardín de montaña seca, con inviernos frescos y veranos muy duros, aterrazado siguiendo la técnica tradicional del Atlas, que es la manera de cultivar en pendiente sin perder el suelo ni el agua. Y su repertorio, con caléndula, azahar, rosa, azafrán y aromáticas, es prácticamente el mismo que funciona en el secano del interior peninsular.

Conviene tomar con cierta distancia las cifras de producción y de impacto que difunden este tipo de iniciativas, porque las publica la propia empresa y no hay verificación independiente. Lo que sí es comprobable es el modelo: cultivo de plantas de alto valor, transformación en origen y comercialización a través de una estructura colectiva.

Por qué las plantas aromáticas funcionan como palanca

La razón es económica y bastante simple. Una hectárea de cereal en secano da un producto de valor bajo y muy mecanizado, es decir, con muy poco empleo asociado. Una hectárea de lavandín, de romero o de azafrán da un producto de valor alto por kilo, requiere mano de obra en la recolección y admite transformación local, que es donde se queda la mayor parte del margen.

A eso se suman tres ventajas prácticas. Son cultivos de secano o de riego muy escaso, adaptados al clima mediterráneo. No exigen suelos buenos, y de hecho el aroma suele ser mejor en suelos pobres y pedregosos, que son los que sobran en media España. Y la inversión inicial es baja comparada con la de un cultivo leñoso o un invernadero.

Su límite también hay que decirlo. El precio de estos productos es muy volátil, depende de mercados internacionales y de campañas de moda, y vender a granel a un intermediario deja márgenes muy estrechos. Los proyectos que se sostienen son los que llegan al producto transformado y a la venta directa; los que se quedan en la materia prima suelen durar poco.

En España: huertos de ocio y huertos comunitarios

La versión española más extendida de esta idea son los huertos urbanos municipales, que casi todas las ciudades medianas y grandes tienen desde hace dos décadas. Se ceden parcelas pequeñas, normalmente de entre veinte y cien metros cuadrados, por un plazo de dos a cuatro años, con un canon bajo y a menudo con prioridad para mayores de sesenta y cinco años o para personas en desempleo. Las listas de espera son largas prácticamente en todas partes, lo que dice bastante sobre la demanda real.

Su rendimiento económico es modesto: veinticinco metros cuadrados bien llevados dan verdura para una parte del consumo de una casa, no para todo. Su rendimiento en otras cosas es mayor. Son de los pocos espacios urbanos donde coinciden y se hablan personas de edades y procedencias muy distintas, y donde el conocimiento se transmite de forma directa, del hortelano veterano al que empieza.

Junto a ellos están los huertos comunitarios autogestionados, normalmente en solares cedidos por el ayuntamiento a una asociación vecinal, que se trabajan en común en lugar de por parcelas. Funcionan de otra manera y tienen otro punto débil: dependen mucho de que haya un grupo estable, y cuando ese grupo se cansa, el huerto se abandona.

Huertos escolares

Es la aplicación con mejor relación entre esfuerzo y resultado. Un huerto escolar no necesita mucha superficie, funciona perfectamente en mesas de cultivo sobre un patio de hormigón, y encaja de forma natural en varias asignaturas a la vez.

Lo que decide si sobrevive no es el diseño sino dos detalles muy prosaicos: quién riega en julio y agosto, cuando el colegio está cerrado, y si hay al menos dos personas del claustro implicadas, porque los huertos que dependen de un solo profesor desaparecen en cuanto esa persona cambia de centro. Resuelto eso, el calendario escolar encaja bien con el hortícola si se plantea en dos ciclos, siembra de otoño con recolección antes de Navidad, y siembra de febrero con recolección en mayo y junio.

Jardines para cuidar y para trabajar

En residencias de mayores, centros de día y unidades de salud mental es cada vez más habitual encontrar jardines diseñados específicamente para ser usados por los residentes, no solo contemplados. Su diseño tiene reglas propias: recorridos anchos, continuos y sin escalones, con pavimento firme y antideslizante; mesas de cultivo elevadas a unos ochenta centímetros para trabajar de pie o sentado en silla de ruedas; sombra abundante y bancos con respaldo y reposabrazos a intervalos cortos; y una selección de plantas de la que se excluyen las especies tóxicas y las espinosas.

Esa última parte es la que más se descuida. Adelfa, tejo, ricino, digital, dieffenbachia y aráceas en general no tienen sitio en un jardín pensado para personas con deterioro cognitivo, donde es previsible que alguien se lleve una hoja a la boca. En su lugar se usan aromáticas, que además se identifican por el olfato, y plantas de textura marcada.

Distinto es el caso de los centros especiales de empleo y las iniciativas de inserción laboral que trabajan en jardinería y horticultura, donde el jardín no es actividad sino puesto de trabajo, con formación y contrato. Es un sector con presencia real en España, sobre todo en mantenimiento de zonas verdes y en producción de planta.

Qué hace que estos proyectos duren

Los que fracasan suelen hacerlo por las mismas razones, y ninguna es agronómica.

  • La tenencia del suelo. Una cesión verbal o a un año no aguanta nada. Sin un convenio escrito de varios años, nadie invierte en mejorar un suelo que tardará tres temporadas en responder.
  • El agua. Es lo primero que hay que asegurar y lo que más veces se da por hecho. Un huerto sin toma de agua propia y sin un sistema de riego que funcione en agosto está condenado.
  • La formación. Repartir parcelas sin acompañamiento técnico produce una primera temporada entusiasta y una segunda de abandono. Lo que sostiene el proyecto es que alguien enseñe a preparar el suelo, a hacer el calendario de siembra y a manejar las plagas.
  • La salida del producto. Si se cultiva para vender, hay que tener resuelto a quién y a qué precio antes de sembrar, no después de cosechar.
  • Unas reglas claras. Quién entra, cuánto tiempo, qué pasa con una parcela abandonada y cómo se toman las decisiones. Los conflictos de los huertos comunitarios casi nunca son sobre plantas.

En resumen

Que un jardín sirva para algo más que para mirarlo no es una metáfora. El cultivo de plantas aromáticas y hortícolas tiene una economía concreta, con inversión baja, mucha mano de obra y valor añadido en la transformación, y por eso funciona como herramienta de desarrollo, desde el valle del Ourika hasta los huertos de ocio de cualquier ciudad española.

Lo que decide el resultado son cuestiones poco vistosas: un contrato de cesión largo, agua asegurada, acompañamiento técnico, una salida comercial pensada de antemano y unas normas de convivencia escritas. Con eso resuelto, el cultivo es la parte fácil.


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