El jardín japonés no es un estilo decorativo sino un sistema de composición con reglas propias, y casi todo lo que se ve mal en las imitaciones viene de aplicar sus elementos sin esas reglas. Una linterna de piedra, un puente rojo y unos bambúes no hacen un jardín japonés. Lo que lo hace es la asimetría deliberada, la composición pensada desde un punto de vista concreto y una relación entre lleno y vacío en la que el vacío pesa tanto como lo plantado.

Trasladarlo a España es perfectamente posible, con una condición: separar los principios de las especies. Los principios funcionan en cualquier clima. Las plantas de un jardín de Kioto, con veranos húmedos y lluvia abundante, no funcionan en Madrid ni en Murcia, y ahí está el motivo de que tantos intentos acaben en un rincón de grava con un arce seco.

El jardín japonés está concebido para resultar bello todo el año, por ello el equilibrio de especies. Nunca falta la presencia del agua, símbolo de vida. Abajo, el jardín seco del templo Ryoan-Ji, en Kyoto.

Tres tipos de jardín, tres usos distintos

Bajo la etiqueta común hay tradiciones muy diferentes, y elegir cuál se está haciendo evita la mezcla incoherente.

El jardín seco, kare sansui. Grava rastrillada y grupos de rocas, sin agua y con muy poca vegetación. Se popularizó en los templos zen entre los siglos XIV y XVI. El más conocido es el de Ryoan-ji, en Kioto: quince rocas repartidas en cinco grupos sobre un rectángulo de grava, dispuestas de manera que desde ningún punto del corredor se ven las quince a la vez. Es un jardín para mirar sentado desde un solo lado, no para recorrer.

El jardín de té, roji. Un camino de piedras que atraviesa una vegetación densa y umbría hasta la casa de té, con una pila de piedra donde el invitado se lava las manos. Su función es preparar el ánimo por el camino, y por eso es deliberadamente sombrío y sin flores llamativas.

El jardín de paseo, chisen kaiyu. El de mayor escala, organizado en torno a un estanque, con senderos que van descubriendo vistas sucesivas. Es el modelo de los grandes jardines de palacio y el que mejor se adapta a una parcela amplia.

Los principios que sí se pueden trasladar

  • Asimetría y números impares. No hay ejes ni simetrías. Los elementos se agrupan de tres en tres, de cinco en cinco o de siete en siete, y nunca en fila ni a distancias iguales.
  • El triángulo escaleno. Es la figura básica de composición. Tres rocas, tres arbustos o tres alturas distintas forman un triángulo de lados desiguales, con un elemento dominante, uno secundario y uno menor. Repetido a distintas escalas, ordena todo el jardín.
  • Un punto de vista principal. El jardín se compone desde donde se va a mirar, casi siempre desde el interior de la casa y sentado, lo que baja mucho la altura del ojo y cambia las proporciones.
  • Ocultar y revelar, miegakure. No se enseña todo de una vez. Un elemento parcialmente tapado obliga a moverse y hace que un espacio pequeño se perciba mayor.
  • El paisaje prestado, shakkei. Se encuadra deliberadamente algo que está fuera de la parcela, una montaña, un árbol del vecino, un campanario, y se incorpora a la composición. Es el recurso más útil en jardines pequeños.
  • El vacío cuenta. La superficie sin plantar no es espacio sobrante, es parte del dibujo. Rellenarla es el error más frecuente.

Las piedras son la decisión principal

En este tipo de jardín las rocas se colocan primero y todo lo demás se organiza alrededor. Tres criterios prácticos: usar piedra de la zona, porque la de otra procedencia canta inmediatamente; enterrar entre un tercio y la mitad de cada roca, para que parezca que estaba ahí y no que se ha posado; y respetar la orientación natural, colocando la cara meteorizada hacia arriba y manteniendo las vetas de todas las piedras en el mismo sentido.

Se agrupan en número impar, con una piedra principal, una compañera menor y una tercera de enlace, dejando espacio libre alrededor del conjunto.

El agua, real o evocada

En el jardín seco el agua se representa con grava rastrillada: líneas rectas para la lámina en calma, líneas concéntricas alrededor de las rocas para las ondas, y bandas onduladas para la corriente. La grava adecuada es angulosa y de grano medio, de tres a cinco milímetros, porque el canto rodado no mantiene el surco. Se extiende en una capa de cinco a ocho centímetros sobre una malla geotextil que impida el crecimiento de hierbas, y se rastrilla con un rastrillo de dientes anchos.

Cuando hay agua de verdad, la regla es que parezca que brota o discurre por sí sola: nada de chorros verticales ni de bordes de estanque visibles, y siempre con el nivel del agua a ras del terreno. En clima seco un estanque pequeño se calienta y se evapora deprisa, así que conviene o hacerlo con cierta profundidad y algo de sombra, o renunciar y quedarse con la versión de grava, que además no consume nada.

Las plantas, adaptadas al clima real

La paleta japonesa clásica supone veranos húmedos y suelos ácidos, y eso solo se da en España en la cornisa cantábrica y el noroeste. Allí funcionan directamente el arce japonés (Acer palmatum), las azaleas y rododendros, las camelias, las hostas y los helechos.

En el centro, el este y el sur hay que traducir. El arce japonés sufre mucho con el sol directo, el aire seco y el agua caliza: solo prospera en sombra protegida, en sustrato ácido y con riego constante, y aun así quema los bordes de la hoja en agosto. Azaleas y rododendros son directamente inviables en suelo calizo sin plantarlos en maceta o en macizo aislado.

La traducción que sí funciona utiliza especies mediterráneas con la silueta y la textura adecuadas, recortadas en formas redondeadas o en nube: mirto (Myrtus communis), pitósporo enano (Pittosporum tobira 'Nana'), olivilla (Teucrium fruticans), lentisco (Pistacia lentiscus), durillo (Viburnum tinus), y tejo (Taxus baccata) o enebros (Juniperus) como coníferas de porte controlado. Como árbol pequeño de silueta, un olivo viejo, un almez o un granado dan mejor resultado que un arce forzado. Y para la nota de floración breve, un cerezo ornamental o un almendro cumplen la misma función simbólica que el sakura.

Conviene recordar que el tejo es tóxico en todas sus partes salvo el arilo carnoso rojo, tanto para personas como para el ganado, y que la intoxicación puede ser grave. En un jardín con niños pequeños es razonable sustituirlo por otra conífera.

El bambú y el problema del rizoma

El bambú es imprescindible en este tipo de jardín y es también la planta que más disgustos da. La distinción importante es entre bambúes de rizoma trazante y bambúes cespitosos.

Los trazantes, como los del género Phyllostachys, extienden rizomas horizontales que pueden aparecer a varios metros del pie, levantar pavimentos y colarse en la parcela vecina. Plantar uno sin barrera antirrizoma es garantizar un problema en cinco años, y una vez extendido cuesta mucho eliminarlo. La barrera debe ser una lámina rígida enterrada de al menos sesenta o setenta centímetros, sobresaliendo unos centímetros del terreno para que el rizoma no la sobrepase por arriba, y revisada cada año.

Los cespitosos, del género Fargesia, crecen formando mata y no se desplazan, así que se plantan sin ninguna precaución. Son la opción sensata salvo que se busque un bambusal cerrado. A cambio prefieren clima fresco y sombra, y en el sur peninsular lo pasan mal.

Musgo, y qué poner en su lugar

El tapiz de musgo de los templos de Kioto depende de un clima con lluvia repartida todo el año y humedad ambiental alta. En el interior y el sur de España no se sostiene sin riego constante, y ni así.

Las alternativas razonables para las superficies bajas son la sagina (Sagina subulata), que forma un tapiz verde muy denso y admite paso ocasional en clima fresco; los tomillos rastreros, que aguantan el sol y la sequía; la Dichondra repens en zonas sin heladas fuertes; y, en sombra húmeda, la helxine (Soleirolia soleirolii). En muchos casos la mejor solución es no imitar el musgo y quedarse con la grava, que es igualmente ortodoxa y no pide nada.

En resumen

Un jardín japonés en España se resuelve conservando los principios y cambiando las especies: asimetría, grupos impares, un punto de vista principal, ocultar para revelar y respetar el vacío. Las piedras se colocan primero, semienterradas y con la veta en el mismo sentido, y la grava sustituye al agua sin ninguna pérdida de sentido.

En la plantación, menos es más y lo local funciona mejor que lo importado. Perennifolias mediterráneas recortadas, una conífera de porte contenido, un árbol de silueta y un solo golpe de floración estacional dan un resultado más creíble y mucho más duradero que la copia literal del arce, la azalea y el musgo. Y el bambú, si es trazante, con barrera; mejor aún, cespitoso.


Contenidos relacionados