Un jardín de invierno es una habitación acristalada, calefactada o al menos protegida, donde las plantas y las personas conviven todo el año. En el norte de Europa nació para capturar el poco sol que hay. En España el planteamiento es el contrario: aquí luz sobra, y el proyecto se juega en controlar el exceso. Un porche acristalado orientado al sur en Sevilla o en Madrid puede pasar de los cincuenta grados en julio si no se resuelven la sombra y la ventilación.

Dicho esto, funciona muy bien, y no solo en el norte húmedo. Cerrar una terraza, un patio o un porche multiplica el repertorio de plantas que se pueden cultivar: todo lo que no aguanta las heladas del interior peninsular vive ahí sin problema, y las especies tropicales de interior encuentran una luz que dentro de la casa no tienen.

En este exuberante jardín de invierno orientado al sur el ambiente es suavemente húmedo bajo el sol de primavera. Ocupa lo que en origen era una de las dos pequeñas terrazas de un ático frente al parque del Retiro madrileño.

La orientación decide el resto

Es la única variable que no se puede cambiar después, así que conviene pensarla despacio.

Sur. Máxima luz en invierno, cuando el sol está bajo y entra profundamente en la habitación, y máximo problema en verano, cuando está alto. La buena noticia es que esa geometría se aprovecha: un voladizo o un toldo bien dimensionado deja pasar el sol de diciembre y corta el de julio. Es la orientación más agradecida si se resuelve la protección solar.

Este. La más cómoda de todas. Sol de mañana, suave, y sombra por la tarde. Buena luz sin recalentamiento, y la que menos problemas da con las plantas delicadas.

Oeste. La más difícil. El sol de tarde en verano entra muy horizontal, no lo para un voladizo y calienta durante las horas en que el aire ya está caliente. Si no hay más remedio, hace falta protección exterior móvil.

Norte. Luz constante y sin sol directo, lo que es excelente para helechos, calateas, begonias y aráceas, y descarta casi todo lo que necesita florecer.

El verano es el problema, no el invierno

Un acristalamiento acumula calor con una facilidad enorme. Tres medidas resuelven el noventa por ciento del asunto.

  • Sombreado por fuera. Un toldo, una lama o una malla de sombreo exteriores son mucho más eficaces que cualquier estor interior, porque detienen la radiación antes de que entre. Una cortina por dentro solo la reparte.
  • Ventilación cruzada y alta. El aire caliente se acumula arriba. Con aberturas practicables en la parte alta del cerramiento o en la cubierta, más una entrada baja en la cara opuesta, se establece una corriente que saca ese aire sin ventiladores. Es la diferencia entre una habitación habitable y un horno.
  • Vidrio adecuado. Doble acristalamiento con control solar en la cubierta y en las orientaciones más expuestas. Reduce la entrada de calor en verano y las pérdidas en invierno, que es cuando se decide si el espacio se puede usar en enero.

En invierno, en cambio, lo que importa es la rotura de puente térmico en la carpintería y evitar la condensación. Un jardín de invierno con muchas plantas genera bastante vapor de agua, y en un vidrio frío ese vapor se condensa y acaba goteando. Ventilar unos minutos al día, incluso en enero, evita el problema y de paso reduce los hongos.

Riego, humedad y drenaje

Conviene prever una toma de agua dentro del espacio antes de cerrarlo. Con una colección numerosa, regar con regadera desde la cocina se abandona pronto, y un goteo con programador es lo que mantiene vivas las plantas en agosto y en vacaciones.

Igual de importante y más olvidado: el suelo tiene que poder mojarse. Un pavimento con pendiente hacia un sumidero, o al menos platos bajo las macetas, evita que el riego acabe en el forjado. Y ningún plato debe quedarse con agua estancada más de media hora: es la causa más común de raíces podridas en plantas de interior.

La humedad ambiental es el otro factor. Las plantas tropicales quieren entre el 50 y el 70 por ciento de humedad relativa, y una casa con calefacción en enero baja mucho de ahí. Agrupar las plantas juntas ya sube la humedad local de forma apreciable, y a partir de ahí ayudan una fuente pequeña, bandejas con arcilla expandida húmeda bajo las macetas o un humidificador. Pulverizar la hoja tiene un efecto muy corto y no sustituye a nada de lo anterior.

Qué plantas escoger

El criterio útil no es tropical o mediterránea, sino qué temperatura mínima va a tener el espacio en enero.

Si no baja de 12 o 15 grados caben las tropicales de interior con luz: filodendros, monsteras, anturios, calateas, begonias de hoja, espatifilos, helechos como el Asplenium nidus y los culantrillos, drácenas, aspidistras, cintas y orquídeas del género Phalaenopsis, que florecen bien con luz abundante sin sol directo. También ficus y palmeras de interior, como la areca y la kentia.

Si baja a 5 o 10 grados, el jardín de invierno se convierte en lo que históricamente era: el lugar donde pasan el invierno las plantas de clima cálido que fuera se helarían. Cítricos en maceta, jazmín del cielo (Plumbago auriculata), abutilones, hibiscos, buganvillas, estrelitzia (Strelitzia reginae), clivias (Clivia miniata), geranios y gitanillas. Los geranios, de hecho, agradecen justamente esto: un invernadero fresco, casi sin riego de diciembre a febrero, y salen en marzo con mucha más flor.

Si hay riesgo de helada, el espacio sirve como invernadero frío y la lista se reduce a camelias, azaleas, aucubas, fatsias y aromáticas mediterráneas.

Dos advertencias antes de comprar. Las aráceas (filodendro, monstera, anturio, difenbaquia, potos) contienen cristales de oxalato de calcio: mordisquear una hoja provoca irritación intensa de boca y garganta, y la savia irrita la piel. La clivia es tóxica por ingestión, sobre todo el bulbo. Con niños pequeños o animales que roan plantas, conviene colocarlas fuera de su alcance o prescindir de ellas, y ante una ingestión la consulta es al médico o al veterinario.

Hortalizas y frutales bajo cristal

Un espacio acristalado con buen sol da un adelanto de dos o tres semanas sobre el exterior y permite alargar la temporada por los dos extremos. Los cultivos que mejor responden son los de fruto que necesitan calor: tomate, pimiento, guindilla, berenjena, pepino y melón, todos ellos trepadores o semitrepadores que se conducen sobre cañas o una espaldera para no ocupar suelo. En las zonas sombreadas funcionan lechugas, acelgas y aromáticas de hoja como albahaca, perejil y cilantro.

Hay un detalle que se descubre tarde: bajo cristal no entran los insectos polinizadores. El tomate se poliniza solo con una sacudida diaria de la planta en floración, pero el pepino, el melón y el calabacín necesitan polinización cruzada, y si el espacio está cerrado hay que hacerla a mano con un pincel o dejar aberturas para que entren abejorros.

Plagas del ambiente cerrado

El aire caliente y seco de un invernadero acristalado es el hábitat ideal de la araña roja, que aparece como un punteado amarillento en el haz y finas telarañas en los brotes. La primera medida no es un producto sino subir la humedad ambiental, que la frena de manera notable. También son habituales la cochinilla algodonosa en las axilas de las hojas y la mosca blanca en el envés.

Lo que no tiene sentido es tratar por calendario. Revisar el envés de las hojas una vez por semana, aislar la planta afectada en cuanto aparece y limpiar a mano los primeros focos evita la mayoría de los tratamientos. Cuando haya que aplicar algo, conviene recordar que un espacio cerrado donde se hace vida no es un invernadero agrícola, y que la ventilación posterior es obligatoria.

En resumen

El jardín de invierno es una de las mejores inversiones que admite una casa con terraza, patio o porche, porque suma metros habitables y multiplica lo que se puede cultivar. Su viabilidad se decide en cuatro puntos: orientación, protección solar exterior, ventilación alta y una toma de agua con un suelo que pueda mojarse.

En la elección de plantas manda la temperatura mínima de enero, no la etiqueta de la maceta. Y en el mantenimiento, más humedad ambiental y menos riego en la maceta, que es justo lo contrario de lo que se suele hacer.


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