Se puede tener un jardín denso, con volumen y color, regando muy poco. Lo que no se puede es tenerlo sin cambiar nada más: el bajo riego no es una técnica que se añade a un jardín cualquiera, sino una forma de proyectarlo desde el principio. La planta se elige por el agua disponible, no al revés, y hay cosas que se quedan fuera, empezando por el césped y la planta de temporada.

Conviene aclarar también qué significa aquí bajo riego. No es jardín seco. En clima mediterráneo continental, con veranos de cuarenta grados y meses sin llover, un jardín sin ninguna aportación de agua existe, pero se ve amarillo y parado de julio a septiembre. Los jardines de bajo riego bien resueltos que hay en España se sostienen con riegos profundos y muy espaciados en verano, del orden de uno cada siete o diez días, y prácticamente nada el resto del año. Esa es la escala.

La elaborada plantación de un jardín de bajo riego, diseñado por Urquijo-Kastner en una urbanización de Madrid. Las vivaces aportan naturalidad, color y estacionalidad.

Empezar por el agua, no por las plantas

La primera decisión de un jardín de bajo riego se toma antes de dibujar nada: cuánta agua va a haber y de dónde va a venir. No es lo mismo un pozo, una acometida de red con contador, un depósito de pluviales o agua regenerada de la comunidad. Y no es lo mismo la meseta que la cornisa cantábrica.

De ese número sale todo lo demás. Con poca agua, la superficie plantada se reduce y crece la superficie de pavimento, grava o acolchado; el arbolado se concentra donde se necesita sombra; y la paleta se restringe a especies que aguantan de verdad. Intentar mantener la misma cantidad de planta con menos agua es el camino directo a un jardín que se ve mal medio año.

Hay además una asimetría que conviene tener presente: en el interior peninsular no solo falta lluvia, sino que el aire es muy seco y el viento de verano actúa como un secador. Una planta que en la Provenza o en el litoral vive sin riego porque la humedad ambiental la sostiene, en Toledo o en Zaragoza necesita algún riego para no quedarse en un esqueleto. La misma especie, distinto comportamiento.

El primer año no es de bajo riego

Este es el malentendido que más plantas cuesta. La etiqueta de resistente a la sequía describe a la planta adulta, con la raíz explorando un volumen grande de suelo. Una planta recién sacada del contenedor tiene la raíz confinada en el cepellón y no llega a ningún sitio: si se la trata como resistente desde el primer día, se muere.

El establecimiento dura entre uno y dos años, según el porte. Durante ese periodo el riego es frecuente y generoso, y a partir de ahí se va reduciendo de forma deliberada, alargando el intervalo entre riegos temporada tras temporada. Ese entrenamiento es lo que empuja la raíz hacia abajo. Un jardín que se riega poco desde el principio y otro que se riega bien y luego se destete acaban muy distintos, aunque tengan las mismas plantas.

El primer riego, el del día de la plantación, merece atención aparte. Tiene que ser abundante, hasta encharcar el hoyo, y su función no es dar de beber sino hacer que la tierra se cierre contra el cepellón y desaparezcan las bolsas de aire. Una raíz rodeada de huecos no coloniza el suelo.

El suelo trabaja más que el riego

En un jardín de bajo riego el suelo no es el soporte, es el depósito. La cantidad de agua que la planta puede usar depende de cuánta retiene el suelo y de hasta dónde bajan las raíces, y las dos cosas se deciden antes de plantar.

  • Descompactar en profundidad. En obra nueva el terreno suele estar apisonado por la maquinaria, con una suela dura a treinta o cuarenta centímetros que la raíz no atraviesa. Romperla es más determinante que cualquier abonado.
  • Materia orgánica bien compostada. Mejora la estructura del suelo y su capacidad de retención, y en los suelos arcillosos de media España mejora también el drenaje. No hace falta convertir el terreno en un sustrato de vivero.
  • Drenaje antes que fertilidad. Casi toda la flora mediterránea muere por asfixia radicular en invierno, no por sed en verano. En terreno pesado, plantar sobre caballón o en talud resuelve más que cualquier enmienda.
  • Acolchado desde el primer día. Grava, gravilla o corteza de pino, de cinco a ocho centímetros. Reduce mucho la evaporación directa del suelo, evita que se forme costra y ahorra la mayor parte de las escardas.

Un apunte sobre el pH: en el este y el sur peninsular los suelos son mayoritariamente calizos y el agua de riego es dura. Eso no es un problema para la flora mediterránea, que en su mayoría es indiferente o directamente calcícola, pero descarta de raíz las acidófilas. Empeñarse en ellas obliga a un riego y unas enmiendas que anulan cualquier ahorro.

Por qué se planta en otoño

La flora mediterránea crece en otoño, invierno y primavera, y pasa el verano parada. Su calendario está invertido respecto al de las plantas de clima templado, y el momento de plantar tiene que seguirlo.

Plantar de septiembre a noviembre significa dar a la planta siete u ocho meses de suelo húmedo y temperatura suave para desarrollar raíz antes del primer verano. Aunque en superficie no parezca que crece, es cuando más trabaja. Después de la plantación basta con un riego al mes en los meses fríos y cada dos o tres semanas si el otoño viene seco.

Plantar en primavera es posible, pero cambia las cuentas: la planta llega al verano con poca raíz y hay que regarla en profundidad una vez por semana durante toda la primera temporada. Solo hay un caso en que interesa retrasar a final del invierno, y es el de las especies que están al límite de su rusticidad en la zona: así se evita que pasen su primer invierno recién plantadas.

Cómo se consigue el volumen

La imagen habitual del jardín de bajo riego es la de matas separadas sobre una superficie de grava. Eso es una decisión estética, no una obligación técnica, y es justo lo contrario de lo que se busca aquí.

La densidad no consume agua por sí misma. Una plantación cerrada sombrea el suelo, baja la temperatura superficial y reduce la evaporación, de modo que buena parte de lo que consume de más lo compensa. Lo que sí consume es la mezcla desordenada: muchas especies distintas, con necesidades distintas, obliga a regar según la más exigente.

El volumen se construye por capas. Un estrato alto de arbolado y arbustos grandes que dé sombra ligera, un estrato medio de arbustos mediterráneos recortados que aporte estructura todo el año, y un estrato bajo de vivaces y gramíneas que ponga color y movimiento y cambie con las estaciones. Las gramíneas son la pieza que más aporta y la que más se olvida: sostienen el jardín en agosto, cuando muchas vivaces ya están secas, y siguen dando textura en invierno.

Y una regla de composición que vale para cualquier presupuesto de agua: pocas especies, muy repetidas. Grupos amplios de la misma planta, repetidos a lo largo del jardín, se leen como masas y dan sensación de abundancia. Un ejemplar de cada, aunque sean cien especies, se lee como una colección.

En resumen

Un jardín exuberante de bajo riego es perfectamente posible en la mayor parte de España, y no depende de una lista mágica de plantas sino de tres decisiones tomadas en orden: saber de cuánta agua se dispone, preparar el suelo para que retenga y drene, y plantar en otoño con un riego de establecimiento generoso que después se retira poco a poco.

Lo que se pide a cambio es renunciar a algunas cosas: al césped como superficie dominante, a la planta de temporada y a las especies que solo se sostienen a base de agua. A cambio se obtiene un jardín que se ve bien en agosto sin depender del riego diario y que envejece mejor, porque cada planta está donde el clima le permite estar.


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